Matemáticas

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

El Wall Street Journal explicó alguna vez la diferencia, en términos económicos, entre una vida estadounidense y la de los demás habitantes del planeta. El periódico hizo sus cálculos y estimó que la vida «americana» vale 500 000 dólares, y la comparó con la de un ciudadano de la India. Como el Producto Interno Bruto de este país es solo el 1,7 por ciento del PIB de Estados Unidos, se podía estimar que la vida del hindú valía apenas 8 500 dólares, lógica que te lleva a la conclusión de que se necesita matar a 59 hindúes para compensar la muerte de un ciudadano norteamericano.

Pues bien. La realidad está probando que esa cuenta andaba en lo cierto. Ayer, el Ministerio de Salud iraquí aseguraba que 17 000 civiles y policías iraquíes murieron en forma violenta en la segunda mitad de 2006, un número tres veces mayor que la cifra de muertos por causas violentas en ese país durante el primer semestre del año. Hay que tener en cuenta que son datos «oficiales», es decir, cernidos por la censura del ejército de ocupación, que todos los días tira al ruedo datos contradictorios y asépticos para que no nos enteremos de lo que en verdad está ocurriendo en ese país.

A veces, fragmentan en el tiempo la información para hacer de la muerte un hecho menos horrendo. Ayer, el número del Ministerio de Salud iraquí circuló junto con otra noticia no menos fúnebre. «Aparecieron» nuevas evidencias de la masacre de Estados Unidos en la localidad iraquí de Haditha en 2005. El Washington Post obtuvo un informe interno de las fuerzas armadas y fotografías que muestran a infantes de marina estadounidenses cuando mataban a tiros a cinco iraquíes desarmados que transitaban por allí, casualmente, después de la explosión de una bomba en el borde de la carretera en Haditha.

El líder del escuadrón, el sargento Frank Wuterich, les disparó a los hombres uno por uno, como a conejos, después que les ordenaron salir del taxi blanco en el que viajaban. Otro infante de marina vació su arma en los cadáveres que yacían en el piso. La matanza fue la primera de una serie ejecutada por los soldados norteamericanos en la mañana del 19 de noviembre de 2005. Al final del día, 24 civiles habían muerto, muchos de ellos mujeres y niños.

Antes de la matanza en Haditha, los muertos civiles de Iraq causados por Estados Unidos y sus aliados se calculaban en unos 100 000, según conservadoras cifras de Washington que no tenían en cuenta las bajas propinadas al terrorismo, resistencia, clandestinidad, guerrillas, defensores o soldados, a los que el periodismo práctico llama «de Saddam» para quitarles un principio de nacionalidad y demostrar que son una banda de asesinos al servicio de un loco, al que finalmente lograron colgar en la horca y convertirlo en algo peor: en un mártir.

No es ese tema de la guerra de mentiras el que importa ahora: es el de los ciudadanos amputados, famélicos y finalmente muertos que se esconden tras las cifras que cotidianamente nos tiran a la cabeza y que confirman aquel estudio del Wall Street Journal, según el cual tan poco valemos aquellos que no vivimos en Estados Unidos. Cifras, por cierto, que silencian el sonido de las explosiones, el silbido de los proyectiles y la luz de los incendios de los continuos «asaltos finales» de los marines a lo que llaman «santuario del terrorismo», pero que en las ciudades iraquíes, con sus habitantes que no han podido huir, llaman resistentes, patriotas, guerrilleros, independientes y hasta santos rebeldes.

No sé si Iraq pasará a los anales de las naciones mártires, como Vietnam: depende de qué idioma se hable, qué libro se lea, qué censor borre los recuerdos o qué general ensalce los suyos. Lo que sí sé es que la gente allí tiene un precio tan bajo que no alcanzarán a morir todos ellos junto a miles de soldados norteamericanos, para compensar lo que creen que valen ciertos halcones yanquis, con delirantes ambiciones y sin ningún remordimiento de conciencia.

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