Ahtisaari, el Nobel

Autor:

Luis Luque Álvarez
Ahtisaari, ex presidente finés. Foto: AFP La Academia Sueca acaba de otorgarle el Premio Nobel de la Paz al ex presidente de Finlandia, Martti Ahtisaari. «¡Felicidades! ¡Enhorabuena!», son las expresiones que le llegan desde las capitales de la Unión Europea.

En otros sitios se han quedado, sin embargo, con la boca abierta...

Sí, porque, que el veterano socialdemócrata se haya desempeñado como el hábil mandatario que introdujo a su país en la UE, no basta para merecer la distinción. Ni tampoco que, como recalcan los medios, se haya implicado como enviado especial de la ONU en la resolución del caso de Namibia, a finales de los 70, o como mediador entre los rebeldes de Aceh y el gobierno de Indonesia, en 2005.

Lo que hace abrir los ojos de asombro es que precisamente la última de las gestiones llevadas adelante por Ahtisaari, derivó en un resultado que difícilmente pueda ser considerado digno de un Nobel de la Paz: la separación de Kosovo de Serbia, el robo a un pequeño Estado europeo de parte de su territorio. Es eso lo que el Comité Nobel ha santificado, coronando con su laurel de un millón de euros al finés, autor del denominado Plan Ahtisaari, de 2007, que avalaba la independencia —«tutelada» por la UE y la OTAN— para esa provincia, donde la inmensa mayoría de los habitantes son albaneses. ¿Dónde quedaba entonces la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU, que garantizaba a Serbia su integridad territorial?

Las inconsecuencias sobran. Sin embargo, pongámonos una bolsa de agua tibia sobre la cabeza, pues no será esta la primera vez que al Comité se le va la catalina. Dos ejemplos solamente: el ex secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, y el actual presidente de Israel, Shimon Peres.

El primero recibió el Nobel en 1973, mientras las bombas de napalm, arrojadas desde aeronaves estadounidenses, dejaban peladas grandes extensiones forestales en Vietnam y quemados los cadáveres de millones de inocentes.

Este singular Nobel fue además quien, en conversación con el jefe de la CIA el 12 de septiembre de 1970, sentenció: «No podemos dejar que Chile se vaya por las alcantarillas», en alusión al gobierno de Salvador Allende. Seis años después, en diálogo con Pinochet, se justificó por tener que criticar levemente el caso chileno ante la Organización de Estados Americanos: «Mi discurso no es contra Chile. Yo le quería decir esto. Mi evaluación es que usted es una víctima de los grupos izquierdistas alrededor del mundo y que su mayor pecado fue derrocar a un gobierno que iba en dirección del comunismo».

En el caso del otro premiado, Shimon Peres, vale recordar que es conocido como el fundador del programa nuclear de Israel, que hasta la fecha permanece fuera de las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica. La famosa «ambigüedad nuclear» israelí, el no afirmar ni negar cuando se pregunta por las armas nucleares de Tel Aviv, tiene su origen en la respuesta de Peres, entonces ministro de Defensa, al presidente John F. Kennedy, en 1963: «Israel no será el primero en introducir armas nucleares en Oriente Medio».

Curiosamente, uno de los nominados al Nobel de la Paz de 2008 fue el ex técnico nuclear israelí Mordechai Vanunu, quien en 1986 reveló evidencias de la fabricación de armas nucleares en su país. Le costó 18 años de cárcel, y ningún Nobel hasta el momento. ¡Mientras que Peres se lo agenció en 1994!

Volviendo a Ahtisaari, veamos qué dijo al diario español El País en junio pasado: «(Los serbios) pueden echarle la culpa a Milosevic*. Los dictadores no pueden cometer crímenes e impulsar la limpieza étnica y pensar que no tendrá consecuencias jurídicas ni afectará a la soberanía. Milosevic perdió Kosovo y nada lo va a cambiar».

¡Hombre! ¿Pero qué está diciendo? Resulta entonces que, si un ex jefe de Estado cometió atropellos en el pasado, en el presente se puede fragmentar caprichosamente el territorio de su país, aunque el actual gobierno no tenga nada que ver con el de antaño.

Si a otros se les aplicara ese razonamiento, ardería Troya. Por ejemplo, el dictador Francisco Franco, que enlutó a España con 150 000 fusilados, 30 000 desaparecidos y medio millón de prisioneros en unos 180 campos de concentración, fue especialmente virulento contra el pueblo vasco, al que prohibió incluso utilizar su idioma (el euskera), y la aviación de Hitler, con la anuencia franquista, bombardeó a su sabor el pueblo de Guernica, festín de sangre y destrucción inmortalizado por Picasso en un lienzo.

Bueno, si los antecedentes fueron tan violentos allí, ¿por qué Ahtisaari no se pronuncia también, con una frase como «Franco perdió el País Vasco»? Ah, simplemente porque, como decimos en esta parte del planeta, nuestro buen señor juega con la cadena, no con el mono.

Si esa inconsistencia vale un Nobel, si el doble rasero merece un bonito discurso en Estocolmo, pues está usted bien premiado, señor Ahtisaari.

*El ex presidente serbio Slobodan Milosevic murió en una cárcel holandesa el 11 de marzo de 2006, mientras era juzgado por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia.

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