Convivir con los ciclones

Autor:

Nelson García Santos

Cada año en el Caribe vivimos la incertidumbre de la temporada ciclónica, enmarcada desde el 1ro. de junio hasta el 30 de noviembre. Para muchos de quienes habitamos este pedacito del mundo, estos resultan los meses de la más anunciada y perenne amenaza sobre la posible tragedia que en cualquier momento puede desatarse, llámesele Tomás o Paula —para no exigirnos un viaje en el tiempo demasiado largo—, o Michelle, Lili, Isidore, Katrina, Gustav, Ike…

La evocación de lo que pudiera pasar ya asoma con los pronósticos de prestigiosas instituciones acerca de cuántos ciclones podrían formarse, según las condiciones meteorológicas previsibles. A veces, como ocurre con todo vaticinio, se cumple o se aproxima a lo calculado. En otras, no.

Con razón se les teme a estos fenómenos atmosféricos, debido a las huellas de destrucción y muerte que han causado a la largo de la historia. Algunos han sido tan letales, incluso, que jamás se vuelve a utilizar el nombre que ostentaron.

Algunos hasta llegan a desear que los ciclones no existan y que en su lugar un régimen normal de lluvias garantice la recuperación de los mantos freáticos, el caudal de los ríos y mantener las presas con volúmenes adecuados de un año para otro.

Pero eso sería como quitar una pieza a ese rompecabezas que es la madre naturaleza, demasiado perjudicada por la mano del hombre como consecuencia de diversos factores que influyen negativamente en el medio ambiente, entre ellos el calentamiento global.

Y las altas temperaturas en el mar, entre otras condiciones, constituyen una de las premisas para el surgimiento de los ciclones, afirman los especialistas.

Propiamente las sequías o bajos volúmenes de lluvias en la época prevista, que se repiten con bastante frecuencia, más el agua que despilfarramos, origina un déficit del preciado líquido que obliga a distribuirla a la población en carros cisterna, y perjudica la producción agrícola e industrial e incluso la prestación de servicios.

A la actual temporada ciclónica —recordemos que el pasado año no nos azotó ningún huracán— llegamos con un bajo nivel de llenado de los embalses del país. Gracias a las lluvias de los últimos meses se han recuperado un poco todas las provincias, pero todavía es insuficiente.

Cierto alivio llegó primero con un leve mal tiempo y después con el huracán Paula, devenido tormenta tropical al entrar por el occidente. ¿Qué pasaría sin el surgimiento de estas últimas, por lo general las menos destructivas, o de los ciclones? ¿De dónde se obtendría el agua que nos hace falta?

De lo que se trata entonces, es de estar siempre preparados y continuar aprendiendo a convivir con los ciclones en las condiciones que nos ubica nuestra situación geográfica.

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