Tirar la toalla a un criminal

Autor:

Lisván Lescaille Durand

Un terrorista anda suelto. Tiene domicilio y está al alcance de las cámaras de televisión para saber qué más trama. Su prontuario criminal no es un secreto para nadie. Se puede leer en periódicos, revistas o libros, e incluso consultar imágenes de programas de la tele norteamericana.

Aun así el hombre no es elegible para tal calificativo. Quienes dicen en el planeta quién es o no terrorista, piensan que el anciano es solo un pinocho al cual le crecerá la nariz por mentir acerca de cómo entró a los Estados Unidos.

Pero cuidado. Luis Posada Carriles vive bajo el manto protector no solo de Bush, la Casa Blanca y el Departamento de Justicia —uno para todos y todos para uno—. A este criminal lo edulcoran con eufemismos, calificativos con tintes de heroicidad y entrecomillados de la manipulación, los representantes de la «gran prensa libre», que se ocupa de etiquetar a cada quien, según la democracia de quienes pretenden gobernar a cañonazos el mundo.

Entonces el que sin escrúpulos planeó y reconoció el atentado con bombas contra un avión civil cubano, en el que murieron 73 inocentes en aguas de Barbados, en 1976, es para decenas de miles de lectores, internautas, oyentes y televidentes «el exiliado anticastrista», para más roña, «de origen cubano».

De tal forma, alguien sediento de sangre, no solo cubana sino también chilena, norteamericana, venezolana..., a quien se le puede probar su conocimiento sobre el atentado dinamitero que mató al ex canciller de Chile Orlando Letelier y a su secretaria estadounidense Ronnie Moffitt, pasa ante los ojos y oídos del mundo como «un combatiente... de línea dura contra el régimen de Fidel Castro».

Ya en el paroxismo de la indecencia y la profanación de la historia, llega hasta el gran público la idea de que el criminal, quien se escapó de una cárcel venezolana —país con el derecho de juzgarlo por numerosos actos criminales— como «un luchador por la democracia y la libertad en Cuba», comparable, a juzgar por los calificativos de cierta prensa, con un Martí o Maceo de estos tiempos.

En realidad es un activo militante de la siniestra Operación Cóndor, el hombre que planeó la detonación de bombas en hoteles de La Habana, e intentó matar a miles de jóvenes en el Paraninfo de la universidad de la capital panameña, en su cacería terrorista del presidente cubano, entre otro rosario de huellas asesinas, cuyo cuento completo llenaría una enciclopedia criminal.

Para colmo, despachos publicados por estos días, en que se levantan millones de voces clamando justicia, tienen la insensatez de entrecomillar la palabra «indignación», como si ese sentimiento estuviera en duda. Tal y como en ocasiones vacilan al calificar al asesino como «el presunto terrorista».

Ofenden. Duelen profundamente esas toallas que determinada prensa «objetiva» y «democrática» le tira a Posada Carriles para cubrir su baño de sangre, en franca alineación con la doctrina selectiva y discriminatoria de Bush contra el terrorismo.

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