22 °C Hay seres que se asoman a la vida en el instante preciso. Y la sujetan fuerte para enrumbar los mejores afanes. Hay hombres preclaros, rebeldes, de principios inamovibles. Llegan como si ya hubiesen ido muchas veces adelante. Y se van dejando tanto, salvando todo. Juan Gualberto fue de esos.
Uno de los chiquillos que rompían los charcos de lluvia y guardaban pedazos de caña mordida en los bolsillos era él. Creció escuchando cantos de esclavos e historias de los elegguá. Su libertad costó 25 pesos, pagados a la dueña de la finca azucarera Bellocino. Ma Concha, negra agorera del batey, predijo que sería un hombre grande.
Se volvió a saber de él cuando regresó de Francia, influenciado por la irreverencia de la bohemia parisina y el periodismo europeo. Era un mulato noble, robusto, de ojos inquisidores.
En la Isla cuajó sus ideas a favor de la igualdad de razas y la separación de España. Fue acusado de proponer rebelión en la tinta pública de La Fraternidad. Y tenían razones los cancerberos: Juan Gualberto comenzó a encontrarse con otro hombre de Patria para pensar en balas lo que a la Isla le faltaba de aire. Luego, al exilio, con las palabras en ristre. Pero ya, para siempre, unido a Martí.
Agudo periodista, agitador oportuno, cubano de andar pausado y disertar fluido. La historia cubana que se fraguaba a partir de entonces pasaría por sus empeños, como el santo y seña del día preciso.
Con la sensibilidad para apreciar lo bello y el don amante de padre, anduvo por el trillo «generoso y breve» que trazaba aquel otro relámpago, para hacer a Cuba libre. Pero no fue. No pudo. Y se coaguló en Dos Ríos, y en San Pedro, y en las banderas arriadas y los mambises que no entraron, la sangre de la guerra necesaria.
Juan Gualberto quedaría, para señalar con el verbo a tiempo y la recia dignidad la permanencia del decoro en el suelo patrio.
Todos los 24 de febrero, antes del primer café, izaba la bandera cubana que guardaba de la Asamblea de Santa Cruz, en un asta de su jardín. Bajo la sombra irredenta cantaba el Himno de Bayamo y, luego, se sentaba a meditar en un taburete. Este ritual lo sostuvo hasta la semana antes de morir.
Pero morir de pura muerte, nunca ha sido oficio de seres como él. Esos hombres que embridan la suerte de muchos y viven su instante como el tiempo todo, van más allá, más acá. Hasta mañana.
Juan Gualberto Gómez, el periodista, el negro peleador de siempre, murió de tanta vida que aún nos convocan sus últimas palabras: «Martí… Cuba… Martí».
Querida Yanet: si como estudiante de periodismo eres capaz de escribir textos como este, de tan sentido lirismo y amor por nuestros próceres, te auguro un futuro exitoso. Ojalá que nunca dejes de ser así. Con mi admiración y respeto: Rosa C. Báez "La Polilla Cubana" Con inmenso placer difundiré tu texto
Muy sentido Yanet. Realmente tienes un futuro lindo.
Yanet: Debes admitir que ese ritual de Juan Gualberto los 24 de Febrero es algo bien extraño. Al menos se necesita que abundes un poco en detalles: por qué no tener la bandera al frente de su casa; por qué izarla antes de café; por qué solo... Hay una anécdota que viene bien en este artículo: interpelado Masó respecto al "negrito ése" por el gobernador americano que lo visitaba en Manzanillo y le prometía apoyo en su candidatura presidencial contra Estrada Palma, rechazó enérgicamente el epíteto, defendió a Juan Gualberto y se granjeó la animosidad del oficial que en definitiva dio al traste con su candidatura. Por eso cada vez entiendo menos el apoyo de Máximo Gómez a Estrada Palma....
"En junio de 1973, Julio Cortázar reconocía en la revista “Crisis”: “No me hago ilusiones sobre la eficacia de la literatura, pero tampoco creo que sea inútil. Creo que los que escribieron una enciclopia en Francia, ayudaron a desatar la Revolución Francesa, así como creo que la poesía de MaoTsé-tung es parte de la Revolución China. Eso no se puede olvidar. En este tiempo hay quien dice que lo único que cuenta es el lenguaje de las ametralladoras. (…) Cada uno tiene sus ametralladoras. La mía, por el momento, es la literatura”. Creo que tiene razón. Las palabras, la literatura, el periodismo serio (no el financiado por los gringos) son parte vital de las revoluciones, porque son la voz del pueblo, su pensamiento, y, a su vez, encargados de difundir y embellecer aún más los ideales revolucionarios. La Revolución Cubana necesitó a Guevara, a Castro y a todos los que se cargaron un arma en la cintura y salieron a batallar por sus derechos y los de sus compatriotas, pero también necesita a Silvio Rodríguez, a Carpentier, a quienes batallen desde el lenguaje y transformen mentes y den esperanza al pueblo. Saludos. Te felicito por tu blog". Firmado por Janet Chalou Yanet: este es un comentario que dejaron en mi blog, sobre tu trabajo: http://lapolillacubana.blogcip.cu/2010/03/06/aun-convocan-las-palabras/ Rosa C. Báez
Sí, excelente artículo, va con buen paso esta muchachita
Desde Perú te envían esto: "Gracias Rosita: Nos presentas a Yanete Medina, estudiante que perfila su talento con lúcida tersura de idioma y de concepto. Cuán bueno es descubrir en la prosa de una joven que el universo esta -como ella misma afirma- "...más acá. Hasta mañana". Igor Calvo
Del Profesor Esteban Morales: "Gracias Rosa. Es lo bello encapsulado en lo breve, para evocar a una persona que está en el corazón de la patria. Saludos, Esteban"
Esto me llegó reenviado por el profesor Esteban, por favor comunicate con él: "HERMANO: No había visto este mensaje que me enviaste. Me parece bello y pienso que podríamos publicarlo en la Revista Cauce de Pinar del Rio. Dime si puedes conseguir la autorización de la autora. Un abrazo. Feraudy