Walsh

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Es una pena que no tengamos el don de la ubicuidad. Si así fuera, quizá no me sentiría tan frustrada en esta Feria Internacional del Libro, donde muchas cosas admirables suceden al mismo tiempo, sin que podamos estar aquí y allí a la vez.

Pero allí donde estamos este sábado cualquiera, puede aparecer en el programa, por ejemplo, un conversatorio sobre «Rodolfo Walsh, periodista, investigador y militante», en el que participan los escritores argentinos Lilia Ferreira —su última mujer—, el diputado Miguel Bonasso y Jorge Timossi, vicepresidente del Instituto Cubano del Libro.

Esta presentación de Walsh hala por sobre todas las demás. La razón es simple: él escribió ese clásico del reportaje Operación Masacre, y la Carta a mis amigos, que no puedo leer sin conmoverme, donde narra cómo murió su hija María Victoria en un enfrentamiento con los sicarios de la dictadura argentina en 1976. Cuando lograron entrar a donde ella se había defendido en camisón de dormir y con una metralleta que tomaba por primera vez en sus manos, encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres. «Vicki —escribió su padre— pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella».

Y por supuesto, Walsh es también el autor de la Carta de un escritor a la Junta Militar, obra maestra del periodismo e inmensa demostración de coraje, que como dice un poema de Mario Benedetti, hizo que «Rodolfo convirtiera la realidad en su obra maestra».

Lilia Ferreira, su mujer, ha contado aquí, en nuestra Feria, la otra parte de la historia que no conocía. Rodolfo terminó de escribir las copias de la Carta poco antes de la medianoche del 24 de marzo de 1977, que salieron al jardín, que el cielo estaba estrellado y Rodolfo le prometió ser el jardinero de ese campito que recorrían bajo la luna, que «va a ser un jardín criollo, las plantas mezcladas entre caminitos; no me gusta el parque inglés».

Pero —dice Lilia sin poder contener las lágrimas— «el día siguiente fue la tarde de su muerte». El Grupo de Tareas 3 de la Escuela de Mecánica de la Armada lo fue a buscar, lo asesinó en plena calle, pero ya él había dejado en un buzón los duplicados para diferentes medios y organismos argentinos e internacionales.

En Cuba, Walsh fue fundador de Prensa Latina e interceptó, por puro azar, el cable de inteligencia norteamericana que anunciaba la invasión de Playa Girón, en 1961. Gabriel García Márquez —recuerda en el panel Miguel Bonasso— también era miembro de Prensa Latina y contó los detalles de esta historia que el Nobel publicó poco después del asesinato de Rodolfo: «Jorge Masetti, había instalado en la agencia una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de tráfico comercial de la Tropical Cable» de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por cierto repudiaba en secreto sus antiguos cuentos policiales, se empeñó en descifrar el mensaje con ayuda de unos manuales de criptografía recreativa que compró en una librería de lance de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas horas insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no solo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscrito al personal de la embajada de Estados Unidos en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde empezaban a prepararse los reclutas: la hacienda Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala».

En otras palabras, si te pierdes por ahí en esta Feria del Libro, ojalá te encuentres a Rodolfo Walsh. Este hombre tiene muchísimo que decirte a través de quienes lo conocieron y a través de sus textos, donde hay todavía tanto por revelar. Descubrí, por ejemplo, que en su diario inventarió las cosas que amaba y que son las que cualquiera de nosotros defendería, incluyendo a su mujer que estuvo formidable en este homenaje:

«Las cosas que quiero: Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros».

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