7 de Noviembre - Opinión

7 de Noviembre

Autor:

Armando Hart Dávalos
La desaparición de la Unión Soviética en diciembre de 1991 no disminuyó, en modo alguno, el carácter trascendental de la Revolución que le dio vida hace ahora 90 años. Fue precisamente el 7 de noviembre de 1917 —correspondiente a octubre según el viejo calendario gregoriano— que los bolcheviques iniciaran la más grande revolución social del siglo XX.

Las heroicas jornadas de octubre —como las describió el periodista norteamericano John Reed— estremecieron al mundo. Se abrió una nueva época para la humanidad. Ningún hecho posterior puede opacar la grandeza de los bolcheviques rusos.

Tras el desenlace dramático del sistema soviético, para destacar el significado de aquellos sucesos y la validez de las ideas en nombre de las cuales se llevaron a cabo, se requiere un examen, desde la óptica del pensamiento de Marx y Lenin, de la muy compleja trama histórica que comenzó a gestarse entonces. Hasta hoy, los análisis han sido realizados, en lo fundamental, por los enemigos del socialismo y por los que han abandonado las ideas del marxismo, de forma fragmentada, parcial e incompleta. La historia, enfocada de esta manera, arroja resultados perjudiciales a las más nobles y justas aspiraciones de los explotados y de la humanidad en su conjunto.

Sobre el presupuesto real de que la interpretación marxista de la sociedad se transformó en un rígido esquema, se niegan las posibilidades de elaborar un análisis científico de la historia y, por ende, de las raíces del desastre.

Sin embargo, en el sentido más profundo de lo que ocurrió en 1917 hay una clave maestra para el análisis de la realidad de nuestros días. Desapareció la Unión Soviética, pero no las situaciones económicas y sociales que generaron aquel vasto movimiento de clases sociales y pueblos explotados.

En lo que se llamó Tercer Mundo e, incluso, en el seno de los países capitalistas desarrollados, está presente, en forma ampliada, la combinación explosiva que originó la revolución social de 1917; es decir: crecimiento económico burgués (anárquico por naturaleza), incremento progresivo de la pobreza e injusticia social y presencia de círculos intelectuales de alta cultura política y filosófica. Se están creando situaciones de hacinamiento que prefiguran conflictos sociales de extrema gravedad.

Con las modernas facilidades de comunicaciones y de relaciones sociales y humanas, los movimientos migratorios están complejizando tales problemas. Se desborda por todos los poros de la vida económica, social y política universal lo que caracterizamos como explosión del desorden que, incluso, ya está afectando, de manera creciente, la ecología y la atmósfera. Esta es la verdadera «postmodernidad».

Nadie nos puede inventar historias sobre lo sucedido. Las hemos vivido desde la perspectiva de la izquierda revolucionaria, antiimperialista y socialista, que es la forma más profunda de llegar a conclusiones sobre estos procesos. Y aún de esta manera no resulta sencillo hacerlo. Sin embargo, hay conclusiones que son bien evidentes.

•La primera, las hazañas de 1917 y de los años en que Lenin tuvo la conducción del proceso constituyen hitos de valor ejemplar e imperecedero en la lucha de los pueblos por la conquista de la libertad.

•La segunda, durante años y décadas, los comunistas y el pueblo de la URSS libraron batallas colosales y alcanzaron, en los campos económico, social, político, cultural y militar, avances prodigiosos. En relativamente corto tiempo histórico, convirtieron al empobrecido y explotado país que heredaron en una potencia mundial de primer orden.

•En tercer lugar, por diversas razones, el proceso se desvió de su ruta inicial, se produjo una grave descomposición y tuvieron lugar errores y horrores que la historia no puede pasar por alto. De esta circunstancia se aprovechó el enemigo para realizar su labor de zapa; pero sería atribuirle demasiado poder afirmar que la razón fundamental del desastre estuvo en la acción imperialista. Es evidente que la esencia de la tragedia se halla en factores internos del proceso soviético.

