Los que encapucharon a Martí

Manos infames ultrajaron el monumento al Apóstol que se erige en el barrio caraqueño de Chacaíto, donde el Maestro empina su brazo redentor y desde su altura moral eleva la noción del bien y la utilidad de la virtud

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

No les bastó con quemar la bandera cubana en una avenida en Venezuela. Manos infames, presas del odio y la sinrazón humana, ultrajaron días después el monumento a Martí que se erige en el barrio caraqueño de Chacaíto, donde el Maestro empina su brazo redentor y desde su altura moral eleva la noción del bien y la utilidad de la virtud.

Esta vez la vejación rompió todos los límites. Quienes usan cualquier método para desestabilizar el gobierno legítimo de Nicolás Maduro, colocaron sobre el rostro martiano una capucha, similar a las que usan en las protestas violentas que ejecutan desde hace meses. Son los mismos que buscan pretextos para exacerbar los ánimos, alentar el caos, clamar por una intervención militar foránea y llevar la Revolución Bolivariana al abismo.

¿Sabrán, acaso, que actúan contra el hombre que al llegar un día a esa ciudad, al anochecer, sin sacudirse el polvo del camino no preguntó donde se comía ni se dormía sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar? Tal era su devoción por El Libertador y por los próceres americanos, que hizo siempre suyo el concepto de que honrar, honra. Y llegó a decir: «Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo».

¿Habrán leído alguna de sus frases? ¿Se habrán interesado por sus Versos Sencillos? Quienes así obran van mutilados cultural y moralmente, porque viven sin decoro, subordinados a la ingratitud y la ignominia. Si ellos regresaran al poder —por vías legales o por la fuerza—muy triste sería el destino de ese hermano pueblo, pues volcarían su odio acumulado sobre las espaldas de las mayorías. Jamás echarían su suerte con los pobres de la tierra.

La imagen de Martí encapuchado hace recordar el día de 1949 en que los marines yanquis profanaron su estatua en el Parque Central de La Habana. Y la repulsa de los cubanos residentes hoy en la hermana Venezuela asume la contundencia de la que Fidel y muchos ciudadanos dignos realizaron entonces ante la ofensa gringa.

«Martí nunca se cubrió el rostro para decir su verdad y hasta el sol hubo de iluminarle en el instante aciago de su caída en combate», expresan nuestros compatriotas en un comunicado que ha encontrado total apoyo en los grupos de solidaridad y en líderes de opinión, que califican el suceso como un acto de barbarie.

No es la primera vez que en la zona de Chacaíto agreden la estatua del Apóstol. Hay que recordar que el opositor Leopoldo López —quien cumple prisión por participar e impulsar los delitos de incendio, daños a la propiedad estatal y homicidio calificado que se ejecutaron como parte de un plan llamado La Salida contra el dignatario Nicolás Maduro—, convocó a sus seguidores hasta ese sitio en febrero de 2014, y encaramado en el pedestal del monumento, los alentó a continuar la presión en la calle.

En otros momentos la figura de nuestro Héroe Nacional en esa plaza caraqueña ha amanecido con graffitis alegóricos a la «democracia» o con una gorra tricolor parecida a la que usa Henrique Capriles. Incluso, algunos han justificado la inocencia de estos actos, pues los consideran hechos legítimos en la defensa de sus causas. ¿Acaso pretenden ganar a Martí para su lucha? ¡Qué poco lo conocen!

Sabemos que en el hermano país el sentimiento colectivo es de amor hacia el pueblo cubano, sus líderes y sus héroes. Tantos años de historia común, de solidaridad puesta a prueba y de lealtad infinita, cimentadas en las ideas de Chávez y Fidel, han levantado una inmensa obra que ningún velo puede opacar. Pero cuando ocurren acciones viles como las descritas, hay que volver a Martí y recordar que «los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y deshacen». Pongámonos del lado de los buenos.

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