El reino por una cabeza

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Cuando reapareció ya era hombre muerto. Lo sacaron de un escondrijo bajo tierra y nos lo mostraron en su perfecta indignidad. Era la cara de un derrotado, desaliñado y sucio, que se multiplicó súbitamente en las primeras planas de todos los periódicos, tal y como el Ejército norteamericano quería que apareciera: únicamente aquella cabeza de pelos largos y flechudos, suspendida sobre las diagonales de una cinta métrica.

Tuve la sensación de que Saddam Hussein era ya solo esa cabeza y que lo que no se veía en la fotografía era la mano y el cuerpo del cowboy que la alzaba, sangrante todavía, como trofeo de guerra. Se habría podido poner al pie de la imagen la respuesta de W. Bush a un periodista que le pidió una explicación por su rencor obsesivo hacia Saddam Hussein: «Él trató de matar a mi papá» (He tried to kill my dad). Pero era pedir demasiado a una prensa que celebraba entonces el tronar de los cañones, glorificaba las victorias de los buenos contra el malo de la película y desconectaba a propósito unos hechos de otros, para que el ciudadano de Idaho y de Kansas disfrutara el espectáculo por televisión, sin atragantarse con las rositas de maíz y sin remordimientos de conciencia.

El problema desde el principio para los norteamericanos fue que aquella cabeza hablaba todavía y repetía sin cesar el mismo estribillo: «Yo soy el presidente constitucional de Iraq». Para callarla definitivamente, armaron un tribunal que se parecía más al coro de las ánimas en el Purgatorio de Dante, que a una corte de justicia, imposible en la circunstancia de la ocupación de un país que no le hizo la guerra al agresor y cuyo Jefe de Estado, gustara o no a los interventores, era aquella cabeza parlante e incómoda, que les recordaba a cada minuto que la invasión a Iraq es ilegítima e ilegal.

Por obra y gracia de la venganza han convertido en un mártir a un hombre que indudablemente no era un santo, y cuya muerte definitiva fijará en la Historia uno de los actos más irresponsables y cobardes del imperio norteamericano en las horas finales de su caída. Aplica aquí perfectamente lo que dijo Joseph Fouché, el jefe de Policía y ministro del Interior de Napoleón, después que el canciller Talleyrand mandó a ejecutar a un enemigo político: «Haber matado a ese hombre es peor que un crimen; es un error». Cuando este domingo se anunciaba que la cifra de soldados muertos en Iraq ascendía a 3 000 y más de 20 000 heridos, no habían transcurrido 24 horas del ahorcamiento de Saddam Hussein, en una ceremonia de un morbo alucinante, con verdugos hiperquinéticos y gritería de circo romano puntualmente transmitida por televisión.

¿Dónde están los gobiernos escandalizados por semejante prueba de barbarie medieval? ¿Quién agitará en Ginebra para condenar a Estados Unidos? ¿Quién exigirá sanciones porque Estados Unidos ha violado hasta lo indecible el principio del Derecho internacional, que justifica una agresión solo si el país ha sido agredido previamente por otro? ¿Quién recordará ahora que Saddam jamás conspiró con Osama bin Laden, que no tenía armas de destrucción masiva y que no tuvo nada que ver con el 11 de Septiembre en Nueva York? ¿Quién se atreverá a llamar las cosas por su nombre? ¿Cuándo escucharemos decir alto y fuerte que de una invasión ilegal fluyen instituciones ilegales, tribunales ilegales, jueces ilegítimos y espurios procesos judiciales? ¿Cuándo nos enteraremos de que esta sentencia de muerte dictada ilegalmente, incluso mucho antes de que se armara el tribunal, no es una ejecución, sino un asesinato?

Mi reino, dijo Bush, por una cabeza. ¿Alguien se atreverá a preguntarle cuántas más necesitará levantar el emperador frente a su daddy?

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