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La Catástrofe

La proclamación del Estado judío de Israel el 14 de mayo de 1948 desató la expulsión del pueblo árabe de Palestina del territorio donde vivió durante siglos

Autor:

Leonel Nodal

En un gesto típico del oportunismo político que imprimió al sionismo Teodoro Herzl, desde que lo fundara medio siglo antes, un grupo de sus seguidores dirigidos por David Ben Gurión se apresuró a hacer pública una discutible Declaración de Independencia de Israel, en la tarde del viernes 14 de mayo de 1948, ocho horas antes de la expiración del mandato que Gran Bretaña ejercía en Palestina desde la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial.

La fecha programada para que el alto comisario Cunningham abandonara el puerto de Haifa, junto con las últimas autoridades británicas, estaba marcada para el primer minuto del sábado 15, lo que coincidía con el comienzo del shabbat, el día de reposo absoluto obligatorio impuesto por la religión judía.

Eso sería un obstáculo y había que adelantarse a los acontecimientos.

Los británicos ya habían asegurado todas las ventajas derivadas de su presencia en el disputado territorio de la histórica Palestina, cuna de las tres principales religiones monoteístas del mundo. Ahora dejaban atrás un verdadero polvorín a punto de estallar.

La supuesta «independencia» proclamada en la improvisada reunión convocada en una sala del Museo de Arte de Tel Aviv, culminaba —al menos parcialmente— la utopía sionista de Herzl, planteada 50 años atrás en su obra El Estado judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía, publicado en febrero de 1896.

El texto proponía que la solución al llamado «problema judío» (la discriminación y persecución en Europa) era la creación de un Estado judío independiente y soberano para todos los judíos del mundo.

Herzl nació en 1860 en el Reino de Hungría, en el condado de Pest, en el seno de una familia germanoparlante, representativa de la burguesía judía emergente en el Imperio austrohúngaro, en un ambiente confortable, liberal y laico, pero rodeado de una creciente atmósfera antisemita.

Herzl visitó Estambul en abril de 1896, para proponer al Sultán de Turquía que le cediera parte de la Siria Otomana, a fin de crear un Estado judío a cambio de apoyo financiero, pero su oferta fue rechazada.

Según el historiador israelí Benny Morris, el planteamiento de inmigración y compra de territorios de Herzl haría inevitable que surgiese un conflicto entre los colonos y la población indígena de Palestina, predominantemente árabe: la población autóctona del territorio que les fuera asignado solo podía interpretar la inmigración y adquisición de tierras, organizada y políticamente motivada recomendada por Herzl en sus diarios, en 1895, como desposesión y desplazamiento.

Otros, como Efraim Karsh, profesor de Estudios de Guerra en el King’s College de Londres, señalan que Herzl llegó a pensar en establecer su proyecto en Sudamérica, concretamente en Argentina.

Por tal razón, la resolución adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 27 de noviembre de 1947, de establecer en la Palestina histórica que formó parte del Imperio Otomano (1300-1923) dos Estados, uno judío y otro árabe, de hecho sirvió para legitimar la pretensión acariciada desde 1897 por el movimiento sionista inspirado por Teodoro Herzl, de crear una entidad nacional exclusivamente judía en la Tierra Prometida de los textos bíblicos.

La partición

El Plan de Partición de Palestina fue aprobado a pesar del rechazo de los árabes.

En realidad, el espaldarazo decisivo ya se lo había dado la potencia mandataria británica 30 años atrás, en una declaración aprobada el 2 de noviembre de 1917 por el gabinete del premier Lloyd George.

El secretario de Exteriores británico Arthur James Balfour envió a la Federación Sionista la carta que contenía la Declaración a través del influyente banquero judío británico, el barón Walter Rothschild.

El texto afirmaba: El Gobierno de Su Majestad considera favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y utilizará sus mejores esfuerzos para facilitar la consecución de este objetivo.

Aquel pronunciamiento decisivo sobre el futuro de Palestina, un territorio ajeno, bajo dominio del Imperio Otomano, fue el fruto de intensas negociaciones a lo largo de 12 meses entre destacados integrantes del lobby judío-sionista británico y altos cargos del Foreign Office, en última instancia, del Gobierno de guerra de Lloyd George.

