¿Locura sin nombre?

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Una buena parte de lo que soy se lo debo a mis profesores del preuniversitario «en la calle» Luis Urquiza Jorge. Por su estructura Girón, parecía igual a muchos en la Isla, pero estoy convencido de que era único, espectacular, un espacio que reunía a los mejores profesores del mundo; incansables creadores que todo el tiempo te convidaban a crecer, a soñar, a intentar remontarte a las estrellas.

Han transcurrido más de dos décadas desde que atravesaba con gusto la ciudad para llegar al lugar donde también encontré los primeros amigos —esos que por siempre quedaron— y, sin embargo, recuerdo con total nitidez las vivencias de aquellos años. De hecho, cierro los ojos y aparecen los rostros y los nombres de mis «profes»: Maribel, Eliécer, Romero, Neldo, las Margaritas, Eduardo, Hortensia, Esther, José Antonio, Marcia... y Denis.

Con su pelo perfectamente peinado, sus espejuelos de pasta, sus magníficos modales, su voz pausada y musical, el profe Denis era perfecto para impartir Literatura. Para él, hablar de los clásicos significaba «obligarnos» a montar nuestras propias puestas en escena imaginarias. Cuando nos leía las canciones de trabajo, por ejemplo, yo me veía acompañando a mis ancestros africanos en medio del mar, empapado de sudor y espantando el hastío, mientras remaba con mucho esfuerzo y al mismo ritmo que los demás, hasta llegar a la orilla.

Por él supe de Papá Goriot, de El rojo y el negro, de Casa de muñecas, La madre, El jardín de los cerezos, La guerra y la paz, de Lord Byron, de Kafka... Denis hacía hasta lo imposible por incitarnos a la lectura, y lo lograba con muchos, aunque confieso que entonces yo prefería que me los contaran. Eran años de temprana juventud y de enamoramientos iniciales, y me interesaba más por la poesía. Pensaba que aquellos profundos dramas aprobados por los hombres y la historia, poco tenían que decirme. ¡Qué equivocado estaba!

Mientras estudiaba la Preparatoria antes de partir hacia Bulgaria, me ayudó el haberme rodeado de compañeros que solo hablaban de Mi guerra aérea, Así se forjó el acero, Un hombre de verdad... Cuando ellos se referían a fabulosos pasajes de los libros que devoraban, yo solo podía callar o intentar escabullirme sin ser notado. Pero alguien lo notó, y me dijo: No te avergüences, nunca es tarde para comenzar.

Y lo hice. Bajo su tutela, siendo casi un «viejo», empecé por las novelas policíacas de Agatha Christie, y estas me condujeron a otras, que a su vez me llevaron a otras nuevas y así hasta hoy. ¿Cómo hubiera sido, me pregunto, si Denis hubiese tenido a mano, para motivarnos, esa literatura «menor»?

Tengo la impresión —a veces tiendo a absolutizar— de que los que vienen detrás sienten aquella extraña apatía mía por la lectura, pese a que algunos darían la vida y parte de otra por tener entre sus manos la saga de Harry Potter, o El señor de los anillos. Sé de jóvenes que las han «engullido», pero ahí se agota el entusiasmo.

El quid de la cuestión es y será: ¿cómo motivar? Se trata de encontrar otro modo de presentar las lecturas, pero también de oxigenar la literatura en «oferta».

Ya saben que por estos días me trae emocionado el espectáculo Y sin embargo, se mueve, de La Colmenita, donde la música de Silvio Rodríguez es eso, música... y esencia. Mientras escuchaba sus contundentes canciones (pura, ingeniosa y bella literatura) me interrogaba cuándo su poesía será objeto de estudio en las escuelas; o al menos extendida incitación de los profesores, si es que definitivamente la producción literaria contemporánea es difícil de ubicar en los programas regulares de estudio.

¿No nos gustaría que los adolescentes de libretas llenas de versos de amor y corazones rojos —es igual en todos los tiempos— también recitaran: «Hay locuras, sin nombre, sin fecha, sin cura, que no vale la pena curar»; o «Digo tu nombre todos los días, digo tu nombre, Paloma amada, porque tu boca, la más soñada, porque tu cuello y la lejanía...?»

No sé... Quizá por ahí también esté el camino.

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