Desnudos para el emperador

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

«El traje nuevo del emperador», el archiconocido cuento de Hans Christian Andersen, tiene probablemente más versiones que años de publicado. De hecho el que hoy conocemos tal y como lo escribió el poeta danés parece ser una versión de una fábula incluida, cinco siglos antes de Andersen, en la antología El Conde Lucanor, y ya desde entonces contenía la mejor parábola sobre lo políticamente correcto con la que uno podría tropezarse: el mejor y más afinado diagnóstico sobre la estupidez, la mentira y la infamia gregaria del mundo en que vivimos.

Supongo que recuerdan la historia. Dos pícaros convencen al emperador de que pueden tejerle un traje con una tela maravillosa, que solo verán los inteligentes, pero que para los tontos será absolutamente invisible. Durante la confección, los ministros y personalidades que asisten al evento no ven la tela, por supuesto, pues tal tela no existe; pero para que nadie los tome por tontos fingen admirarla como algo exquisito y de confección soberbia. El propio emperador, que no ve ni papa —«¿Seré idiota, o es que no sirvo para emperador?», se pregunta—, permite que le hagan pruebas con toda candidez, y mientras los dos estafadores hacen el paripé de probarle esto y coserle aquello, el muy hipócrita admira ante el espejo las supuestas vestiduras, alabándolas con entusiasmo, y recompensa generosamente a los sastres falsos. Por fin, el día del estreno del traje nuevo, el emperador sale a la calle en solemne procesión, llevándole la cola los cortesanos y adulones de plantilla, y todos los súbditos, faltaría más, por aquello de qué dirán y el no vayan a creer que yo, etcétera, se deshacen en elogios y alabanzas del traje, poniéndolo de sublime para arriba, sin que nadie se atreva a reconocer que no ve nada. Hasta que, por fin, un niño inocente se «parte» de risa y grita que el emperador va desnudo.

Pues bien, la nueva versión del cuento no pertenece al mundo de la fantasía, sino de la realidad monda y lironda, y podría llamarse «La venganza del emperador vestido». Leo entre tanta noticia intrascendente que no nos dejan ver por exceso, que el aeropuerto de Phoenix es el primero de Estados Unidos que está probando una tecnología de rayos X que permite observar a través de la ropa de las personas y muestra en una pantalla digital a la gente tal y como fue traída al mundo. Literalmente, en cueros y con las manos en los bolsillos, mientras los cientos de miles de observados deambulan por los pasillos de una terminal aérea convencidos de que van correctamente vestidos.

La máquina está siendo probada ahora mismo en un punto de inspección de la terminal más grande de Sky Harbor, donde se encuentran las aerolíneas US Airways y Southwest Airlines, las de mayor tráfico de Phoenix, y se espera que antes de que finalice el año existan otras similares en Los Angeles y en el aeropuerto Kennedy, de Nueva York.

«La máquina no podrá guardar las imágenes ni transmitirlas, y el guardia de seguridad que trabaja con el pasajero durante la inspección no podrá ver lo que recoge el equipo, operado por otro policía a 50 pies de distancia», afirma el vocero de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), Nico Melendez.

Pero los defensores de los derechos civiles aseguran que las imágenes de alta resolución creadas por la tecnología backscatter son el colmo de la invasión de la privacidad, en un país que está creando en sus laboratorios todo tipo de artilugio para controlar y espiar a los ciudadanos, que van desde estos aparatos vouyeristas que ponen en escena a una sociedad de mirones, hasta la capacidad técnica para procesar los 9 billones de mensajes electrónicos que circulan en Estados Unidos cada año a través de internet, sin descontar las máquinas que registran el iris de los ojos —nuevo pasaporte en algunos aeropuertos— y otras que son capaces de interpretar qué está escribiendo quién, por el sonido de las teclas de su computadora (este microchip ya se prueba en una universidad de Berkeley).

Como si fuera consciente de que para su supervivencia necesitara abarcar con la mirada todo lo que a su alrededor acontece, el emperador no repara en gastos a la hora de invertir en la investigación y el desarrollo de nuevas técnicas aplicadas al perfeccionamiento de la vigilancia. No hay posibilidades de que un niño pase y se ría. La inocencia está descontada y todos tendrán que pagarle la humillación al déspota del cuento, con su desnudez física y con su mansedumbre mental.

La venganza del emperador, en esta versión posmoderna, es esa: ante él todos estaremos desnudos.

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