Según el profesor Nur Masalha, editor de Holy Land Studies: A Multidisciplinary Journal (publicado por Edinburgh University Press), la propia Declaración Balfour estaba calculada para coincidir con el avance del general Edmund Allenby hacia Jerusalén durante la Primera Guerra Mundial.

El 11 de diciembre de 1917, recuerda, Allenby entró a pie en Jerusalén y anduvo triunfalmente por la Ciudad Vieja. Era el primer cristiano que conquistaba Jerusalén desde las Cruzadas medievales.

Solo 32 palabras bastaron para sellar el compromiso del Imperio Británico con el movimiento sionista de entregarle aquel territorio poblado durante siglos por nativos árabes —que ocupaban casi toda la extensión geográfica que la ONU acordó dividir 30 años más tarde— para crear un Estado que llamarían Israel.

En 1917 la población judía de Palestina era inferior al diez por ciento del total de su población.

De hecho, el pueblo palestino era propietario de más del 97 por ciento de la tierra que Gran Bretaña pretendía regalar.

Lo verdaderamente crucial fue que los términos de la Declaración Balfour se incorporaron al Mandato Británico en Palestina en 1922 y fueron aprobados por la Liga de las Naciones.

Entre 1914 y 1948, añade, la potencia colonial británica permitió al movimiento judío establecer en Palestina a cientos de miles de colonos judíos europeos, y estableció las bases políticas, militares y de seguridad, económicas, industriales, demográficas, culturales y académicas del Estado de Israel.

Solo 57 Estados eran miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando en 1947 aprobó la partición de Palestina mediante la resolución 181, la cual también disponía que Jerusalén sería administrada por la ONU.

La Resolución se aprobó por una exigua mayoría de dos tercios de la Asamblea de la ONU (33 votos a favor, 13 en contra y diez abstenciones) pero el apoyo de Estados Unidos y de la Unión Soviética le concedió un peso decisivo.

Curiosamente, Gran Bretaña se abstuvo, con el claro propósito de aliviar tensiones con las naciones árabes, en particular con Iraq, de donde fluía abundante petróleo a partir del primer pozo, perforado en 1908, a través de un oleoducto que tenía su terminal en el puerto de Haifa.

Cuba, en la voz del embajador Ernesto Dihigo, justificó su voto contra la partición por considerarla ilegal y contraria al principio de la libre determinación de los pueblos, reconocido en el párrafo 2do. del artículo 1ro. de la Carta de Naciones Unidas.

A pesar de la propaganda sionista resumida en la consigna lanzada por Herzl de «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», la gran mayoría árabe musulmana y los cristianos, quienes cohabitaban pacíficamente, jamás aceptarían voluntariamente el despojo.

El plan de la ONU de 1947 para la partición de Palestina otorgó a la comunidad judía —30 por ciento de la población— el 55 por ciento del territorio, en tanto a la árabe, que representaba el 67 por ciento de la población, adjudicó el 45 por ciento restante. Era lógico y previsible el rechazo árabe.

Limpieza étnica

Por eso, nadie se extrañó que el 15 de mayo de 1948, tras la proclamación del Estado de Israel, los países árabes circundantes entraran en guerra con los colonizadores, que de hecho venían utilizando bandas paramilitares, como Irgun, Stern y la Haganah, en operaciones de terror y desalojo de pobladores árabes.

El historiador israelí Ilan Pappe, quien preside el Departamento de Historia en la Universidad Exeter, autor de un documentado estudio titulado La limpieza étnica de Palestina, refiere que «el Estado de Israel ocupó el 80 por ciento de la tierra palestina, consiguiendo expulsar a más de la mitad de la población autóctona».

Al respecto revela que «el 14 de mayo, el día en que se declaró el Estado judío, ya habían desaparecido 58 aldeas».

Pappe afirma que «la desposesión del pueblo palestino, iniciada con las matanzas y expulsiones de 1948, prosigue hoy con el cerco de Gaza y la “judaización” de Jerusalén y Cisjordania».

El 14 de mayo de 1948 cambiaría para siempre la evolución política del Medio Oriente. En la historia del pueblo palestino aquella jornada se recuerda como el día de la Naqba o la Catástrofe.

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