¡Vayámonos en esa! - Opinión

¡Vayámonos en esa!

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Tenía un oído afinadísimo. Algunos dirían que de tuberculoso. Lo cierto es que el ruido monótono y ensordecedor que producía la afilada cuchilla de la vieja batidora al desintegrar el hielo y mezclarlo con la fruta de estación, la leche y el azúcar, le hacía gritar invariable a la finada Malvina: «¡Voy en esa!». Entonces mi madre, que como parte de sus preparativos siempre colocaba cerca el vaso que portaría aquella bebida irresistible, con una sonrisa ra-diante lo llenaba para que yo se lo en-tregara a la vecina de toda una vida, todavía sudoroso.

No recuerdo que alguna vez haya ocurrido de otra manera el «ritual». Y así viajaban con frecuencia hacia la casa de Malvina ajiacos, pudines, mermeladas, los platillos de arroz con leche... Sobre todo después que la pérdida de una pierna terminó hasta con sus deseos de ver el sol. A veces yo miraba a mi madre extrañado por aquel desprendimiento casi suicida. No abundaban muchas co-sas entonces en Las Tunas, pero la «vieja» me fulminaba con su mirada y me regalaba una lección de vida: «No tiene gracia ser bondadoso cuando nada te falta, sino compartir cuando escasea».

Esta que cuento no era en verdad una historia aislada, sino una práctica común en todo el vecindario. Sin embargo, con la llegada y el afianzamiento del período especial empezó a desdibujarse. En un momento porque seguramente había muy poco para compartir.

Entonces caló en determinadas personas el «sálvese quien pueda», que no se encontró siempre como contraparte con la familia, la escuela, la sociedad y los medios de difusión.

Y como se conoce, la solidaridad, como el resto de los valores, no nace con el sujeto: se forma con la educación a través de la actividad y la comunicación.

Gradualmente las acciones desinteresadas y cotidianas de esa gente, que mostraban los vivos colores de nuestra sociedad —valores a fin de cuentas—, comenzaron a palidecer como ocurre con los malos tintes después de dos o tres lavadas.

Y no solo me estoy refiriendo a la solidaridad entendida como el disfrute personal que se consigue con cada desprendimiento o por compartir la suerte con otro, sino en la reacción ante el sufrimiento humano.

No es menos cierto que mientras estos rasgos están casi ausentes en el mundo moderno, los cubanos, en sentido general, los llevamos dentro, latentes como la brasa que permanece reposada después del fuego, y que se aviva cuando tenemos la oportunidad de convertimos en embajadores de estos a escala mundial, o en tiempos de desastres, por ejemplo. Sin embargo, hay personas capaces de elevados actos de altruismo que se muestran a veces impasibles ante una conducta injusta, y este valor se quebranta en lo interno.

Me viene a la mente ahora la triste historia de una señora que, según contó, había logrado reunir una pequeña cantidad de pesos convertibles para comprarse algunos insumos. Confiada, no revisó inmediatamente su vuelto, y cuando lo hizo ya era tarde para exigir lo que le habían usurpado. Se vio entonces ante una situación difícil en la que cualquier reclamo sería de «palabra contra palabra»; y en estos casos ocurre que testigos que se aprestan a ver el show permanecen inmutables, amparados en que «ese no es su maletín».

Bochornoso este hecho, como aquel cuando hay que entregar determinado artículo y alguna asamblea deja de ser un momento de reconocimiento al problema social del vecino o al mérito, para convertirse en una competencia donde brota lo más mezquino y egoísta del ser humano. También cuando una guagua se traslada vacía; cuando permitimos que dentro de ella permanezca de pie una anciana o una mujer con su hijo en los brazos, porque para eso hay asientos específicos; o cuando algunos funcionarios y organismos públicos muestran indolencia y hasta indiferencia ante los reclamos de la población.

Difícilmente estén poseídos por ese bendito don de la solidaridad quienes crean que cada una de esas circunstancias les son ajenas. Al menos no la habrán incorporado a la usanza del Che, para quien practicar la verdadera solidaridad es recibir como afrenta propia toda agresión, todo acto que vaya contra la dignidad del hombre, contra su felicidad en cualquier lugar del mundo.

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