Lo ocurrido de 1985 hacia acá no es la causa, sino la consecuencia de males y problemas que Fidel y el Che habían denunciado, en la década de 1960, desde sólidas posiciones revolucionarias.

Se toma como base lo sucedido para argumentar contra las ideas de Marx y Lenin. Sobre semejante lógica simplista, podríamos negar el aporte a la cultura política universal de los enciclopedistas, porque se restauró la monarquía y Francia demoró largo tiempo antes de establecer un sistema republicano estable. Se podría, en tal caso, achacarle la Inquisición a Cristo y al cristianismo.

Le atribuyen al ideal socialista los errores y crímenes cometidos, como si tales males le fueran inherentes y no hubieran estado presentes en la historia anterior y posterior al socialismo. Cabe decir que no debían producirse en el socialismo. Precisamente por estas razones quebró lo que llamaron «socialismo real». Se produjo una subestimación de los factores de carácter subjetivo que limitó el desarrollo teórico del pensamiento revolucionario y lesionó la práctica socialista. Como advirtió la Revolución Cubana, tales factores subjetivos tienen mucha más importancia que la concebida por la interpretación marxista predominante en las últimas décadas. Se ha confirmado que no hay socialismo sin una elevada eticidad.

Los cubanos asumimos los descubrimientos científicos, económicos y sociales de Carlos Marx desde la cultura espiritual y ética de nuestra América. Nos guiamos por el pensamiento de Marx, porque sus aportes culturales y científicos y su sentido humanista universal, punto de partida de la ética socialista, nos sirvieron para interpretar la historia humana, nos brindaron claridad en el estudio de la evolución económica y social de Cuba y de América Latina, nos dieron los métodos de análisis histórico para confirmar científicamente la raíz popular de nuestro patriotismo, nos enseñaron que la contradicción entre ricos y pobres era —en última instancia— la causa de fondo de la tragedia social, y de hecho nos mostraron que la lucha revolucionaria por vencer las desigualdades socioeconómicas es fundamento y raíz de una ética que pretenda tener valor universal.

Desde la década de los años 20 y por influencias de la Revolución de Octubre, el inmenso legado de Marx y Lenin comenzó a articularse, en la cultura política de nuestro país, con el pensamiento universal y antiimperialista de José Martí. Fueron las corrientes socialistas y antiimperialistas, que ejemplificamos en Julio Antonio Mella, las que lo rescataron de la subestimación en que se le tenía y mostraron el filo revolucionario del pensamiento martiano. No vamos a renunciar a este legado. Hacerlo sería, además de una traición, una expresión de incultura y de falta de realismo político. Lo necesitamos para estudiar y abordar nuestras realidades de hoy y de mañana.

El 7 de noviembre de 1917 se conjugó lo más alto de la intelectualidad política europea con el espíritu revolucionario de la clase obrera rusa y la lucha de los campesinos por la tierra y sus derechos. De lo sucedido con posterioridad a la muerte de Lenin hay otra lección que extraer:

Para defender los intereses de las masas trabajadoras y explotadas, debemos exaltar la historia de la cultura humana, desde la más remota antigüedad hasta este fin de milenio, sin traumas ni «ismos» ideologizantes, que desde los tiempos del mítico Prometeo encadenado, descubridor del fuego, vienen imponiéndole freno, de forma dramáticamente recurrente, a la imaginación, la inteligencia, la ternura y al espíritu solidario y asociativo que se halla potencialmente vivo en la conciencia humana.

Las ideas y principios de los forjadores trascienden por encima de coyunturas. Desde Cristo y Espartaco hasta Marx y Lenin, hay una historia de retrocesos y avances; pero ha quedado en pie, erguida, la imagen de los grandes forjadores de

ideas redentoras. Entre ellos están Lenin y los bolcheviques rusos de 1917.

Mientras haya humanidad, vivirán en el recuerdo agradecido de los combatientes por la libertad.

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