La Tierra se sigue inflando

Autor:

Juventud Rebelde

En el mundo abundan políticos, sociólogos, historiadores, filósofos (de academia y de la calle), poetas, beatos, sexólogos, filántropos, ecologistas, maquiavélicos, y, por supuesto, más de un periodista, empeñados en diatribas —personales o colectivas, honestas o desenfrenadas, absolutas o cautas— contra lo que se ha dado en denominar posmodernidad.

Algunos, en un lado del cachumbambé, reducen el asunto a lo que fue el pasado en relación con el presente: mejor o peor. Al fin y al cabo, las bajas pasiones, las pugnas por el poder, las calamidades naturales y sociales y las profecías sobre el fin del mundo surgieron con el hombre mismo.

Los segundos, al otro extremo, giran en torno a la noción de pérdida y convergen en un punto: crisis. En el eje del cachumbambé se acomodan los defensores del juego semántico: encuentros y desencuentros.

Acuerdos y discrepancias aparte, dime quién eres y te diré con quién andas. Es que, por encima de la condición humana, letra y espíritu, virtudes y defectos, está una cierta mentalidad de corcho que permite flotar aquí o allá, ahora o después, y permanecer en la superficie, casi secos, no importa cuán turbias o claras, mansas o turbulentas, sean las aguas.

Está una cierta voluntad para vendar los huecos negros con esparadrapo y aplacar las manchas del sol con aspirina.Libre albedrío o mano dura, caos o cambio, nos enfrentamos a criterios manipulados en monólogos sociales y noticiarios.

La cuestión va más allá de la impunidad con que se ensucia el aire, se maltrata al prójimo, se reniega de las raíces (o se las envenena mientras se les sigue sacando el jugo). Más allá de los fundamentalismos de quienes se autoflagelan, se inmolan, masacran y destruyen en nombre del ¿Padre?

¿Qué distingue, pues, a nuestro tiempo? ¿La moral corroída de los que están pero no son? ¿La ausencia arrepentida de los que son pero no están? ¿La inconformidad de los que no quieren ni ser ni estar? ¿El cibersexo y los manuales para sexo doméstico como recetas de cocina o clases de bordado? ¿Los cuerpos taladrados y llenos de aros, la telefonía móvil, el consumo de drogas, el tráfico humano, la diáspora? ¿El dice que dicen, las palabras al viento, los brazos cruzados, la metáfora de la net de voleibol? ¿El síndrome de la barriga vacía y la mundialización de la porquería?

Una cosa es la obsolescencia de (ciertos) valores y patrones y otra es el sobre-salto: a una niña se le cambia un lazo por un tatuaje; se legitima la marginalidad, la vulgaridad, la grosería; se generaliza el mal gusto, el mercachiflismo, se venera la obscenidad.

Una cosa es la erosión de determinados estatutos y fundamentos, la mezcla de códigos, la sinergia universal, y otra bien distinta es el intento de anular todos los límites, incluso los del bien y el mal, los de lo justo y lo injusto, los de la verdad y la mentira.

En una época que deifica la realidad virtual, el ojo por ojo, la ley del más fuerte (y la del menor esfuerzo), el sálvese quien pueda y el vivir del cuento, peligran, además de otros, dos conceptos salvadores: familia (no en balde definida hace más de cien años como célula fundamental de la sociedad), y amistad.

Mientras se acaba de inventar una vacuna contra el olvido y la desesperanza, y se discute en algún foro internacional el precio que le pondrán y bajo qué bandera se distribuirá; mientras se busca un software para el amor filial, el respeto y la comprensión; mientras se descubre una bomba para matar el hambre del alma, la Tierra se sigue inflando.

La Tierra es un globo, quien esté libre de culpa, que saque el primer (y único) alfiler.

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