Bla, bla, bla… en nuestros corazones

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Y le quiero mandar un saludo, de verdad, de verdad, a toda la gente linda que hizo posible este concierto», remató el cantante, todavía sudoroso y agitado por las cabriolas que debe hacer en un escenario todo aquel que se proponga poner a los jóvenes a mover el esqueleto.

«Gente linda, gente linda...». ¡Hum! ¿De quién estará hablando? ¿Acaso de escultóricas modelos de pasarela?

Pues no. Gente linda es cualquiera. Es decir, cualquiera de quien se pueda decir algo positivo, sea un elogio o una palabra de gratitud. Luego todos podemos hallar cabida en esa alegre manada de la «gente linda». ¡Incluido yo! Oh, gracias, sinceramente.

Sin embargo, el punto es que la frase no pretende significar nada de esto, sino solo llenar un vacío, apenas un abismito en el vocabulario de algunas personas, acostumbradas a lanzar, una tras otra, frases hechas, ladrillos cocidos en los mismos moldes, ininterrumpidamente.

Ciertos espacios de radio y TV suelen ser pródigos en este tipo de textos. ¿Qué me dicen de la expresión: «El aplauso de los presentes no se hizo esperar...»?

«No se hizo esperar». ¡Vaya «picuencia»!, y que la Real Academia me perdone la palabreja. Dondequiera se le va a uno la vida esperando, lo mismo en la parada de la guagua, que en una cómoda butaca de casa, bostezando mientras llega la solución para un trámite que alguna entidad debió gestionar desde hace décadas, siglos.

Y ahora se apea una voz televisiva diciendo que algo «no se hizo esperar». ¡Por favor! ¡Pero si esperar es mi mayor entretenimiento...! ¿No había algo más oportuno en el menú?

Otra perla hueca y cacofónica es la de «nuestros corazones», el sitio al que van a parar todas las personas que, o bien se marchan lejos, o bien parten de este mundo sin preocupaciones de equipaje. Sí, porque en cada ritual de alabanza al que se va, se repite la frasecilla: «... pero estará para siempre en nuestros corazones».

No importa que el sujeto sobre quien se lagrimea haya sido un burócrata redomado e indolente, o un hombre de trabajo y acción; un ser de manos abiertas o un egoísta de más de la marca. Esa palpitante víscera humana los recibe a todos sin distinción, por lo que temo que debe estar de bote en bote, como la ruta 20 desde el Cerro hasta Miramar.

Aprovecho entonces, ya que hablo de vísceras, para anotar que las mías se revuelven con cada una de estas expresiones falsas, lejanas al afecto e insultantes al intelecto. ¿No hay acaso mejores caminos por los que transitar, o valentía y habilidad para, con el verbo en la mano, como el segador se abre paso armado de una hoz, explorar formas de decir más originales?

Válgame entonces pedirle a la «gente linda», particularmente a la que se gana el pan en los medios de comunicación, que «no se haga esperar» en barrer de una vez la pobreza de tantos dichos calcados. Hoy, la lengua de aquel que dio vida al pintoresco caballero manchego «de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor», cuenta con más de 75 000 palabras. ¿Y vamos a emplear en todo momento las mismas? ¿«Lo mismo con lo mismo», como decía una de mis alumnas en una fiesta de la redundancia?

Variemos, amigos; variemos. Eso, si desean que los conservemos gratamente... «¡para siempre en nuestros corazones!».

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