Cristina Fernández: segunda vez que sería la tercera

El kirchnerismo apunta a mantenerse al frente de la nación argentina en octubre si, como se presume, la Presidenta logra la reelección

Autor:

Marina Menéndez Quintero

«Victoria cantada», comentó algún colega argentino al conocerse el avasallador puntaje obtenido por Cristina Fernández en las elecciones primarias del domingo anterior: un aplastante 50,07 por ciento de votos vaticinados por las encuestas y que, a su vez, «cantan» desde ya el que ahora es su esperado triunfo en las elecciones presidenciales del 23 de octubre…, si un descalabro —impensado hasta hoy— no cambia las cosas.

Es, precisamente, ese vaticinio de lo por venir lo que otorga trascendencia a una votación acontecida hace siete días y que seguirá siendo, sin embargo, punto de referencia. Para alcanzar la presidencia argentina en primera ronda bastará a un candidato haber obtenido el 45 por ciento de los sufragios o el 40 por ciento con diez puntos porcentuales por encima de su más cercano retador, lo que parece será un paseo para la mandataria en busca de la reelección.

De lleno la nación en la campaña, cuando apenas separan ajustados dos meses del encuentro definitorio con las urnas, los resultados del 14 de agosto constituyen el mejor sondeo de lo que debe ocurrir. Por eso se mantendrán vigentes.

Como el propósito de las denominadas Elecciones Primarias Simultáneas y Obligatorias (PASO), primeras que se celebran en Argentina desde su aprobación en 2009 bajo la denominada Ley de Democratización de la Representación Política y la Seguridad Electoral, no era definir la dupla que representará a cada partido —tal cual ocurre en las internas primarias tradicionales—, sino ser legitimadas por la población, tres de las diez propuestas que optaban por figurar en las boletas de octubre quedaron fuera, al no obtener el 1,5 por ciento de los votos necesarios.

Sin embargo, no es ello lo que más ha impactado. El saldo mayor ha sido la casi certeza del final con que los contendientes van a las presidenciales.

Cristina acudirá habiendo dejado atrás en esta ocasión, por casi ¡38 puntos porcentuales!, a sus más cercanos seguidores: el representante de la Unión Cívica Radical, Ricardo Alfonsín, a la cabeza de la alianza denominada Unión para el Desarrollo e hijo del primer presidente que tuvo Argentina después de la dictadura militar (Raúl Alfonsín), quien obtuvo poco más del 12 por ciento, y, pisándole los talones, al ex vicepresidente y mandatario interino durante los tiempos convulsos que mediaron entre enero de 2002 y mayo de 2003, Eduardo Duhalde, miembro como Cristina del Partido Justicialista, pero en la vertiente conocida como Unión Popular. Será difícil para los dos salvar distancia semejante.

Tanta confianza hay en que lo mostrado por las primarias se repita, que analistas hablan ya de la legitimidad popular con que gobernaría Fernández los próximos cuatro años, lo que la convertiría, dicen, en la única personalidad política de tal relación con la ciudadanía desde los tiempos de Juan Domingo Perón.

Un mismo proyecto

Como continuadora del mandato del fallecido Néstor Kirchner, Cristina sumaría los que serían sus dos Gobiernos a la gestión de su antecesor y esposo.

Pero la relevancia del avance logrado por la Presidenta y el Frente para la Victoria (FpV) puede leerse también a través de otras miradas. Por ejemplo, el hecho de que ganaran en todas las provincias menos en San Luis, recuperando espacios importantes en manos de la derecha, como Córdoba, Santa Fe y la capital. También triunfaron en 11 municipios bajo intendentes de la Unión Cívica Radical.

Voceros de la misma oposición consideran que para sus representantes, remontar la cuesta en busca de la presidencia sería una proeza «homérica», por lo que se estima que la gestión proselitista de quienes adversan a la Presidenta se centrará para octubre en los 130 asientos que se renuevan de los 257 con que cuenta la Cámara de Representantes, y los 24 del Senado que también serán sometidos al criterio de la población.

Mas, aun allí deben tener cuidado. Las legislativas parciales que se llevarán a efecto simultáneamente con las presidenciales podrían permitirle al FpV un avance que le otorgue los dos tercios o mayoría absoluta en ambas cámaras del Parlamento, condición que perdió en 2009. Evitarlo significaría para los otros el consuelo de poder entorpecer, desde el legislativo, un mandato de Cristina que muchos esperan sea el de la profundización de la política social que ha caracterizado su ejecutoria y la de Kirchner, sin abandonar un crecimiento del producto interno bruto (PIB), que desde la llegada de Néstor ha fluctuado desde el ocho hasta el 13 por ciento, lo que ubica hoy a la economía argentina como la tercera del continente.

Decepcionados por la sonada derrota que les ha dejado una votación no hecha exactamente para competir, los de la oposición se han reprochado la dispersión y ausencia de propuestas con que acuden a las presidenciales, y no falta quien hable de que se les ha dado un voto de castigo.

