Dolor de árbol - Opinión

Dolor de árbol

Autor:

Randol Peresalas
La actriz Broselianda Hernández convence una vez más con su notable histrionismo. En varios momentos de Escapar, el dramatizado dirigido por Rudy Mora que ahora mismo compite con grandes posibilidades en el IV Festival Nacional de Televisión, el personaje interpretado por Fernando Echavarría insiste continuamente en ser un árbol.

Y para que nadie dude de su absurdo, pero irrefrenable anhelo, renuncia a los zapatos, descuida su imagen y aprovecha el más mínimo charco de agua que encuentra en los jardines del hospital psiquiátrico para meter sus pies desnudos y quedarse allí por horas, completamente inmóvil.

Es posible que tal imagen parezca cursi. Pero si esta viene acompañada de algunos datos que complementan la acción, que justifican dramáticamente semejante actitud, la cosa cambia. El guión de Mary Cruz y el propio Mora, amén de unos cuantos bocadillos más propios de la filosofía, consigue, en esa línea, ser creíble. Ya sabemos que en un espacio tan dado al surrealismo, como lo puede ser un manicomio, no pocos se han estrellado contra el peligroso concepto de la probabilidad.

Para evitar desconciertos, los creadores dieron vida a un personaje brillante: Paloma. Esta sensible psiquiatra, exquisitamente perfilada por una Broselianda Hernández fuera de serie, precisa e intensa, se erige en contrapartida del mundo caótico defendido por su paciente. No obstante ser ella un contenedor de dudas existenciales, que más de una vez la hacen tambalear al borde del precipicio, su sentido de la ética y el apego a la verdad la arman de una coraza que solo flaquea en el terreno de los sentimientos, mas no en el de la objetividad del conflicto que investiga.

Frente al dolor de ese hombre que esconde una auténtica tragedia —arrastró ingenuamente a los suyos a una muerte segura en el mar—, su vocación se impone y termina sumergida en controversias sobre el amor al prójimo, la validez del juicio en las grandes decisiones humanas y otras igualmente complejas. El tratamiento simbólico, sin embargo, que los creadores aportan a ese obstinado pragmatismo, deja verse a través de una larga secuencia de signos aparentemente distantes. Imágenes de una paloma, de una virgen (la de La Merced, para ser más específicos) y el hecho de que su nombre sea una combinación de ambos iconos, muestran una parte de ese carácter controvertido.

Pero en Escapar no todo es blanco y negro. Precisamente en esa ambivalencia que portan sus personajes y ambientes, en ese forcejeo soterrado entre idealismo y materialismo —dementes que leen a García Márquez, una hermana que cultiva con idéntico fervor la santería y la informática, médicos que discuten sus casos desde el más recto ángulo científico...— se fragua un valioso mensaje de componenda.

Mora construye un universo muy particular en esa dirección. Quien hace un tiempo atrás sacudiera bastante la visualidad de las series televisivas nacionales, al estilo de Doble juego, vuelve ahora con una puesta en escena barroca, donde lo mismo conviven colores chillones con sinfónicos claroscuros, que tomas nerviosas —muchas veces atravesadas por fragosos barridos—, junto a primerísimos y expresionistas planos.

El rigor de la fotografía de Ángel Alderete se ve apoyada por un inteligente diseño de arte que llega a contraponer, mediante elementos arquitectónicos semicirculares y cuadrados, dos personalidades tan dispares como las de Paloma y su hermana.

Igual de eficaces resultan los numerosos flashes back que nos ayudan a determinar la naturaleza del trauma que acosa al personaje de Echavarría. El peliagudo tema de la emigración no siempre ha sido bien dimensionado en el audiovisual cubano. Una rara mezcla de melancolía y concesiones de todo tipo le han limitado su alcance. De ahí que sea justo reconocer que el discurso de Escapar se entronca con lo mejor de la tradición y propone un enfoque de gran originalidad.

Desesperado por evadir un pasado que lo tortura, el protagonista de esta historia ensaya mil manías que delatan su expiación y la dolencia que le causa desprender sus raíces. Ese detalle de la culpa, de la autoconciencia del yo trastornado, impecablemente dado por Echevarría —como todo lo demás que le toca expresar esta vez—, revela uno de los conceptos más interesantes que se hayan recreado en nuestra pantalla.

Se dice a menudo que la perfección no existe, pero el aura sí. Yo siento que estamos ante uno de esos casos.

La actriz Broselianda Hernández convence una vez más con su notable histrionismo.

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