Bush y Posada Carriles en un mar de contradicciones

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Es época de bonitos gestos vacíos. Mientras Laura Bush se seca las lágrimas con un pañuelito blanco, George Jr. tropieza con las palabras y hace pucheros en el homenaje a las víctimas del 11 de septiembre, en el que anuncia que seguirá la guerra contra el terrorismo y repite el «Dios bendiga a América» con el que ha terminado más de un discurso al país, tras los atentados terroristas que golpearon a los Estados Unidos en el 2001.

En Nueva York, este lunes 11 de septiembre Bush volvió a sacar prenda del estupor y la impotencia de los norteamericanos, que asistieron esta vez a un acto grandilocuente, con bandas de luces que llegan hasta otras galaxias, además de incontables flores y desmayados sollozos. Sabe que el éxito de su guerra contra el terrorismo depende de mantener viva la trama de la conspiración, la obscenidad de la muerte que ponía para siempre en las retinas de los norteamericanos el momento glacial del avión empotrado en los rascacielos neoyorquinos, la espeluznante escena de los suicidas que se lanzaban hacia la muerte desde las Torres Gemelas, el humo y el polvo ganando las calles, el rictus de dolor de los heridos, la desesperación de los que habían perdido a un ser querido. Todo eso mostraba y sigue mostrando la indefensión del ser humano inocente golpeado por la muerte absurda, ciega e imprevista, pero —también— ha ocultado y sigue ocultando su propia codicia destructora y la persistente indiferencia ante el sufrimiento de los demás que ha acompañado las decisiones de los políticos norteamericanos en el último medio siglo.

Si fue premeditado o no, ahora es lo menos importante. Pero que haya coincidido este nuevo espectáculo de contrición de Bush con los argumentos del magistrado Norbert Garney, de El Paso, Texas, sobre el caso de Luis Posada Carriles, pasa ampliamente la raya de lo que se puede considerar cínico en este mundo. Mientras este 11 de septiembre la enlutada pareja Bush viajaba de Nueva York a la Casa Blanca, en Washington, el magistrado federal daba a conocer, en un documento de 24 páginas, su recomendación de liberar al terrorista.

La primera reacción ante la noticia, compartida en la sala de prensa de la XIV Cumbre de los No Alineados desde donde escribo esta nota, fue culpar al magistrado por la impunidad de las instituciones norteamericanas. El sentimiento de estupor y frustración era general entre colegas más y menos enterados del asunto. Todos terminaban opinando lo mismo: casi no importa que algunos descubran este tipo de farsa, o que sea denunciada sistemáticamente por gobiernos y organizaciones internacionales, porque sus palabras se pierden en la maraña creada por las decisiones de la administración norteamericana y sucumben en la información sesgada de los grandes medios informativos, que convierten a los vendedores de mentiras o a los prestidigitadores de las noticias en las principales fuentes informativas.

Sin embargo, quien lea con cuidado los argumentos del magistrado de El Paso descubrirá no pocas señales de su propio estupor y frustración. Garney prácticamente reta al gobierno federal para que este haga en diez días lo que debió hacer desde hace un año y medio: certificar el récord terrorista de Luis Posada Carriles —como se sabe, un procedimiento sumamente fácil, donde podría escoger entre una o varias posibilidades: la voladura de un avión civil con 73 personas a bordo en 1976; su confesa participación a The New York Times en sabotajes a hoteles cubanos, donde murió un joven turista italiano; el plan de dinamitar un auditorio con cientos de estudiantes en Panamá, solo porque asistirían a un encuentro con el Presidente Fidel Castro…

En la práctica, el magistrado se queja de la obstinada decisión de la Fiscalía, de llevar hasta el final el trámite migratorio para un hombre que indudablemente clasifica con sobresalientes en las normas de lo que ellos consideran un peligro para la Seguridad de los Estados Unidos. Es un individuo, dice Garney, sobre el que pesan «circunstancias especiales».

¿Y entonces? Si los Estados Unidos siguen en la misma cuerda de «hagan lo que digo pero no lo que hago», es muy probable que en poco más de una semana Luis Posada Carriles le hará compañía en Miami a Orlando Bosch. Los veremos ofreciendo entrevistas donde anuncian sus delirios de muerte y con amplias posibilidades de hacerlas realidad, incluso allí donde, puntualmente, cada 11 de septiembre se recuerda a las víctimas de los atentados contra las Torres Gemelas.

Es difícil entender esta lógica, en la que se honra a las víctimas el mismo día en que recibe un homenaje de facto por su trayectoria terrorista un hombre que está dispuesto a seguir llevando a la muerte a personas inocentes. Una de las claves se encuentra sin dudas en esa política hipócrita, de doble rasero, que ha sembrado agravios y sufrimiento por doquier, y que premia a los que asesinaron y están dispuestos a asesinar en nombre de los Estados Unidos.

Es lo que explica esta sensación de estupor y rabia que nos invade en una sala de prensa, donde entre otras noticias contrastamos las informaciones de este 11 de septiembre, que nos dicen que Laura se seca sus lágrimas, George contiene las suyas y el magistrado Garney entrega el documento en el que prácticamente se le concede la libertad al terrorista Posada Carriles por el no ejercicio de la justicia. ¿Por qué estas contradicciones tan aberrantes? ¿Será tan difícil darse cuenta del estrecho margen que en asuntos de terrorismo separa el dolor ajeno y el que provocan las heridas propias?

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