¡Ay, Sófocles!

Autor:

Luis Luque Álvarez

Oye, pues el hombre no deja pasar ni una. Te haces el bobo y ¡zaz!, te quita el 50 por ciento de la estimulación...

—¡No me digas! ¿Es tan cuadra’o?

—Es una cuchilla, mi socio. Por eso, mira, ¡pa’llá, pa’llá!

Parecería un diálogo entre dos trabajadores que salen de una asamblea corriente. Siempre hay alguna insatisfacción, algo que comentar...

Sin embargo, el escenario era otro: la sala de Arte Egipcio del Museo Nacional de Bellas Artes. Y quienes tan alegremente intercambiaban no eran, por cierto, Anubis y Horus, sino dos cuidadores, que con sus exagerados ademanes, suplían lo que faltaba a la rigidez de las estatuillas funerarias.

Intentaba concentrarme, saborear esos 4 000 años que brotaban de la madera y de la piedra. Pero las cuitas salariales y otras anécdotas de los escandalosos me impedían sumergirme, y ya hubiera deseado que el Nilo se desbordara y los arrastrara consigo. De preferencia, hacia la zona donde más abundaran los cocodrilos...

Media hora después, admiraba las escenas de Dionisos, obsequiando su vino a los beodos —que también en Grecia los había—, y a los aurigas listos para azuzar los corceles que los llevarían a Troya o la recia Esparta.

Mas ¡sorpresa! Hasta allá arriba me persiguió la animada charla y las carcajadas de otros dos veladores, a los que se unió uno de la sala anterior. Miré desolado los ojos de un Sófocles de mármol, y tuve la sensación de que me compadecía: «Ay, mi’jo, imagínate que yo estoy aquí todos lo días. ¡Es como para ahogarse en el mar Egeo!».

Recuerdo que, de niños, una lectura nos advertía sobre cómo comportarnos en los museos. «Mírame, pero no me toques», expresaba un texto cuyo mensaje era: «Las manos detrás, para no tocar nada, y silencio, siempre en silencio».

Pues vaya si la lección me caló, que jamás he podido dejar de entrecruzar las manos a la espalda, inconscientemente, mientras deambulo por esos corredores de historia pura. Lo menos que puedo esperar es que otros de los que allí me rodean, cooperen, y mucho más si se trata de trabajadores del lugar. Es un museo, no la parada del M-5 en 23 y L.

No obstante, incluso en ese sitio se cuela el bullicio de personas que no saben —o no quieren— hacer la distinción entre solemnidad y rutina. ¿Será quizá que a algunos, de tanto ver esos preciosos objetos, ya les da lo mismo Ramsés II que Pancho el de la esquina de Toyo? ¿Tal vez esa voluminosa cabeza de Alejandro Magno, que tan curiosamente evoca al David posterior, se les antoja un trozo más de la columna en que se expone?

Digo «algunos» porque sería injusta cualquier generalización, y una golondrina, ya sabemos. La sonrisa amable, y el silencio necesario —¡ah, el silencio!— fueron la norma en el resto de las salas. Como es menester, sencillamente.

Queda esperar entonces algo más de conciencia de parte de los bulliciosos, y que sus supervisores, quienes deben vigilar por que no sucedan estos desaguisados, tengan más prestos el ojo y el oído. No puede ser que, en recinto de tan alta cultura, aquellos que acuden a la invitación que les han formulado los buenos libros, estén obligados a soportar una algarabía semejante.

Háganlo por nosotros, el público. Y por Sófocles, también tan aturdido...

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