No hay terroristas buenos

Autor:

Juventud Rebelde

Margarita junto a una fotografía de su papá en una vigilia en La Habana la pasada semana. El jueves salió en libertad condicional Luis Posada Carriles. He visto por la televisión, horrorizada, las imágenes de este hombre caminando, libremente, por una calle de Miami y he sentido como si volvieran a darme la noticia de la muerte de mi padre.

Mi papá, Luis Alfredo Morales Viego, era uno de los 73 pasajeros del avión de Cubana, que se precipitó al mar frente a las costas de Barbados el 6 de octubre de 1976. Dos bombas de C-4 estallaron dentro del avión. Posada Carriles fue uno de los que organizó y pagó a los autores materiales del atentado, y cuando esto ocurrió, mi padre tenía 45 años y era el director técnico del equipo juvenil de esgrima de Cuba.

Ese 6 de octubre, mi mamá, mi hermana de 13 años y yo, de 14, lo esperamos inútilmente en La Habana. Fue terrible saber que no llegaría nunca y fue más terrible aún descubrir cómo murió. Según los especialistas, puede que la mayoría de las 73 personas que quedaron atrapadas en el avión sin escapatoria posible sobrevivieran al menos cinco minutos antes de que el avión cayera al mar y vieran a algunos de sus compañeros destrozados instantáneamente por la explosión y las llamas que provocó la primera bomba.

Luego nos enteraríamos de otros detalles siniestros: mi padre había servido de traductor en Trinidad a los dos autores materiales del atentado, Hernán Ricardo y Fredy Lugo. Ellos habían volado desde Caracas hasta Trinidad y querían viajar a Barbados, expresamente en el avión de Cubana, pero no sabían hablar en inglés y no se entendían con el funcionario que vendía los boletos. Mi padre los ayudó amablemente, sin saber que estaba auxiliando a sus propios asesinos. Esta historia quedó registrada en las actas del juicio que se les siguió en Caracas y la narraron tanto Charles Murray, el asistente de tráfico de la BWIA, en el Aeropuerto de Piarco, que vendió los boletos, como los dos terroristas, Lugo y Ricardo. Ellos le dijeron a la policía trinitaria que eran empleados de Luis Posada Carriles. Confesaron que habían puesto las bombas.

Ver el rostro sonriente de este verdugo, disfrutando la protección de la Casa Blanca que se ha negado a juzgarlo por sus crímenes y tácitamente lo ha liberado, trae a mi memoria las lágrimas de mi madre que murió sin tener al menos el consuelo de que se hubiera hecho justicia. Me devuelve 30 años de dolor de mi familia y de una familia mayor, la de los hijos, padres y esposos de aquellos que murieron el 6 de octubre de 1976 y que formamos el Comité de Familiares de las víctimas de la voladura del avión de Cubana. Nos hemos unido, no para exigir venganza, sino para reclamar justicia, para nosotros y para todas las víctimas del terrorismo.

No hay víctimas de primera o de segunda clase. No hay terroristas buenos y terroristas malos. Quien haya perdido a un ser querido por el simple hecho de «estar en el lugar y el momento equivocado», como dijo el propio Posada Carriles al New York Times en 1998 cuando confesó ser el responsable de las bombas en los hoteles de La Habana, sabe lo que estoy sintiendo cuando veo en la televisión la impunidad del terror, que es lo que significa para mí la expresión victoriosa de Luis Posada Carriles.

Es una vergüenza que este asesino salga a la calle justo cuando el pueblo estadounidense sufre por la muerte de los estudiantes y profesores inocentes de Virginia Tech. La Casa Blanca aprovechó esta desgracia para invisibilizar la libertad de este terrorista, y cínicamente ha traficado con el dolor del pueblo nor-

teamericano y con nuestro dolor, que se extiende por más de 30 años.

No se puede callar esta infamia. No pido nada que no esté contemplado en las leyes de los Estados Unidos. Pido justicia.

Fragmentos de la carta que en versión en inglés apareció el 30 de abril de 2007 en The Miami Herald

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