¡Por favor, sentido común!

Autor:

Juan Morales Agüero

Los cubanos, tan propensos a acuñar términos extravagantes, le dimos desde hace rato luz verde a uno que comparte nuestra cotidianidad a la manera de un pariente cercano: cuentapropista.

Su utilización se ha extendido por la geografía de la Isla con inusitada rapidez y aceptación. Tantas, que hasta el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua —proverbialmente severo y puritano a la hora de las bienvenidas— lo incluyó sin titubeos en su última edición.

Más allá de la connotación semántica del asunto, una buena cantidad de cuentapropistas piensa que, como mismo se inventó el vocablo para denominarlos en el contexto cubano actual, ellos pueden, a su vez, inventar alternativas para embolsillarse la mayor cantidad de dinero posible.

«No tienen cultura de comerciantes», los justifica un amigo. «No tienen sentido común», le replico yo. Y, acto seguido, le expongo una retahíla de ejemplos que no admiten ni siquiera una objeción.

Comienzo por los bocaditos de cerdo asado. Realmente, muchos de los vendedores que comercian con este apetitoso y cubanísimo producto en toda Cuba no ofertan a sus clientes pan con lechón, sino pan con picadillo de lechón, que no es lo mismo. Hacen así con el cuchillo tan tan tan..., tan tan tan..., y picotean carne, tendones, piel, huesos, lengua... ¡Hasta la bandeja la triturarían ellos si les dejara alguna ganancia al final de la jornada!

La cantidad de producto que colocan dentro del pan es harina de otro costal. Suele resultar tan exigua que las papilas gustativas apenas si alcanzan a atrapar el sabor del emparedado. Eso a pesar de que se exhiben llenitos, rebosantes, casi a punto de reventar de tanta carne en puja por trascender los límites del pan.

¡Pura ilusión óptica! Ya la gente casi ni repara en tal artificio, pero cinco pesos puede ser en un momento dado bastante dinero para quienes vivimos del salario. Claro, cada cual hace con su capital lo que mejor le parezca.

Hay más. Si a ese mismo vendedor que comenzó su oferta de bocaditos de lechón asado a las nueve de la mañana se le pretende comprar uno a las nueve de la noche, se constatará que no le ha rebajado al precio ni siquiera 50 centavos. Y que nadie intente convencerlo de que ya el pan no está igual de suave y que la carne perdió su frescura matutina, porque jamás lo conseguirá. El susodicho preferirá siempre retornar a casa con su carga de emparedados sin vender antes que permitirse rebajarle al precio siquiera una peseta.

El comúnmente aceptado principio de la venta al por mayor no lo conocen y mucho menos lo aplican. La lógica del mercado aconseja realizar descuentos a quien compre a la vez varias unidades de un producto. Y hacer rebajas razonables cuando un comprador la propone. Eso, desde la perspectiva del cliente, se llama regateo, y sabiduría por parte del vendedor sagaz. ¿Importa «perder» un peso si con ello se favorece la salida de un buen volumen de mercancía en una sola operación? ¿Acaso no se gana siempre en este tipo de transacciones por cuenta propia? Quienes soslayan esta verdad de Perogrullo no se percatan de que el comercio es más arte que ciencia.

Ocurre que algunos cuentapropistas no se contentan con ganar todos los días cien pesos limpios de polvo y paja. ¡Quieren ganar mil! Y, por cierto, eso no es exclusivo de los vendedores de pan con lechón. También proceden así quienes ofertan viandas, hortalizas, sazones, frutas, comida... ¿Tozudez? ¿Ignorancia? ¿Codicia? ¡De todo hay en la viña del Señor! Pierden por intentar ganar a ultranza. Aquí, como en el ajedrez, quien fuerza posiciones suele resultar derrotado.

Me recuerdan al mendigo aquel a quien se le apareció una mañana La Fortuna con su cuerno lleno de oro. «Échame un poco de tu oro en mi morral», le suplicó el infeliz. La Fortuna accedió con una condición: «Si se te cae al suelo una sola pepita, todo lo que te dé se convertirá en polvo». El hombre aceptó. Solo que, ya con suficiente oro en el saco, pedía siempre un poco más, un poco más... Finalmente, el morral estalló de tanto peso y toda su carga dorada desapareció.

La ambición casi siempre encuentra un final parecido. «La avaricia rompe el saco», reza un aforismo. No sé por qué, pero, para mucha gente, el sentido común es el menos común de los sentidos.

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