De compras en año electoral

Con sorpresas y hasta cierto punto atípico por algunos de los contendientes, el proceso para elegir a los candidatos republicano y demócrata para los comicios presidenciales de Estados Unidos, comienza a encender los motores

Autor:

Juana Carrasco Martín

Las primarias para las elecciones presidenciales de Estados Unidos están a la vuelta de la esquina; el 9 de febrero, el Partido Republicano comenzará las suyas en el estado de New Hampshire, y los numerosos aspirantes de esa agrupación política prenden motores para tratar de salir adelante y llevarse la candidatura, frente a quien parecería que es la «única» cara entre los demócratas, Hillary Clinton, quien se las verá con sus correligionarios en Iowa.

Los ataques del multimillonario y controvertido aspirante Donald Trump están poniendo al rojo vivo el enfrentamiento político, pues la emprende por igual contra Jeb Bush, uno de los principales pretendientes entre sus afines, como con la ex secretaria de Estado.

Sobre el hombre de la dinastía Bush, ha dicho que es un caso triste y una vergüenza para su familia, porque tiene muy poca energía y carece de oportunidades para triunfar, según informaba una agencia noticiosa. Mientras, Trump también reveló más su islamofobia al decir que la Clinton rechazó los planes que propone para detener la entrada de inmigrantes musulmanes en Estados Unidos.

Clinton considera correcto que el Gobierno de Israel impida el ingreso de los musulmanes a ese país mediante la construcción de un muro, pero no quiere hacer lo mismo para proteger el territorio norteamericano, señaló Trump. De igual forma, el magnate no cesa de arremeter en su retórica contra los migrantes.

«De Donald Trump, el racismo, el nativismo y el fanatismo son tan estadounidenses como el pastel de manzana», publicó el comentarista Chauncey DeVega en Salon sobre este personaje que, a pesar de esa intolerancia demostrada en los criterios que espeta a diestra y siniestra, ha ido subiendo en los sondeos de opinión y tiene en ascuas a politólogos sobre cuál o quién podría ser el escogido por el partido caracterizado por muchos como el del conservadurismo.

Donald Trump parece rebasar con creces las tradicionales posiciones republicanas, al poner sobre el tapete los síntomas de una enfermedad que corroe a Estados Unidos: el pensamiento de la supremacía blanca.

En la pista electoral en la que parece que el neófito multimillonario va a la cabeza, favorecido por el 36,5 por ciento de las intenciones de voto, se alinean políticos de profesión, como Ted Cruz, Marco Rubio, Jeb Bush, Chris Christie, Rand Paul, John Kosich, Mike Huckabee, Nick Santorum y George Pataki, además de otros dos outsiders (forasteros) de la maquinaria política, el neurocirujano Ben Carson y una mujer de negocios, Carly Fiorina, directora ejecutiva de Hewlett-Packard.

En esa banda de expertos, Trump ha sido la sorpresa y también el candidato más mediático. Por eso se afianza la maquinaria propagandística de cada cual para ver si logran llegar a la Convención Nacional Republicana de 2016 en Cleveland, Ohio, en una fecha temprana, del 18 al 21 de julio, con mejores posibilidades. Si en las contiendas primarias o en los caucus o asambleas de delegados de los partidos por cada estado —que ahora comienzan— ninguno va ganando los 1023 votos que les aseguren la candidatura para las presidenciales del martes 8 de noviembre, se pronostica que Cleveland puede ser una batahola mayor que la del día a día de esta atípica campaña.

En una publicación como Daily Beast, la periodista Olivia Nuzzi decía recientemente para explicar la popularidad creciente del controvertido y polémico aspirante: «La fealdad de Trump no parece importarle a sus partidarios ya que la fealdad de Trump es un reflejo de la podredumbre que puede devorar el alma cuando una persona es superada por la paranoia y el miedo», referencia evidente al tema del terrorismo y la xenofobia y el espacio que toman en esta campaña.

Aunque entre el electorado en general uno de cada cuatro se muestra preocupado si el magnate llega a ser Presidente y hasta al 40 por ciento le da miedo esa posibilidad, el Partido Republicano ya le abrió sus registros para que pueda hacer campaña, un índice de que tampoco quiere ponerse a mal con un hombre que podría devolverles la Casa Blanca. ¿Acaso apuestan al perfil de quienes gustan de Trump?: hombres blancos, solteros, de bajo nivel educativo y mayoritariamente conservadores, que niegan la contribución humana al cambio climático; ocho de cada diez considera que los inmigrantes son una carga para Estados Unidos, en gran proporción poseen más armas y consideran que la bandera confederada es un símbolo de orgullo, según un sondeo de NBC.

Tambíen sorpresas entre los demócratas

En el otro extremo de la lucha en esa «democracia» bipartidista, solo han asomado tres candidatos, Hillary Clinton, Martin O´Malley, gobernador de Maryland, y el senador por Vermont, Bernie Sanders. Este último expresa una postura totalmente encontrada con la de Trump, pues se asume como «socialista», y llama a una revolución en la política estadounidense, un mensaje que también ha encontrado el eco de millones de seguidores, aunque la gran prensa no le siga los pasos, como sucede con Trump y otros.

