Esperando el Yutong

Autor:

Luis Luque Álvarez

Miraba el reloj con frecuencia. El calor es buen argumento para querer tumbarse de una vez en el cómodo asiento del ómnibus. Y en su atmósfera refrigerada. «¡Uf! —me abanicaba con un periódico—, ¿cuándo llamarán?».

Mis prisas se multiplicaban gracias a las singulares condiciones del lugar en que me hallaba: la estación de ómnibus interprovinciales de Pinar del Río. Si desde la sala de espera —donde aguardaba la partida de la guagua hacia La Habana— mis ojos no alcanzaran a ver los modernos Yutong, la imaginación me hubiera dado para pensar que me encontraba varado en la desvencijada estación de trenes de un pueblito garciamarquino.

Pero sucede que estaba bien despierto. Veo con espejuelos —y sin ellos—, y no me dio «la lista con el billete» cuando comparé ambas realidades: los vehículos, excelentes; los horarios de salida, puntualmente cumplidos. ¿Cómo es posible que, mientras espero, deba estar sentado en este trocito de purgatorio?

No me ahorro la descripción del sitio, y empiezo por abajo, literalmente: el piso, en magníficas condiciones para la siembra de cualquier hortaliza. Aunque las latas vacías dispersas por las esquinas, y algunos papeles dejados «al descuido» o caídos de los ceniceros repletos, entorpecerían la cosecha.

No abundaré en el ambiente irrespirable que delataba la cercanía de un baño, de esos que hacen exclamar: «¡Está como el de la terminal de ómnibus!», pues precisamente ¡allí estábamos!

Sí me detengo brevemente en el mobiliario: butacas destrozadas, cuyos forros de vinil rojo parecían desgarrados por fieras de circo hacía décadas. El relleno de muchas de ellas no existía, como tampoco el espaldar de algunas. Y es en semejantes asientos, justamente, donde el viajero debe reposar el nalgatorio —para cualquier queja, ver a Carpentier— si desea no alimentar su escoliosis bajo el peso del equipaje...

Conclusión: cuando llegó el glorioso momento de abordar, respiré complacido como el que arriba a una meta, y la dulce melodía en el interior del vehículo —«¡laj mujere son mala, son mala!; ¡laj mujere ‘tán loca, ‘tán loca!»— se quedó con las ganas de sacarme de quicio.

Hasta el momento, no hallo una fórmula que me pueda ofrecer lógica razón del tan agudo abandono de ese lugar, al que lo mismo acuden pasajeros nacionales, ansiosos por abordar las guaguas rotuladas con las siglas ASTRO, que foráneos con reservaciones en los Viazul. Por fortuna, la calidad del trayecto para ambos grupos será de primera, y por desgracia, todos habrán de sufrir la misma penosa estancia en la sala de espera.

Y se me hace aun más difícil comprender la causa de ese abandono, cuando de mi bolsillo salen veloces, en la oficina de reservación, los 35 pesos del pasaje. A fin de cuentas, las frazadas de piso y unas butacas decentes, dignas, sin damascos ni terciopelos, las habrá cerca, de seguro a un costo que una empresa podrá pagar...

Porque los viajeros se merecen un mejor sitio donde puedan sentirse a gusto. Y porque estos, ahora mismito, están pagando un servicio que necesariamente debería tener calidad en todas sus etapas. ¡No solo a bordo del Yutong!

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