Bush, experto constructor de muros

Autor:

Juana Carrasco Martín

Entre los bloques de la barrera sectaria pasa un niño iraquí. Foto: Antiwar

Mira que criticaron el muro de Berlín, pero parece que las murallas se ponen de moda. Israel hace rato que levanta uno para el apartheid de los palestinos. La administración estadounidense refuerza y duplica el que tiene en su frontera sur, para impedir que lleguen los inmigrantes no deseados desde la América Latina; y ahora George W. Bush y su gente en el Pentágono han tenido la infeliz idea de comenzar la construcción de otra mole de concreto alrededor de un distrito sunnita de Bagdad para impulsar la división sectaria del pueblo iraquí.

El valladar demuestra dos cosas: la intención de Washington de desmembrar a Iraq, balcanizarlo, en aras de una más fácil absorción de las riquezas de ese país, e impedir a toda costa una unión que haría más efectiva la resistencia a la ocupación; y la falacia de una supuesta entrega del gobierno a los iraquíes, ya que EE.UU. ha hecho caso omiso a la petición para detener la obra que les hiciera el primer ministro Nuri al-Maliki, quien se opone al maquiavélico plan de convertir el distrito de Adhamiya en un ghetto, y a la extensión de ese proyecto a otros barrios de Bagdad.

El muro se presenta como un intento de frenar la circulación entre un vecindario y otro de la capital y con ello cimentar una operación de seguridad que impida el auge de las acciones de la resistencia y de la violencia confesional. Sin embargo, otra tapia edificada para rodear y asegurar la Zona Verde de Bagdad —sede de los palacetes del gobierno y de las embajadas de Estados Unidos y Gran Bretaña—, no ha impedido que suenen allí los morterazos o las bombas-suicidas...

Sin embargo, los ánimos se caldean, y miles de airados vecinos de Adhamiya —incluidos mujeres y niños— recorrieron este martes sus calles en protesta contra la que ya nombran la «barrera sectaria», mientras que las tropas estadounidenses y los contratistas que lo edifican le llaman «la Gran Muralla de Adhamiya». Tampoco ha sido bienvenido el valladar entre los chiitas que quedarán al otro lado, los que coinciden en que profundizará las diferencias y no ayudará en lo absoluto a la tan necesaria reconciliación.

El paredón de Adhamiya comenzó a levantarse con alevosía y nocturnidad el pasado 10 de abril. Una unidad de paracaidistas estadounidenses de Camp Taji, situado a unos 30 kilómetros al norte de Bagdad, transportaron las barreras de concreto que pesan cada una 6 300 kilógramos y tienen una altura de 3,60 metros. Las grúas trabajan cada noche protegidas por tanques y según el vocero militar del gobierno iraquí, Qassem Atta, construcciones similares deben realizarse en Rasafa y Karakh, zonas también de concentración sunnita al oeste del río Tigris.

Tras cuatro años de ocupación, más de 600 000 iraquíes muertos según algunos cálculos, 18 000 detenidos en las cárceles que regentea EE.UU., y la existencia de una crisis humanitaria de consecuencias impredecibles como ha revelado por estos días un informe oficial de Naciones Unidas, ahora se disponen a convertir a todo un distrito en prisión, y puede hacer metástasis en otras diez áreas —dato publicado por The Washington Post—, sofocando más aún al pueblo iraquí.

Por añadidura, Democracy Now reveló que las fuerzas estadounidenses se proponen emplear tecnología biométrica para controlar a los residentes de Bagdad, y ya las tropas ocupantes están censando a los vecinos, grabando sus huellas digitales y escaneando sus retinas en un monitoreo absoluto.

Aunque no quieran admitirlo, la desmoralización ante una derrota a ojos vista, dicta medidas desesperadas que tampoco le llevarán a la «misión cumplida».

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