Sanders, neoyorquino de Brooklyn, quien militó en la Liga Socialista de la Juventud, fue en sus años mozos activista y organizador de protestas en el movimiento por los Derechos Civiles, y en organizaciones como el Congreso de Igualdad Racial y el Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia. Con larga carrera en la política como independiente y progresista, Sanders pasó por la Cámara de Representantes y desde 2006 está en el Senado, donde fue reelegido en 2012 por casi el 71 por ciento del voto popular.

Pero la maquinaria del Partido Demócrata no apoya a este hombre que está llenando estadios como ningún otro a pesar de que la palabra «socialista» es otro de los miedos enraizados en Estados Unidos. ¿Cómo servirle de apoyo si su discurso arremete contra Wall Street, los bancos, las grandes corporaciones y hasta la clase política y económica dirigente de ese país?

De ahí que todo el mundo vea a Hillary Clinton, la ex primera dama, como la próxima inquilina de la Casa Blanca.

Difícil de pensar que los tickets el 8 de noviembre lleven frente a frente a Trump y a Sanders, pero no deja de ser interesante lo que irá sucediendo en los meses que quedan por delante, y tendremos tiempo de ir analizándolo; sin duda pondrán más pimienta a los titulares mediáticos.

Y… cómo andan los dineros

Le llaman el dinero oscuro, pero da luz sobre hacia dónde se puede inclinar la balanza de las urnas en las elecciones en Estados Unidos, y en este 2016, sin que haya comenzado la verdadera carrera en pos de la silla presidencial y el control de las cámaras del Congreso, ya está imponiendo un récord.

Cientos de millones se gastarán en aceitar las maquinarias propagandísticas que hagan ver las «virtudes» y las promesas de unos candidatos sobre otros, y al final no ganarán los mejores, sino aquellos por quienes apostaron los grandes capitales y sus intereses.

Es cierto que también hay pequeños contribuyentes que imprimen el sello de la democracia y de la participación ciudadana; sin embargo, son los super PAC (Comité de Acción Política) los que ponen las leyes.

La agencia ANSA publicaba este 1ro. de enero que «Hillary Clinton en el apuro final de 2015 en el frente de la recolección de fondos para su campaña electoral consiguió la suma de 55 millones de dólares, elevando a 112 millones sus recursos totales con vistas a las primarias demócratas que comienzan en febrero», y añadía: «Una cifra muy parecida a la suma récord recogida por Barack Obama en su campaña electoral de 2012».

Llega así con ventaja frente a Sanders, al menos en los capitales, para las primarias de Iowa del Partido Demócrata.

Sin embargo, gota a gota, mediante las pequeñas donaciones, el senador independiente que intenta quitarle el cetro a Hillary tiene en la cuenta 75 millones, lo que ha hecho decir a su administrador de campaña, Jeff Weaver: «Esta campaña alimentada por las personas está revolucionando la política estadounidense». Y agrega como un puntillazo: «Estamos demostrando que podemos realizar una campaña fuerte, nacional, sin un super PAC y sin depender de los millonarios y multimillonarios para su apoyo. Estamos haciendo historia y estamos orgullosos de ello».

Tras ese éxito, los mensajes del senador: educación superior gratuita, sanidad pública universal, lucha contra el cambio climático, reforma migratoria y del sistema judicial, vacaciones y bajas de maternidad pagadas para los trabajadores, fin de las contribuciones de las corporaciones a las campañas políticas, mayor control de Wall Street y sus bancos, fin de las rebajas fiscales para los ricos…

Parece que Estados Unidos se polariza.

Un artículo de la agencia Prensa Latina sobre el poder del dinero en las elecciones estadounidenses citaba a Juan Williams, un analista político de Fox News Channel, que recogía en un trabajo titulado Política, un deporte para multimillonarios, la realidad del financiamiento de las contiendas electorales estadounidenses. Según el especialista, 158 familias multimillonarias son los principales donantes en la actual campaña, tanto para los demócratas como para los republicanos.

No son pocos los norteamericanos que critican ese financiamiento, que según la ley electoral le permite a los candidatos juntar fondos por dos vías: sus comités de campaña, que tienen un límite de 2 700 dólares por contribuyente, y los PAC, en los que las cantidades de dinero que pueden recibir son ilimitadas.

La mayor parte del dinero que tiene Jeb Bush —133,3 millones de dólares—, proviene de los PAC; al contrario, Trump no ha recibido ninguna contribución de estos, pero este cuenta con su propio capital y se dice que está realizando una de las campañas más económicas de la contienda, pero goza de una publicidad envidiable con su polémico actuar.

De que el dinero se gasta a raudales, no hay duda. La elección presidencial de 1992, por la que Bill Clinton llegó a la presidencia, costó unos 300 millones de dólares. Compárelo con los montos de recaudación que ya vamos dando, o mejor, con la elección senatorial de 2014 en el estado de Carolina del Norte, donde entre los dos candidatos se gastaron más de cien millones de dólares.

Apenas es el comienzo. Queda mucha tela por donde cortar y las elecciones estadounidenses siempre concitan el interés de quienes en cualquier parte del mundo se ven afectados, a la larga o la corta, por las decisiones que emanan desde la mansión ejecutiva de una nación que se considera elegida por la gracia divina para regir al mundo.

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