Perorata del apestado

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Esta semana el «reo» sintió invadida de fantasmas su «jaula de oro» en El Paso. Los carceleros lo vieron caminar agobiado por el insomnio. Las pocas veces en que consiguió el sueño despertó a sobresaltos, al parecer dominado por pesadillas.

En nada se parecía al hombre que salió elegantemente vestido hacia una audiencia de la Corte Federal, para pedir que lo liberen del centro de detención donde se encuentra retenido.

Lo vieron regresar abatido a la instalación donde se mantiene bajo la custodia de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas. De la audiencia regresó con una noticia inquietante: seis países se niegan a recibirlo en su territorio. Preguntas martillantes lo asaltaron entre las cuatro paredes de la celda: ¿Los antiguos protectores me habrán abandonado? ¿Habrán perdido influencia? ¿Acaso saben a quién le niegan cobija? ¿Serán capaces de ignorar a este «guerrero de la libertad»?

Quizá mientras se movía incesante de uno a otro lado, su vida le corría por la memoria. Por el aspecto de su rostro parecía arrastrar un recuerdo muy turbio: sus primeras relaciones con políticos afines al dictador Fulgencio Batista; la colaboración secreta con la policía de la dictadura; sus primeros contactos en 1957 con el Buró Federal de Investigaciones norteamericano y la incorporación a grupos contrarrevolucionarios que protagonizaron diversos sabotajes en Cuba; su asilo en la embajada de Argentina alegando ser un perseguido político, y la posterior salida, el 25 de febrero de 1961 con salvoconducto rumbo a Miami; el vínculo con las organizaciones contrarrevolucionarias que se preparan para la invasión por Playa Girón, cuyos equipos de infiltración y sabotaje entrenó...

Todo va sucediéndose en su mente en una secuencia obsesiva, enfermiza, de escenas violentas: incorporación a la organización terrorista Movimiento Nacionalista Cubano; actividades contra la Revolución Cubana en Estados Unidos, República Dominicana y Puerto Rico; conjura para derrocar al gobierno de Guatemala; intento de volar un barco soviético en México; represión a grupos progresistas venezolanos y latinoamericanos; intento de asesinato a Fidel Castro, aprovechando un viaje del líder cubano a Chile, Perú y Ecuador; colocación de artefactos explosivos en las embajadas cubanas en Argentina, Perú y México.

No hay dudas de que debió pensar en sus vetas tardías de «pintor de cuadros ajenos», con sus «musas» sugiriéndole paisajes sosegados, porque eso es lo que más le ha faltado a su vida: envío de cartas y libros con bombas a varios consulados de Cuba en América Latina; suministro a la contrarrevolución nicaragüense; red de tráfico de armas en Centroamérica; asesoramiento a la policía salvadoreña en técnicas contraguerrilleras y de interrogatorio; atentado fallido contra el Presidente cubano en Colombia; reclutamiento de mercenarios de países centroamericanos para ejecutar atentados terroristas contra diversos objetivos en Cuba; intento de atentado con explosivos en el Paraninfo de la Universidad Nacional de Panamá contra Fidel Castro...

Seguramente le verían taparse con fuerza en algún momento los oídos ante el estallido de sus recuerdos: bomba en equipajes de vuelo de Cubana de Aviación en Jamaica; bomba en la Oficina de la línea aérea Cubana de Aviación, en Barbados; bomba en las oficinas de la Air Panamá, en Colombia; bombas en el Instituto de Estudios Brasileños y en la Embajada de Bolivia en Ecuador; bomba contra la Embajada de Cuba en Portugal; bomba en el Centro Cultural Costa Rica-Cuba; bomba contra un canal de televisión en San Juan, Puerto Rico; bomba contra un avión cubano en pleno vuelo, frente a las costas de Barbados.

¿Es que tantas bombas no le van a conseguir su libertad? ¿Tantos cuerpos despedazados y mutilados tampoco la merecen? ¿Tantas madres y familias desgarradas no lo valen? ¿Acaso su vida estuvo siempre en el momento y lugar equivocados?

¿O es que no va a poder despedirse de este mundo consumando su «suprema patraña», como lo quiso uno de los reos en la más famosa novela de Gesualdo Bufalino?

Si la crueldad y abundancia de sus crímenes le impidiera «dormir como un niño» o, si en vez de entrañas tuviera alma, esta semana Luis Posada Carriles hubiera sentido que acude a los capítulos finales de su existencia como en la trama de la novela del famoso escritor siciliano: en una «Perorata del apestado».

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