Cátedras para callar

Autor:

Julio Martínez Molina

Cuando José Martínez Ruiz —conocido internacionalmente en el mundo intelectual como Azorín—, cumplió 93 años, se le hizo un breve aunque famoso cuestionario de cinco preguntas, al que contestó con 17 palabras.

La primera de las interrogantes era: ¿Cuál cree que es su mayor virtud?, ante la cual el interpelado respondió: «Saber escuchar». La tercera inquiría de este modo: ¿De qué se arrepiente en la vida? El gran creador español respondió entonces: «De haber sido locuaz».

Otra figura no menos cimera de nuestra lengua, Lope de Vega, sostuvo en frase célebre: «Si rey fuera, instituyera cátedras para enseñar a callar».

Cada día recuerdo a Lope de Vega y Azorín, ante la charlatanería y la verborrea innecesarias: en especial, al encender la radio o la televisión, y plantar oídos o cara frente a cualquier revista musical variada donde, lógicamente, los invitados a entrevistar constituyen el plato fuerte de la jornada.

Para ser honestos, existen personas que hablan con tal propiedad, o con una empatía comunicacional tal con los radioyentes o televidentes, que podríamos fácilmente olvidarnos de Vega y Azorín, y escucharlas por horas.

Sucede, sin embargo, que también ocurre lo contrario.

Es muy común recibir en dichos espacios cotidianas salvas de reiteraciones y, sobre todo, de palabras vacías que no pocas veces ocultan prepotencia y jactancia de personas que se olvidan de que la sencillez es una virtud vital.

Es increíble ver cómo cualquier joven de 17 años que ha formado un grupo musical —al cual nadie había oído mencionar antes— habla ante cámaras y micrófonos, con la mayor naturalidad del mundo, como si hubiera conquistado el Madison Square Garden.

Uno se encoge de hombros al recibir el bombardeo imparable de autopromoción: «Fui a tal sitio, deslumbré a tal gente, me firmaron tantos contratos, grabé no se cuántos CD y el éxito corría tras mis pies», son palabras comunes de estos adalides de la pirotecnia verbal.

Cuba es un hervidero de talento musical, y es cierto en ocasiones que talentosos jóvenes, egresados de nuestras prestigiosas escuelas de enseñanza artística, conquistan determinados espacios; pero en otras oportunidades hay mucho globo inflado.

Quizá todos los receptores no se percaten, pero quienes por necesidad del oficio rastreamos la noticia allende los mares, podemos comprobar que del superéxito mencionado la prensa local no sacó siquiera una pequeña nota.

La culpa, después de todo, no se la achaco tanto a ellos como a los conductores de los espacios que se lo permiten, y no hacen nada por parar el aluvión de ditirambos.

No tengo nada contra los magníficos comunicadores de nuestros medios —como me malentendió hace pocos días una lectora—; solo considero que los conductores de programas deben servir como dique a estos aguaceros de elogios. Ser cautos, y no fomentar en cambio lo aquí tratado. Tener en alta estima la jerarquía artística, y poder distinguir la cultura del artificio.

Sabedores como son de los temas que tocan, deberían tener en cuenta que la balanza del arte es la más justa de todas, y de paso recordarle a sus entrevistados lo que solía decir Quevedo: «la soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió».

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