Añoranzas y otras cuitas - Opinión

Añoranzas y otras cuitas

Autor:

Juventud Rebelde

Se van, emigrantes económicos, con la expectativa, casi siempre exagerada, de que sus vidas materiales mejorarán radicalmente, y los que abrigan la más extrema de las fantasías para capturar el místico y elusivo «sueño americano». Emprenden el incierto viaje, a veces arrastrados a peligros inminentes, y peor aún arrastrando a familiares queridos. Se trata, pudiera decirse en principio, de un acto libre. Pero el ejercicio de la libertad es ante todo y sobre todo un comportamiento responsable sustentado en la disponibilidad de toda la información suficiente para adoptar decisiones racionales. Y en este punto nuestro José Martí continúa iluminando: «ser culto para ser libre».

Cuando se marchan, en la mayoría de los casos dejan atrás a «los viejos», esos firmes puntales entrañables, únicos recodos seguros y probados en cualquier tormenta, que ven partir a sus frutos con la infinita comprensión de siempre, pero con profundas desgarraduras en el alma.

Con alguna suerte y reservas de cariño, pasado un tiempo de aprendizaje de la realidad desconocida, los hijos los llevan consigo, y entonces comienza para los de la tercera edad la experiencia perturbadora del desarraigo y la incertidumbre entre unos modos culturales a los que difícilmente se avienen y la zozobra de una economía naufragante que en cualquier momento puede tocar a las cercanas puertas familiares.

De golpe desaparece el espacio de su identidad y su pertenencia, en el que forjaron sus vidas, sueños, amistades, vecinos, los rincones queridos, las pequeñas cosas que recuerdan momentos únicos, imborrables y sustentadores. En pocas palabras, las añoranzas añejadas e inseparables en el vivir de los años.

Hasta 2004 «los viejos», sin renunciar a entornos de preferencias, podían aguardar con ilusión la visita anual de los hijos, pero desde esa fecha la enfermiza hostilidad anticubana llegó a extremos perversos, y entre otras consecuencias alentó gestiones de desarraigos, empujó a ancianos a deambular por las oficinas de la SINA en espera de altaneros sí y no.

Hace escasos días medios informativos relataron la odisea de un emigrante en Estados Unidos, que al cabo de más de 50 años de duro trabajo, tuvo que declararse en bancarrota, al no poder cubrir los gastos de una operación de emergencia de su esposa. A los 66 años ya no puede retirarse, y con las capacidades lógicamente disminuidas, según contó, tal vez pueda vivir malamente, pero nunca podrá pagar la deuda del hospital, y por consiguiente tampoco acogerse a la jubilación merecida.

Estudios realizados sobre este fenómeno apuntan que en 2007, las personas de 55 años y mayores fueron el 23 por ciento de los más de un millón que se declararon en bancarrota, un aumento de 300 por ciento en comparación con 1991. Las cifras son especialmente negativas para las personas de más edad: en el rango de edad de 75 a 84 años las declaraciones de bancarrota aumentaron más de cuatro veces. Una profesora a cargo de la investigación comentó que esta situación es un reflejo de la vulnerabilidad de las personas mayores, quienes «ahora enfrentan retos financieros serios».

Si tal puede ser el desenlace para quienes echaron toda una vida entregando su fuerza de trabajo para levantar las riquezas de otros, ¿cual será el de los desarraigados a destiempo ante un panorama evidentemente signado por las incurables añoranzas y otras muchas cuitas?

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