Espejos

Autor:

José Alejandro Rodríguez

A excepción de aquel espejo engañoso que en el oro de mi infancia le aseguraba a la bruja que era la más hermosa del mundo, esas lunas de plata están hechas con el azogue de la sinceridad. Nos devuelven la imagen tal cual somos, con los surcos y las nieves del tiempo.

Las sociedades también necesitan espejos para mirarse y detectar sus arrugas; las cuales, a diferencia de las que marcan los rostros humanos, sí son reversibles. Y nuestro socialismo requiere observarse sistemáticamente, sin aferramiento a imágenes idílicas, ni engañosas pretensiones de si somos el mejor de los mundos.

Lo digo porque en mi largo y amoroso constructivismo de reflejar los problemas de la sociedad, para que esta perdure, me he topado en no pocas reacciones a la crítica sincera, con un lastre que ciega: el parapeto, ese síndrome del «serrucho»; algo así como que quien enjuicia, te está horadando el suelo para desbarrancarte.

La enfermiza obsesión por cuidar «la imagen» del país, del ministerio, la empresa o el territorio —muchas veces más recurrente que la preocupación por los propios desaguisados de la realidad— en ocasiones es paranoia por el destino de tu puesto, tu cargo y algunas bagatelas más, cuando de lo que se trata es de mejorar la realidad.

En otros, obedece a una extendida confusión que no pocos asumen, quizá sin mala intención: los problemas (del país, del ministerio, la empresa o el territorio) no deben dilucidarse públicamente, porque demeritan las reales conquistas de la Revolución.

Y esa ceguedad, de la cual beben oportunistas e indolentes, con cargo o de filas, puede alimentar la sensación de que todo anda bien. Lo más pernicioso es que confundamos la realidad con los deseos y, aferrados a los nobles paradigmas de nuestra sociedad, no descubramos dónde, cuándo y con qué intensidad la realidad cotidiana los desmiente. Ese sería el peor servicio a la Revolución.

Un principio científico predica que para solucionar algo torcido primero hay que reconocerlo y dilucidarlo. Mucha resistencia hubo largo tiempo a aceptar que en nuestra sociedad ya se incubaban larvas de la corrupción. Esa fue una mala palabra, como si nos condenara, con tanta honradez acumulada. Al final, estamos erigiendo una Contraloría General de la República.

Algunos han llegado a percibir el ejercicio sano de la crítica —que, por cierto no debe quedar en ella, si no en acciones y transformaciones— como una concesión de flojos; como darle las armas al enemigo. Lo cierto es que el misil más peligroso que podemos ofrendarle a quienes quisieran desmantelar una obra de 50 años es el silencio, la simulación, la doble moral, la conformidad, la desactivación de la intransigencia ante  los males que se incuban y desarrollan ante nuestros ojos.

El socialismo europeo desapareció porque extravió el visor de lo que realmente sucedía, y la brújula para rectificar la ruta. Esa lección no puede olvidarse, como tampoco la tragedia de Dorian Grey, aquel personaje del escritor irlandés Oscar Wilde que, obsesionado por el narcisismo, escondió su retrato, para no ver las muecas que iba ganando con los desatinos de su conducta. Cuba tiene suficiente luz como para verse en su espejo, y corregir sus fealdades.

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