Los adoradores de Apophis

Autor:

Julio Martínez Molina

«Yo nada espero de los que nada esperan» es una frase carpenteriana que entronca bien con otro apotegma: «Quien no sea optimista, que ceda de antemano a todo propósito».

En esencia, la línea central de ambos va dirigida a la naturaleza del resultado y el éxito humanos, y a quienes sean capaces de llevar a su molino el agua de la buenaventura por el canal de riego del entusiasmo y el «manos a la obra».

En el afán de imponerse a la circunstancia está la base del equilibrio del triunfo; y eso lo sabemos bien en un proceso social como el nuestro, que ha hecho del optimismo su blasón y quiere desterrar de su vocabulario ese pesimismo que carcome y reduce, corroe empeños y desangra propósitos.

Una Revolución como la cubana está cincelada por el optimismo. Esto pueden comprenderlo incluso, algunos a los que, en determinado momento de sus vidas aquí, en este suelo, el pesimismo les jugó una mala pasada y les desdibujó las siluetas del futuro.

Martí decía que «los grandes pesimistas han sido seres desdichados y anormales, o nacidos o criados fuera de las condiciones naturales de la existencia. Una gran pena inmerecida, la negación brutal de su primera esperanza, los ha llevado a la negación de todo. Puesto que todo está envenenado por ella, todo está envenenado».

Psicólogo de almas, que también lo era, el Maestro trazaría el perfil de ese tipo humano que proyecta sus penas internas contra el rompeolas del aliento del soñador. Y abalanza su tsunami de amargura por la mínima brecha abierta en el dique de la esperanza individual o colectiva.

Ello puede contagiar a algunos hipocondríacos de espíritu e incluso enfermar del todo a otros. Por eso el mejor remedio es arrancar de cuajo a los pesimistas de tu vecindad, pese a que te ofrezcan el oro y el moro por tal de que gires en su órbita.

Fundar, crear, trabajar por ti y los tuyos; creer en algo y en la gente son las armas que los alejan, como el cocuyo de una casa iluminada. Aunque con el insecto solo comparten la negrura, pues no esparcen luz por ningún resquicio.

El pesimista de oficio cercena el estímulo, al tiempo que siembra la desazón cuando el contexto le propicia criar al microbio de la duda. Sacudirlo a ratos, igual que a las alfombras, no resulta ocioso.

Su mente, como diría Milton en su Paraíso perdido, «puede hacer del cielo un infierno», por más que le muestren las nubes. Algunos pesimistas son incurables; tanto que ni con fuertes antidepresivos pueden levantar su deprimida cerviz.

¡Non cecidit animus! (¡Que no decaiga el ánimo!), frase latina utilizada por los romanos para incitar a la lucha, no va con la especie. No hay claraboya posible de esperanza en sí, y creen a pies juntillas que Apophis chocará con la Tierra.

Apophis es un asteroide que tiene una posibilidad remota (1 en 30 000) de colisionar con nuestro planeta en 2036, según fuera difundido recientemente. El optimista, poseedor de una lógica de discernimiento asertiva, valora las 29 000 posibilidades a favor de los terrícolas.

Y este es el hombre que yergue el pendón de la firmeza sustentada en la confianza y la creencia —sin llegar al extremo de Pangloss, el eterno optimista del Cándido de Voltaire—, de que cualquier dificultad es salvable.

Su nervio y su fibra consolidan caminos, desbrozan de ceguera la visión del mañana. Levantan puentes de esperanzas sobre el agua y aguardan, convencidos, que Apophis se desintegre en la inmensidad cósmica.

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