Lo que se juega en Alepo

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

La madre de todas las batallas. Así, con tintes épicos, algunos medios de comunicación llaman a los ataques que ejecutan las bandas armadas contra Alepo, la segunda ciudad en importancia de Siria y capital económica. Desde el 20 de julio, las fuerzas del Gobierno de Bashar al-Assad emprenden una ofensiva con el objetivo de limpiar ese territorio del Ejército Libre Sirio (ELS), una amplia sombrilla de grupos paramilitares que cuentan con el apoyo de países árabes del Golfo Pérsico y de potencias como Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Alemania.

Hasta entonces, la violencia había arrasado en varias provincias del país, principalmente las cercanas a las fronteras, por las facilidades que brindan para el abastecimiento desde el exterior, sin causar grandes estragos en Alepo.

Pero la estrategia del ELS, insuflado de mercenarios árabes, africanos y asiáticos, se centra ahora en querer controlar esta ciudad norteña, que por su valor simbólico y estratégico, representaría una gran ganancia para sus objetivos si finalmente llegaran a acorralarla.

Alepo se encuentra a unos 40 kilómetros de la frontera con Turquía. Por tanto, una victoria en esta localidad permitiría una llegada masiva de mercenarios y apoyo logístico desde la nación otomana, que como parte de su política hostil al Gobierno de Al-Assad, brinda refugio en su territorio a los grupos que siembran inestabilidad en Siria.

Si conquistaran esta localidad, podrían instalar allí un gran comando militar y centros de entrenamiento para sus hombres, lo cual solo pueden hacer ahora en la propia Turquía o en otros países fronterizos.

Por eso, paralelamente intentan, aunque con menos éxito, lanzarse sobre Damasco, la capital. De esta manera, obligan al Ejército Árabe Sirio a concentrar la mayor parte de sus efectivos en dos ciudades bastante distantes una de otra, mientras ganan margen para afianzar posiciones en otras localidades periféricas.

La campaña contra Damasco busca también que el Gobierno acumule tropas allí, lo cual influye en la respuesta que puedan darle al ELS en Alepo.

Alepo, además, es un emporio industrial y empresarial que proporciona muchos ingresos al país, y allí radica un sector de clase media y alta que se ha mantenido fiel al Gobierno. Esa es una parte de la población que las potencias occidentales y las bandas armadas han querido echarse en el bolsillo desde el inicio de la crisis. Por eso también las sanciones económicas que buscan forzar a estos grupos sociales a abandonar su apoyo al ejecutivo.

Dominar Alepo y Damasco sería fundamental para estos grupos armados porque solo en la línea entre estas dos ciudades existen cerca de ocho millones de habitantes, más de un tercio de la población siria, que ronda los 21 millones. La conquista de puntos neurálgicos como estos sería una prueba de verdadero control, y no las cifras brindadas por la Misión de Naciones Unidas, que hablaban de un 40 por ciento del territorio en manos de los armados, cuando ese cómputo se refería solo a zonas en su mayoría rurales e inconexas territorialmente.

Por eso el especial interés de las bandas armadas en el barrio Saladino, que finalmente quedó en manos del Ejército Árabe Sirio. Apoderarse de esta área le hubiese permitido a los antigubernamentales el control sobre la ruta Damasco-Alepo, con lo cual podrían cortar el suministro logístico del Gobierno.

Alepo-Damasco es tan importante que algunos medios de comunicación de la maquinaria occidental han visto en estas batallas la oportunidad para reivindicar una vez más la necesidad urgente de una intervención militar de las grandes potencias que auxilie al ELS.

Por ejemplo, en un editorial el diario español El País opinaba que es «inaplazable» una intervención exterior «que vaya más allá del envío de armas» a los antigubernamentales «por Turquía o Qatar o de la ayuda menor de la CIA autorizada por un ambiguo (Barack) Obama». La publicación calificaba de «parálisis occidental» la postura de los grandes y exhortaba a Washington a liderar ese frente y «establecer una cooperación formal» con el ELS.

Esa es otra de las cartas que se juegan los insurgentes armados cuando intentan ganar visibilidad con la batalla de Alepo, que es también mediática. Saben que están acompañados por las grandes corporaciones mediáticas norteamericanas, europeas y árabes, que echan a rodar las victorias, a veces falsas, de estos grupos, para mendigar a sus sponsors el armamento pesado necesario para asestar golpes más fuertes al Gobierno de Al-Assad.

 

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