Isla desconocida - Opinión

Isla desconocida

Autor:

Rosa Miriam Elizalde
«A veces parece que las islas fluctúan sobre las aguas y no es verdad». (José Saramago, El cuento de la isla desconocida).

La frase del exergo está en ese pequeño libro de Saramago en el que vi, con pasión literaria, a mi propia Isla. La historia no tiene nada que ver con Cuba, pero siento que ella puede encontrarse en los entresijos de esta fábula, si aceptamos la invitación a navegar y rastreamos en nuestros mares profundos, invisibles.

Publicada en el número más reciente de La Isla Infinita, revista cubana de poesía cuasi clandestina que dirige Cintio Vitier y edita su nieto José Adrián, El cuento de la isla desconocida es una parábola, sencillísima, como un cuento de hadas: un hombre llama a la puerta del rey y le dice, «Dame un barco». Desea salir en busca de una isla desconocida solo porque «quiero saber quién soy cuando esté en ella... Y no nos vemos si no salimos de nosotros mismos»...

Utilizando un lenguaje transparente y un ritmo sosegado, los personajes se nombran solo genéricamente: el hombre, la mujer de la limpieza, el Rey, el capitán de navío... El hombre podría ser cualquiera, solo que este tiene la particularidad de necesitar un barco para buscar la isla desconocida, y será cualquier rey y cualquier pueblo quienes no comprendan a este buscador de imposibles empujado por un destino acostumbrado a comportarse secretamente y que el hombre siente que «ya está pisándome los talones, ya extendió la mano para tocarnos con el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando...».

La belleza de esta literatura no va solo en el estilo, en esas palabras que se enlazan como pocas veces se encuentra en letra impresa. Su belleza está en ese permanente viaje que el autor nos propone hacia nosotros mismos, y que jamás perciben quienes no miran más allá del aparente pesimismo de Saramago y de su ir y venir, obsesivamente, por el drama de la existencia humana en estos enajenados tiempos.

Hace algunos años leí este cuento escrito por Saramago en 1997 para la Expo Lisboa y que tradujo, primorosamente, Pilar del Río. Lo releí ayer de un tirón y pensé que podía recomendarles una inolvidable lectura para el verano, no solo por la historia del Nobel portugués, sino por todo lo que trae el último número de La Isla Infinita, revista que debe su nombre a la pregunta que le hizo Cristóbal Colón a los indios, si este lugar era tierra firme, y ellos respondieron que «era tierra infinita de que nadie había visto el cabo, aunque era isla».

Como en un juego de espejos, la isla de Saramago y la de los Vitier son imágenes de aquella que habitamos. Y para que tengan una idea de qué maravilla van a enfrentar si consiguen la revista, les adelanto este fragmento:

«Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, Pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo.[...] Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista [...]».

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