Cultura y desarrollo en la pecera digital

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Las redes alternativas están heridas de muerte y no lo saben. Algunas se han volatilizado, otras siguen extendiéndose con más o menos suerte, la mayoría ni siquiera ha nacido. Al margen de los movimientos sociales que se articulan en internet y que rara vez meditan sobre el espacio que les ha permitido asociaciones e interacciones imposibles antes de la era digital, están terminados los planos de la gran burbuja en la que nos meterán a todos. Los ejes de esta burbuja ya han comenzado a levantarse ante nuestros ojos, con mínimas y disgregadas resistencias.

La reflexión viene a cuenta del Congreso Internacional Cultura y Desarrollo, que comenzó ayer en La Habana y que está debatiendo entre otros temas el de las redes globales, producción y diversidad cultural. La discusión es de primerísimo orden, aunque el asunto nos parezca alejado de nuestra cotidianidad, ciencia ficción, fantasía al estilo de La guerra de las galaxias y ET.

Que usemos directamente o no las nuevas tecnologías, no significa que no vivamos ya en la era de internet, donde la creación cultural se está convirtiendo, cada vez más rápidamente, en la forma dominante de actividad económica del planeta. En otras palabras, quien imponga las reglas entre la cultura y estas tecnologías, tendrá el control del mundo.

La puja por controlar la Red y convertirla en un espacio privado de las transnacionales de la información y de las telecomunicaciones, se ha convertido en una de las batallas fundamentales de nuestros tiempos, en la que Estados Unidos lleva la voz cantante. Cada día más el ciberespacio se va pareciendo a una pecera blindada en el medio del mar. La población que está dentro del estanque crece un 40 por ciento cada año, pero la previsión de las transnacionales es que el territorio donde se hacinará la mayoría de los usuarios no aumentará demasiado y si crece el número de navegantes, mejor. Quien quiera desplazarse con mayor comodidad e incluso navegar a mar abierto, tendrá que pagarlo a precio de oro. Quien intente salirse del estanque por su cuenta y riesgo, será detectado a través del cristal que limita la pecera, pescado por los policías y llevado ante los tribunales. Quien tenga la ocurrencia de intentar el cambio de la corriente en el estanque y liberar las barreras, será detectado inmediatamente y eliminado, física o digitalmente, que en cierto modo es lo mismo.

Por ignorancia, por prejuicios, porque hemos llegado con retraso a las nuevas tecnologías, y sus proveedores nos excluyen, y porque muchos utilizamos la computadora solo como una máquina de escribir moderna, es muy común en el ámbito de la izquierda latinoamericana la subestimación del cambio que supone la internet como instrumento principal de la llamada nueva economía y de la comunicación y las relaciones entre los seres humanos.

El cambio sustantivo no es, como piensan muchos, la aparición de un medio de comunicación replicante, que se añade a la lista conocida: prensa, cine, radio y televisión. De hecho la internet es un ajiaco de todos ellos, más el teléfono, la agenda, el lápiz, la sala de juegos, los anaqueles de las tiendas, el parte meteorológico directo desde el satélite, el boleto del tren y del teatro, innumerables productos culturales y la apabullante mutación de buena parte de los instrumentos conocidos. La convergencia es irreversible y abrumadora, particularmente para quienes siguen apelando a un modelo de articulación política vertical, incapaz de reconocer el modo en que las luchas contemporáneas alcanzan hoy trascendencia global.

Hace unos días el cineasta argentino Tristán Bauer, quien dirige la televisora estatal Encuentro e hizo en Caracas una defensa de la llamada webtv como modelo de televisión para nuestros países, me contaba que la transnacional Sony ha decidido comprar los derechos de los grandes clásicos del cine y de la televisión, para producir cortos de 6 minutos que puedan ser vistos a través de los celulares. Él le preguntó a un ejecutivo cómo iban a resolver la calidad de la transmisión en una pantalla tan pequeña. El hombre sacó su móvil, apretó una tecla y el teléfono se convirtió en un proyector que amplificó la imagen al tamaño deseado.

Mientras se sigue pontificando sobre el valor per se de los medios por separado, las audiencias se están integrando sin grandes traumas. De acuerdo con investigaciones de la Asociación Mundial de Diarios, los diarios son leídos por más personas desde que tienen sus versiones en internet. Si se tiene en cuenta que cada mañana hay 1 400 millones de personas en el mundo que leen un diario impreso y que el 80 por ciento de ellos tienen versiones digitales, el incremento de los lectores es exponencial. Cada 18 meses aparece una nueva herramienta digital que revoluciona otras similares o sacude a la Red. Se ha disparado de tal modo la radio en internet que hoy existen más programas radiales en la web que oyentes.

Pero esta no es la gran novedad de la era digital, sino el comienzo de la madurez del medio tecnológico central de un mundo que se está estructurando a marcha forzada en torno a las relaciones de acceso, donde convergen todos los caminos de la producción, el mercado y las finanzas; un mundo que está engendrando un nuevo tipo de ser humano y, por tanto, un nuevo tipo de sociedad.

¿Cuáles son los retos y las alternativas? ¿Internet y diversidad cultural, realidad o quimera? ¿Pueden las luchas de hoy ser lo suficientemente masivas y cualitativamente incisivas para desestabilizar al imperio? Las preguntas se las traen. Veremos qué nos dice este nuevo encuentro en La Habana.

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