Cómo añejar un milagro

Autor:

José Aurelio Paz

Cuenta Eduardo Galeano: «La palabra y el acto no se habían encontrado nunca. Cuando la palabra decía no, el acto decía sí. Cuando la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más. Un día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle. Como no se conocían, no se reconocieron. Como no se reconocieron, no se saludaron».

Mi primera profesión, al desmovilizarme del Servicio Militar, fue la de Normador del Trabajo. Tomé esa especialidad técnica cual opción más atractiva ante los únicos ofrecimientos laborales que recibí entonces: convertirme en obrero agrícola o en auxiliar de producción de la construcción, que traducido era algo así como un «alcanza-bloques» o un «mueve-mezcla».

Con la primera clase se abrió ante mis ojos un subyugante mundo casi de ciencia ficción. Mi tarea era como la de un fotógrafo científico. Realizar «fotografías» de cada puesto laboral, lo que a través de cálculos matemáticos, permitía conseguir que el trabajador fuera más eficiente y productivo a partir de la garantía de condiciones materiales adecuadas y de un diseño estructural que facilitara su faena... En teoría todo era perfecto.

Al mes de haber sido ubicado en la Empresa Porcina comencé a sufrir lo que un colega mío diagnosticó como «alucinaciones del desperfecto socialista» y me sentí como un mecánico de estaciones satelitales en una región donde apenas volaban aviones de la Segunda Guerra Mundial destinados a la fumigación.

Los obreros no tenían botas o el camión–tolva, donde se trasladaban los residuales de alimentos para alimentar los cerdos, carecía de gomas, y no era justo establecer una normativa que exigiera, al final, una productividad virtual en tanto los mínimos requerimientos no estaban garantizados.

Después de muchos años, pago a precio de oro por cada compañero de estudios que quede, intacto, en tan infructífera labor; a no ser que haya optado por el suicidio silencioso de transmutarse en un llena modelos, tras un acomodadizo buró, lejos de la utopía soñada sobre el pupitre por conseguir un país eficiente en su producción.

Uso este trozo de vida para hacer reflexionar sobre un asunto que atañe a todos ahora, y a algunos, obreros y funcionarios, asusta. La próxima implantación del tan discutido Reglamento Disciplinario Interno, aprobado en el más reciente congreso sindical, requerirá, como escribiera Neruda en uno de sus poemas, de la voluntad de voltear la mesa cuando se está infeliz en el trabajo y cuando «no se arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño». De lo contrario, el documento será pasto de la fugaz consigna que abortaría, una vez más, el nuevo aire que requiere el pecho del país para respirar de manera más limpia.

Claro que el empeño necesita de un elemento sustancial, no circunstancial como lo asumen algunos cuadros: la ejemplaridad. Habrá entonces que suprimir de los diccionarios laborales la acuñada frase de que «Cuando el gato no está en casa, los ratones...»

Así, algunas secretarias tendrán que renunciar a su obligado papel de cómplices cuando, ante un proceso tecnológico parado que requiere de una decisión urgente, reiteran la frase, descreída ya por el abuso, de que «el compañero director está para una reunión fuera». Expresión que sirve, a veces, de «madriguera oficial» a los irresponsables que no asumen su misión de ser cabeza y corazón de la Patria.

¿A qué debe temer el trabajador honrado que cumple con lo estatuido porque ama y se siente parte de lo que hace y logra? ¿A qué ha de temer el cuadro honrado que sostiene el pie en el estribo martiano y fidelista de la austeridad y la autoridad, con conciencia aglutinadora, y lejos de toda pose y mentalidad de reminiscencias feudales?

La aplicación de este reglamento, más que una medida coercitiva ha de convertirse en instrumento político de recapacitación social en la eficiencia con la que soñó el Che.

Es necesario, desde el comienzo, evitar la distorsión en el cristal de su aplicación para que la conciencia obrera logre, de verdad, navegar por vocación de esta Isla hacia ese otro mundo que proclamamos posible. Sería la mejor manera de añejar el milagro de nuestra economía porque, como también escribiera el poeta chileno «Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos (...) Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivos exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar».

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