El botín de la mentira

Autor:

José Alejandro Rodríguez

En el tenderete global que es este mundo, se está cotizando ferozmente una mercancía insólita y muy gananciosa, que no requiere apenas gastos de producción: la mentira.

Basta preparar en la coctelera de las manipulaciones mediáticas una buena historia, que atraiga la atención de millones de siervos de la información facturada. Luego echarla a rodar por los poderosos medios de información, Internet y todos los intersticios de la comunicación, para que comiencen a aparecer las utilidades de la mano de la notoriedad. No importa si es una farsa. Ya no interesa ser veraz y honesto… siempre que haya alguna ventaja en juego.

Hace dos semanas, y por varias horas, millones de norteamericanos siguieron entre el asombro y el terror desde sus televisores, la agonía por los cielos de un globo aerostático incontrolable por los equipos de rescate. En aquella incertidumbre supuestamente viajaba Falcon Heene, un niño de seis años del condado de Larimer, en el estado de Colorado. Era el show de asistir a la noticia y vivirla.

El suceso mantuvo en vilo a un mundo en el cual son apenas dígitos sin rostro, rutina necrológica, los niños consumidos por el hambre en África. Todo se desinfló cuando Falcon fue hallado sano y salvo en el ático de su hogar. Los padres de Falcon eran los principales artífices de la farsa. Ellos sabían que el pequeño estaba en casa, y echaron a volar por los aires el montaje dramatúrgico.

Nada, que los Heene ya habían catado el picante sabor de los reality show, esos circos romanos de la modernidad que atrapan teleaudiencias a costa de hacer «vivir» sucesos sin riendas para alimentar los instintos y la curiosidad a costa de lo que fuere. Los Heene urdieron todo y prepararon a sus tres hijos para que mintieran, en pos de una clasificación superior, cierto polvo de estrellas para ese tipo de espectáculos.

Días después, las agencias de prensa y televisoras informaron de la supuesta caída de un inmenso meteorito en Letonia, esa república ex soviética del Báltico que apenas es noticia. Proliferaron las imágenes del peñón cósmico surcando el espacio, y posteriormente manadas de reporteros se volcaron sobre el cráter de 20 metros de diámetro y diez de profundidad.

Al final, no apareció el pedruzco y se comprobó que el hoyo había sido preparado por los utileros de la representación mediática, a más de que presentaba huellas de palas. Era una jugarreta publicitaria de la firma de telecomunicaciones Tele 2. El portavoz de la compañía llegó a defender la falsía aduciendo que el objetivo era «inspirar a Letonia» y darle al mundo otras noticias de ese país, que no fueran la crisis económica. Y Mazsalaca, el pueblito de la representación, salió por unas horas del olvido y el anonimato. La propietaria del terreno donde  se incrustó la mentira, Larissa Guerassimova, aprovechó para cobrar la entrada a quienes intentaban presenciar el «mensaje cósmico».

Historias de truculentas farsas se suceden a diario, como narcóticos para estrechar los nudos de la sujeción humana. Ya los lindes entre la imaginación y la realidad se revuelven. Y eso es sumamente peligroso. ¿En quién creer, si lo esencial es alimentar el espectáculo con las tecnologías de la ficción, y luego pasar el cepillo?

En ambos casos, el de Colorado y Letonia, los pícaros gestores serán procesados por los tribunales. Pero a fin de cuentas, estos bochornos son apenas escaramuzas de engaños sustanciosos, comparadas con las tenebrosas mentiras de que se valen los poderosos de este mundo para imponer sus designios y salvar sus reales ventajas. ¿Un presidente norteamericano no se agenció votos falsos para ocupar la poltrona por segunda vez? ¿Acaso Bush no fabricó impunemente el pretexto de unas armas fantasmas para descerrajar de muerte y violencia a Iraq? ¿Cuántas mentiras se estarán cotizando en este instante?

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