Ojos que miran más allá

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Con amargura, como quien se ve obligado a tragarse una cucharada de palmacristi, los diarios estadounidenses reconocieron ayer que la victoria de Hugo Chávez había sido «aplastante», hija del éxito de los programas de atención a los pobres. «Chávez ha redireccionado el gasto público creando un conjunto de programas de bienestar social que benefician a los pobres», dice el New York Times. El Washington Post es más cauto: «con los precios del petróleo en récords históricos —afirma—, el gobierno chavista ha inyectado millones de dólares en programas de educación, salud y nutrición».

¿Quién nos diría que íbamos a amanecer con semejante confesión en los diarios que se han cansado de negarle a Chávez la sal y el agua? ¿Estará cambiando el vocabulario norteamericano, ahora que hasta el vocero del Departamento de Estado elogia al «pueblo venezolano por demostrar un firme compromiso con sus procesos constitucionales»? ¿Anda el mundo al revés?

No. Estamos asistiendo a graves mutaciones del mismo modelo que Norteamérica ha querido imponer, a las buenas o a las malas. Frente a los callejones sin salida del neoliberalismo, América Latina escapa no por la puerta que le asignó el Fondo Monetario Internacional, sino por otra bien distinta, y para colmo, revolucionaria. Con votos —como aparentemente gusta a los yanquis—, pero revolucionaria.

No se equivocaron ayer los diarios norteamericanos. Las elecciones venezolanas transparentaron la crisis profunda de la fórmula infalible de la desigualdad: tener o no tener. En Venezuela, este domingo, ganó una plataforma social que reparte mejor el acceso a la atención en salud y la educación y que tiene en cuenta al pobre en el gobierno. Ganó con amplísimo margen frente a las hipócritas promesas del candidato Manuel Rosales, el favorito de Estados Unidos, cuyo programa se sustentó fundamentalmente en la tarjeta de crédito «Mi negra» —se distribuyeron 2,5 millones—, que pretendía ofrecerles a los pobres una limosna para que vivieran el espejismo de ser clientes de los bancos privados. Por supuesto, la otra cara de la tarjeta era la privatización de lo que el gobierno de Chávez, por primera vez en la historia de ese país, ha ofrecido gratuitamente a millones de venezolanos.

El gran error de Rosales fue ofrecerles a los venezolanos un producto de marketing —la tarjeta, con su factura racista incluida—, como si la promesa sirviera para llevar milagrosamente a millones de pobres a los estándares de vida de Suiza, y como si ellos no tuvieran la capacidad de discernir por cabeza propia. Lo que decidió este domingo más del 61 por ciento de los electores fue que no quieren quimeras económicas, sino que se le permita a Venezuela ser lo que es, pero con decoro y sin hambre, con dignidad y sin un puñal en la garganta de los sempiternos excluidos de la renta petrolera.

Pero ojos que miran más allá ven más allá, como dice el viejo proverbio. Si los diarios norteamericanos pasaran por encima de sus prejuicios verían que estos pobres con salud y educación, con garantías de vida estables y seguras, quizá puedan salvar a los ricos que creen comprar al ser humano con tarjetas de crédito. Salvarlos del consumismo salvaje, del fundamentalismo del dinero, de la mezquina insolidaridad, de la frivolidad del no compromiso. Estas elecciones pacíficas y respetuosas del punto de vista político de cada ciudadano, demostraron además que es posible golpear los muros para romper el aislamiento y restablecer la comunicación entre lo mejor de los que tienen y lo mejor de los que nunca poseyeron nada. Nadie tiene por qué ser excluido. Repartir, señores del capital y de la prensa, no significa arrebatar.

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