El cotidiano arte de convivir

Autor:

Juan Morales Agüero

De todas las frases célebres dichas en cualquier época por las grandes personalidades de la historia, pocas, muy pocas han conseguido aglutinar en sí mismas tanta sabiduría como esta que se le atribuye al prócer mexicano Benito Juárez: «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz». Sintética y didáctica, apenas necesita el complemento de las explicaciones. ¡Hasta un niño de primaria captaría su mensaje!

La frase en cuestión fue pronunciada por el también llamado Benemérito de América en fecha tan distante como el 15 de julio del año 1867, ya con la República de México restaurada, durante un discurso ante el Congreso de la Unión, luego de que sus tropas derrotaran definitivamente al ejército de Maximiliano de Habsburgo para ponerle fin al Segundo Imperio Mexicano.

Al enunciarla, el azteca ilustre le transfirió a la humanidad una efectiva receta para consumar la convivencia. Con solo un puñado de palabras, enseñó cómo se puede coexistir en armonía aún en las circunstancias más difíciles. Si todos apeláramos a esta reflexión en algún momento, se evitarían montañas de incidentes en las relaciones interpersonales. Es sencillísimo de comprender: nadie cuenta con atribuciones para quebrantar los derechos de los demás.

Infinidad de ejemplos ratifican el alma de este pensamiento preciso como un postulado matemático. La embestida contra la jurisdicción del prójimo se desata lo mismo en el mostrador de una tienda que en el interior de un ómnibus. Lo peor —¿o lo mejor?— es que en tales situaciones el agredido no suele permanecer con los brazos cruzados o poner la otra mejilla. ¡Riposta con la palabra o con los puños! Entonces el equilibrio se va a bolina y estalla el incidente.

Los edificios multifamiliares figuran entre los sitios donde esto se aprecia con mayor reiteración. Aquí no se trata de domicilios independientes, dentro de los cuales sus dueños podrían hacer y deshacer amparándose en el cuestionable argumento de que «esta es mi casa y aquí hago lo que se me antoje». ¡No! Un edificio es una gran vivienda colectiva llamada a propiciar relaciones entre vecinos que se sustenten en el respeto mutuo. Y si eso no se consigue...

A ver, ¿qué derecho tienen lo vecinos de los altos de arrojar desperdicios hacia los pisos inferiores? ¿Y qué deber tiene los inquilinos de los bajos de tolerárselo? Es este un caso típico de irrespeto por las prerrogativas ajenas. Favorece y propicia el disgusto y la enemistad entre personas que deberían llevarse como familias. Obstaculiza y erosiona el sentido de la convivencia.

Los radios y las grabadoras a todo volumen en días y horarios inadecuados son también actos que atentan contra la estabilidad colectiva. No muestran consideración con sus vecinos quienes se acogen al criterio de «si molesta, peor para ellos». Eso es una declaración de guerra con todas las de la ley. De ahí a la discusión, al distanciamiento y al insulto no hay más que un paso.

Sublimar los derechos propios y minimizar los ajenos es una manera discriminatoria de practicar la convivencia. Hay que clamar por que lo de uno se respete, pero a partir de la observación de las atribuciones de los demás. A nadie se le puede exigir que sintonice su equipo de audio hasta niveles inaudibles. El musicómano sabe bien cuál es el nivel capaz de no molestar al vecindario.

La convivencia es un arte que debemos ejercitar todos los días tanto en público como en privado. Arte al fin, mantiene incólume su carácter polisémico para que cada cual la interprete a su voluntad. Es la garantía para llevar una vida feliz con quienes nos circundan. Cada vez que lo ponga en duda, recuerde las palabras del Benemérito de América: «El respeto al derecho ajeno es la paz».

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