Nombres y números afganos

Un conflicto que garantiza intereses geoestratégicos en Asia desde 2001, acentúa la estampida de los habitantes de las tierras ocupadas. Muchos mueren en el camino

Autor:

Nyliam Vázquez García

Cuando las bombas estallan en cualquier sitio, da igual si un mercado, la universidad o un precario puesto médico, cuando un grupo de hombres imponen su ley por la fuerza o el militar que habla raro pisa con su bota lo sagrado para luego descansar en un edificio de lujo, cuando la memoria se pierde en el inicio de la guerra y cuesta creer que fue en 2001, después de que aquellas torres enormes se vinieran abajo… entonces parece que es hora de huir.

Familias enteras buscan escapar, pero nadie los quiere. Es fácil azuzar conflictos para ganancias millonarias a costa de la vida de otros que, si acaso, serán números, listas que no importan mucho, gente sin rostro. Bien lo saben los afganos.

El Ministerio de Refugiados de Afganistán contó y puso las cifras sobre la mesa para hablar de urgencias: al menos 250 000 afganos solicitaron asilo en 44 países durante 2015, de los que unos 3 000 fueron rechazados en la Unión Europea (UE) y alrededor de 800 murieron en su intento de cruzar por mar de Turquía a Grecia. Con una población de unos 32 millones de habitantes, según el Gobierno, unos seis millones de afganos han buscado refugio o solicitaron asilo en 74 países, desde que comenzó el conflicto bélico.

Pareciera que arriba, donde se toman decisiones importantes, no se logra, no ya un acuerdo para poner fin a más de 15 años de guerra, sino al menos sentarse a conversar.

Estados Unidos, China y Paquistán están implicados desde hace meses en mediar para conseguir la paz en Afganistán. A primera vista, resulta extraño el hecho de que el país que inició la guerra con la invasión a la nación centroasiática —¿hace falta decir cuál de ellos es?— esté en la lista de garantes del diálogo, el mismo que no termina de sacar a sus militares de esa tierra porque asegura que aún los afganos no pueden hacerse cargo de su seguridad. Pero, en cualquier caso, el llamado G-4 logró, en julio de 2015, una reunión en Paquistán entre autoridades afganas y representantes del Talibán, el grupo destronado por la ocupación estadounidense, lo que fue considerado como el primer contacto entre las partes.

Pero ese diálogo fue suspendido tras el anuncio de la muerte, ocurrida en 2013, del guía espiritual del grupo insurgente, el mulá Omar, y la elección de su sucesor, el mulá Ajtar Mansur.

Dentro del Talibán algunos comandantes se opusieron al nombramiento del mulá Mansur y no pocos se escindieron, lo que generó una guerra abierta entre distintas facciones en varias provincias afganas.

A inicios de este 2016, otra vez el G-4 se reunió en Islamabad, pero entonces sin la presencia de los talibanes, quienes no solo dijeron que no participarían, sino que intensificarían los ataques desde las importantes zonas que controlan. Alegaron entonces que quieren «la paz y la estabilidad en el país, pero no esta paz instruida por los invasores vía sus marionetas», en alusión a las fuerzas internacionales, entre las que citaron expresamente a los estadounidenses, y al Gobierno afgano, según un reporte de EFE.

Así, la mesa del diálogo cojea, la serpiente sigue mordiéndose la cola, y la gente muere o huye; una estampida que se explica —según aseguran los expertos— porque el 2015 fue el año más sangriento desde el 2001.

El presidente afgano, Ashraf Ghani, resaltó en una entrevista reciente a la BBC la importancia de las negociaciones con el Talibán y advirtió que si no comienzan pronto, las consecuencias de la guerra se intensificarán para toda la región. «Todos somos conscientes de que febrero y marzo serán cruciales», apuntó.

En medio del caos, informes de inteligencia no solo avalan esa urgencia, también prueban el fracaso de la intervención extranjera. A inicios de año, un informe secreto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, revelado por el diario alemán Der Spiegel, aseguró que la situación en Afganistán empeorará durante el 2016 y que la OTAN está a punto de fracasar a causa de una profunda crisis en las fuerzas militares afganas, pese a los millones de dólares recibidos para esa operación.

Por otra parte, un alto funcionario de EE.UU., citado por The Washington Post, aseveró que los militares estadounidenses se quedarían en suelo afgano más allá del 2017, fecha prevista para la retirada, según la estrategia aprobada por Barack Obama. Una prueba del fracaso, pero también de intereses más profundos en la zona.

Según el Post, para EE.UU., Ashraf Ghani es un «socio dispuesto y confiable» que está en capacidad de proporcionar bases para atacar a los grupos terroristas, también en todo el sur de Asia, durante el tiempo que persista esa amenaza, la cual parece que no terminará nunca y constituye fórmula probada para que el complejo militar industrial siga generando millones.

Si tenemos en cuenta que los talibanes supeditaron su regreso al diálogo con la salida de los extranjeros, volvemos al punto muerto.

Mientras el futuro de un país clave para la estabilidad regional permanece en el limbo de las declaraciones de políticos y demostraciones de fuerza a base de bombas, las familias que habitan esas tierras se aferran a la vida e intentan escapar. Y a pesar de la responsabilidad de las grandes potencias con cuanto ocurre «en ese rincón oscuro del planeta», donde también la gente va al mercado, intenta estudiar en la universidad, o recibe un balazo «colateral» y necesita atención médica, los poderosos se dan el lujo amoral de responder con un portazo ante el rostro de la desesperación. Antes que números, los afganos son nombres.

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