Trompadas de dinero

Autor:

Raiko Martín

Mike Tyson (derecha) en sus años felices. Quizá el boxeo sea el deporte donde, más allá de los premios, se evidencien con mayor notoriedad las diferencias entre sus versiones amateur y profesional.

En ambas se persigue el mismo objetivo, el de golpear más y recibir menos impactos del rival, pero mientras a unos se les protege al máximo, los otros enfundan ligeros guantes, y a rostro y tórax descubierto entablan duelos de excesivos asaltos, cuyos desenlaces se ven continuamente marcados por la tragedia.

Así lo prueban las más de 600 muertes —según cuentas de los historiadores— ocurridas sobre los cuadriláteros del mundo desde que el Marqués de Queensberry escribiera sus primeras reglas en 1884.

Muchas de estas tragedias han pasado inadvertidas. Otras, en cambio, han llenado el lado más oscuro del pugilismo, como la del norteamericano Jimmy Doyle en la pelea por la faja welter en 1947, o la del cubano Benny «Kid» Paret, fallecido a causa de los golpes que le propinara Emile Griffith en la revancha por el campeonato mundial de ese mismo peso, el 24 de marzo de 1962.

Pero si la muerte de Paret aceleró la desaparición del boxeo rentado en nuestro país, ninguna de las ocurridas dentro o fuera del territorio estadounidense ha influido lo suficiente para «humanizar» —al menos— este deporte-negocio que genera multimillonarias ganancias, y cuya tajada más sustanciosa nunca va a parar a manos de sus protagonistas.

El más reciente y serio intento de regulación vio sus últimos días a finales del pasado año, cuando la Cámara de Representantes de Estados Unidos votó en contra de un proyecto que pretendía crear una agencia federal para el control del boxeo profesional en esa nación.

La iniciativa era una muestra de preocupación de un grupo de congresistas, alarmados por los niveles de explotación y riesgos a que eran sometidos algunos boxeadores, literalmente «mandados a matar» durante el preámbulo de cualquier pelea importante.

Pero el veto político perpetuó el monopolio que por años han polarizado personajes como Bob Arum y el polémico Don King —los promotores más poderosos del mercado—, y dio vía libre a las cuatro organizaciones que rigen el boxeo a nivel profesional para hacer y deshacer en este «mundillo» donde sobran los representantes, manejadores y patrocinadores sin escrúpulos, capaces de cualquier cosa para amasar exorbitantes beneficios.

Y así marcha este negocio, en que el que, para sorpresa de sus «padrinos», el inglés no es ya el idioma mayoritario.

EUROPA PEGA MÁS DURO

El pasado 12 de agosto ocurrió en la ciudad de Las Vegas lo que ya parecía inevitable para el mundo del boxeo profesional. Ese día cayó la última corona de la máxima categoría en poder de un estadounidense, cuando el kazajo Oleg Maskaev noqueó a Hasim Raham cuando faltaban apenas 43 segundos para que concluyera el combate por la faja del Consejo Mundial de Boxeo (WBC), pionera de las cuatro organizaciones que rigen el pugilismo rentado.

Así se completó un cuarteto de peleadores ex soviéticos que campea actualmente en la categoría reina del boxeo profesional, pues el ruso Nikolai Valuev ya era el líder de la Asociación Mundial de Boxeo (WBA), mientras que el ucraniano Wladimir Klitchko se había convertido en el número uno de la Federación Internacional (IBF) y el bielorruso Sergei Liahkovic dominaba en la Organización Mundial (WBO).

Con esto quedaba atrás la época dorada del boxeo norteamericano, aquella en que los Heavyweithg Champions (campeones de los pesos pesados) eran patrimonio exclusivo de sus fronteras, salvo las contadas excepciones que representaron el alemán Max Schmeling y el sueco Ingemar Johansson.

Con Mohammed Ali, el boxeo norteamericano vivió muchos de sus mejores momentos. La lista de luminarias dominantes llegó a ser impresionantemente extensa, desde Jack Johnson —el primer negro en ceñirse una corona universal—, Jack Dempsey, Rocky Marciano, Joe Louis, Floyd Patterson, hasta la aparición más tarde de Joe Frazier, George Foreman y Mohammed Alí (Cassius Clay), todos ellos orgullos para la nación, y de cierta forma inspiradores de la saga cinematográfica de Rocky, diseñada para entretener y a la vez entronizar la supremacía de una nación en el orden ideológico.

Hoy ese mito no existe. Y aunque el «chico dorado» Oscar de La Hoya, el boricua Tito Trinidad, o los norteños Bernard Hopskin y Shane Mosley se hicieron cargo por un tiempo de asegurar ganancias en las taquillas y la televisión, la inmensa maquinaria de mercadotecnia que representa el boxeo profesional estadounidense no ha podido brindar una nueva estrella a sus fanáticos, quienes añoran los buenos tiempos que terminaron con la famosa mordida de Mike Tyson a Evander Hollyfield, preludio de la pelea más escandalosa del boxeo norteamericano.

Y esto ha destapado la caja de los «regresos».

VUELVEN TYSON Y COMPAÑÍA

Tarde o temprano el derrumbe es inevitable. Tyson no fue la excepción. Cuando en junio de 2005 el desconocido irlandés Kevin McBride derrotaba a Mike Tyson, todos pensaron que aquel era el final de la carrera de la más polémica y extravagante «estrella» del boxeo profesional norteamericano.

Pero el tan venerado como odiado peleador, ya con 40 años sobre sus espaldas, no parece renunciar a los cuadriláteros y anunció un tour mundial que comenzó el pasado 21 de octubre con una victoria en cuatro asaltos sobre su ex sparring Corey «T-Rex» Sanders, calificada por los medios como una verdadera función de circo.

Aunque lo niega, haber dilapidado una fortuna de 300 millones de dólares y declararse en bancarrota en el 2003 parece impulsar esta nueva aventura de quien en sus días de gloria protagonizara enconadas peleas —dentro y fuera del cuadrilátero—, pero nadie descarta que alguna millonaria cifra, y la escasez de retadores de nivel, le puedan poner frente a alguno de los superpesados europeos.

La búsqueda del eslabón que vincule los antiguos ídolos con el presente, ha llevado a los promotores a convencer también a Hollyfield, quien volvió en agosto a saborear un triunfo profesional con 43 años, gracias a que la Comisión Atlética del Estado de Texas le restituyera la licencia cancelada dos años antes en New York, por considerarse que era demasiado el castigo que recibía en cada una de sus última presentaciones.

La lista de «mastodontes» rescatados pudo aumentar con el asedio de los mercaderes a Lennox Lewis, otro que hizo su historia en la categoría y uno de los pocos que dijo adiós, según los entendidos, sin el agotamiento de sus predecesores. Pero nadie garantiza cuánto pueda resistir la tentación.

En fin, nada se ha escatimado para hacer soñar otra vez a los fanáticos con estrellas recicladas. A cualquier precio, el espectáculo debe continuar, y en el boxeo rentado todo vale para seguir transformando las trompadas en jugosas sumas de dinero.

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