Lo que le debo a Quemado

Autor:

José Aurelio Paz

«Guajiros», al fin, llegamos más temprano que nadie. Y es que parte de esa ética natural del campesino cubano es la puntualidad. Esta, junto a la palabra dada como garantía de cumplimiento, es característica del hombre y la mujer de campo que, a pesar de la modernidad y su «post», del fogón eléctrico y la Olla Reina, de que su hija ande por África cumpliendo misión como médica, no renuncian al café carretero, al laúd bien «rascado» para animar la controversia, a la frase de «al cantío de un gallo», como expresión acuñada de falseada inmediatez.

La hora fijada para el acto era las 11:00 a.m. y nos aparecimos allí los compañeros de Cultura de Ciego de Ávila y yo, a las 9:30. Quemado de Güines era, a esa hora, una palizada de voladores humanos a punto de explotar, de tanto ajetreo por la organización del acto de entrega del Premio Nacional de Crónica Enrique Núñez Rodríguez que, por vez primera y no última, convertía su terruño en una especie de plataforma de lanzamiento espacial. Desde allí se le enviaría un cohete de cariño a ese olímpico jodedor.

Pero Enrique, desde ese lugar impreciso al que llamamos la Gloria (en el que debe tener loco a medio santoral organizando a los querubines en una protesta contra el ALCA), decidió aguarle la crónica a su socio Pedro Méndez, el genial caricaturista y director del semanario humorístico Melaíto. Pretendió apagarle la chispa con una llovizna intermitente que convertía en locura el afán de los organizadores. Estos armaban su tinglado en el parque, luego lo llevaban al interior del cine y, finalmente, regresaban otra vez a la plaza, frente al busto del escritor que parecía divertido observándolo todo.

Decidí entonces llegarme al hotelito, que él mismo había sugerido construir para atender a los visitantes, y sentarme en el vestíbulo, junto a mis compañeros de viaje, a esperar el comienzo del acto donde me entregarían mi premio a lo criollo, a lo ¡A Guasa a garsín!

—¿A dónde va usted? —me preguntó una voz con la corrección misma de Alfred, el mayordomo de la baronesa de la telenovela brasileña.

—A sentarnos un ratico —repuse.

—Lo siento —me contestó el joven cortésmente, pero el hotel ha sido limpiado para recibir la visita.

Pensé en ese instante: ¿Es que acaso ese lugar público solo se limpia cuando vienen invitados? Claro, a mi interlocutor, quizá conocedor de que el exceso de adjetivos le molestaba tremendamente a Enrique, de seguro le faltó agregar «de manera especial».

—Es que nosotros somos parte de esa visita —expliqué.

A lo que el empleado, que seguramente no hacía otra cosa que cumplir con «la orientación emanada de los mandos superiores», sin inmutarse, me contestó de manera lapidaria:

—No... la visita viene de La Habana.

Así que caminé entonces por las aceras que tantas veces Enrique pisó, entre esos tipos pueblerinos a los que el escritor, respondiendo también a esa cortesía del campesino, les dio alojamiento y comida en su espaciosa casa de papel; un hogar para sus más entrañables amigos, para el pueblo todo, bajo el Galán de Noche de sus nostalgias.

Y por mis propios ojos Enrique pudo ver que la vida transcurre allí como la dejó en su última visita; con la mansedad del ajetreo cotidiano que hace de la calle un río de personajes; con la urgencia de darle una pinturita a la Casa de Cultura; con la necesidad de que el hermoso y bien actualizado mural de los trabajadores del cine, colocado en plena entrada, no sepulte la pequeñez promocional de sus películas; con los jóvenes que, junto a los «veteranos», le insuflan vital sangre a la retreta del pueblo; con los nuevos edificios que se alzan y, sin pretender convertir ese limpio sitio en ciudad de rascacielos, pintan el aire con el pincel de la laboriosidad y el amor que Enrique siempre blandió en sus crónicas.

Al fin llegó «la visita de La Habana» y junto a Abel Prieto, el hombre que compartió su ministerio de cariño con el tipo que vendió su bicicleta años atrás, allí mismo, llegó casi una legión de figuras importantes de la cultura cubana. Por supuesto que no venían por mí, sino por el gordito de las crónicas en Juventud Rebelde, por el entrañable abuelo de Tupac que le dejó, quizá como única herencia, sus escrutadores y bondadosos ojos; el tipo que hizo de la crónica el tesoro más humano, que aún nos bendice, como especie de Arca de Noé salvadora de nuestras esencias más puras.

De modo que espero que me inviten a la próxima cumbancha. Y que el portero vuelva a pararme porque ya, de verdad, no soy visita. Ahora me considero familiar allegado del telegrafista de Quemado y toda su descendencia; de un pueblo que, con el respeto erguido como los mismos güines de sus cañas, escucharon mi crónica y, luego, dejaron volar un aplauso unánime... Por supuesto que el aplauso no era para mí, sino para Enrique.

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