Sin embargo, otros opinan que la mejor campaña a favor de la posible reelección de Cristina no ha sido justamente la incapacidad de quienes se le oponen, sino la ejecutoria de su Gobierno, heredero también del camino desbrozado por su antecesor.

Vuelta a la credibilidad

Quien recuerde a las damas de abolengo sonando cacerolas en diciembre de 2001 y confundidas con los jóvenes villeros mientras coreaban el «Que se vayan todos» que depuso a Fernando de la Rúa, podría sorprenderse, quizá, del franco entusiasmo que se advierte en las movilizaciones alrededor de Cristina. Se trata, seguramente, de una simpatía que nació con la devolución de la dignidad que propició a los argentinos Néstor Kirchner y que ella, seguidora de su proyecto, aunque con características propias, ha consolidado.

Así, al analizar de dónde sale el apoyo a un desempeño tan singular —por eso es un proyecto—, que hasta se le ha bautizado (el kirchnerismo le dicen, o la izquierda justicialista), no podría pasarse por alto que se habla de la ejecutoria que sacó al país del hueco profundo de esa crisis que Argentina no había visto jamás, salvando los desmanes de la dictadura. Era el resultado del desempeño neoliberal y la «relación carnal» de que se ufanaba Carlos Saúl Ménem con EE.UU., y la muestra más acabada en Latinoamérica del hastío popular por los recortes, las privatizaciones y los despidos instaurados por el modelo, que acarrearon también la repulsa a los políticos tradicionales, seguidores a pie juntillas de las recetas del Consenso de Washington.

Con Ménem se vendieron hasta los cementerios en Argentina, y la nación cayó en una bancarrota económica, política y social, pero también moral, de la que Néstor Kirchner la supo sacar tras su imprevisto ascenso al poder en 2003.

Era él, precisamente, quien apuntaba como candidato del FpV para estos comicios, y lo habría sido si su fallecimiento no se hubiera interpuesto; una muerte que golpeó sentimentalmente a Cristina, pero la fortaleció políticamente, si pueden valorarse como respaldo en ese sentido las muestras populares de solidaridad de que fue objeto por la pérdida del compañero.

«Los K»

Un repaso al desempeño de «los K», como también se les conoce, no puede soslayar el controvertido pero necesario pago de la deuda al FMI con que Kirchner rompió la cadena ultrajante que sometía al país a sus dictados, a cambio de otros condicionados préstamos; ni la decisión con que limpió de represores al ejército y la policía, su primera medida una vez en el poder, y que resarció a la ciudadanía de tantos derechos humanos conculcados, al posibilitar después que definitivamente se ratificara por la justicia la ya decretada inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Instauradas durante el mandato de Alfonsín padre, estas legislaciones habían dejado sin castigo a los responsables de la desaparición de más de 30 000 jóvenes argentinos en los años en que, precisamente, Néstor y Cristina eran estudiantes de Derecho, y poco antes de contraer nupcias. Al fin se abrieron centenares de juicios contra los represores.

El apoyo a los trabajadores que espontáneamente habían recuperado, en los momentos más agudos de la crisis, sus fábricas cerradas, y la puesta en marcha de un modelo que la misma Cristina ha descrito recientemente como «de desarrollo y producción con inclusión social», se dieron la mano con la implementación de los primeros programas dirigidos a los despojados, en una nación que virtualmente perdió a su clase media, empujada detrás del umbral de la pobreza, y que había visto crecer como nunca la indigencia.

Luego, Cristina proseguiría ese quehacer con firmeza, pero con su sello, haciendo preguntarse a quienes pensaban que su marido era su asesor si, por el contrario, ella había sido su asesora. La creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva fue una de sus primeras medidas, así como la implementación de un plan de ahorro de energía para modernizar el uso de la electricidad, tarea necesaria en un país que sufre, con los apagones, la indolencia de las firmas privadas extranjeras que se hicieron dueñas del servicio.

El rescate de las empresas Aerolíneas Argentinas y Austral Líneas Aéreas, así como el fin del oneroso régimen privado de pensiones y jubilaciones impuesto por el menemismo, fueron otros de sus pasos importantes. Mientras, el incremento de los programas para la gente ha sido una constante. Según ha afirmado ella misma, en este momento Argentina transita «el crecimiento con inclusión social más importante de su historia».

Enfrascada está, a las puertas de las elecciones, en la aprobación por el Congreso de un proyecto de ley dirigido a limitar a un 20 por ciento la suma de propiedades extranjeras sobre el total de tierras disponibles, y a un máximo de mil las hectáreas por persona física o jurídica. La Ley de tierras, ha explicado, busca prever lo que ella ha advertido podría ser el «desapoderamiento de recursos estratégicos no renovables»: una posibilidad muy peligrosa en los tiempos que vivimos.

No harán falta, en verdad, consignas en los pasquines de cara a las elecciones de octubre, ni programas de campaña. Las cartas ya están sobre la mesa.

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