A las puertas de «la patria» - Opinión

A las puertas de «la patria»

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una escena del filme La batalla de Argel quedó impresa en mi memoria hace más de 20 años: los colonialistas franceses se dirigían por altavoces a una multitud de argelinos y los instaban a no sumarse a la insurgencia. «Ustedes son ciudadanos franceses», «Francia es su patria», les decían quienes al final terminaron saliendo del país árabe como bola por tronera.

Hoy, los inmigrantes de otra nación norteafricana, Túnez, ven como lo más elemental del mundo ir a poner tienda en Francia, también su ex metrópoli. Es natural: la presencia de los colonizadores allí por varias décadas, la huella dejada por la cultura y la lengua gala, hizo entender a  una parte de la población local que, si a un lugar había que irse algún día para mejorar económicamente, sería a Francia, país del primer mundo, rico, moderno y cercano. Cosa de cruzar el Mediterráneo y ya…

Claro, que habría que remar demasiado hasta la Riviera francesa, por lo que el atajo ideal es Italia. La isla de Lampedusa, a solo 68 millas de la costa de Túnez, es el corredor. Y de ahí, unos 25 000 tunecinos han comenzado a pasar —o a tratar de pasar— a Francia, donde tienen amigos y familiares que los acogerían de buen grado.

Italia les ha expedido permisos de residencia temporales, por seis meses. ¡No! No se piense en un arrebato de amor al prójimo, pues si alguien le tiene grima a la inmigración del sur es la Liga Norte, socio menor en la coalición de gobierno con el Pueblo de la Libertad, del primer ministro Silvio Berlusconi. Sucede que en Roma conocen un poco de historia y de tendencias migratorias, y saben que, cuanto antes les den el permiso temporal a los tunecinos, más rápido se irán a su destino «natural»: el país de Napoleón.

¡Ah!, pero en París no se chupan el dedo gordo del pie, por eso, el domingo ordenaron detener un tren que viaja entre el norte de Italia y Niza, en Francia. El pretexto fue una cuestión de «orden público», pero se reporta que la policía francesa está efectuando controles en este ferrocarril para detectar a los tunecinos —que cuando ven subir a los agentes, se escurren— y pedirles un pasaporte y medios de sustento económico si quieren ingresar al país galo.

La protesta de Roma, temerosa de que el parón francés le llene el bote, se hizo escuchar, y era más o menos esta: si París pone obstáculos a la libre circulación de personas, ¿de qué les sirve a 25 países permanecer en el acuerdo de Schengen —aquel que anula los controles en las fronteras interiores de la Unión Europea?

Francia da sus razones: quien quiera entrar, debe hacerlo con un pasaporte ¡y con dinero para estar en el país! Ha mencionado cifras: 62 euros por día. Si el inmigrante no los muestra en la mano, es llevado a la frontera y puesto del lado italiano más rápido que ponerle out a una jicotea.

Algunos puntos merecen un alto. Primero: en verdad, para entrar a un país de la UE, los viajeros de varias naciones del sur deben enseñar en el puesto fronterizo —sea puerto o aeropuerto—, además del pasaporte y otros papeles en regla, el monto total del dinero requerido para los días de su estancia. Sin embargo, en este caso, los tunecinos no han transitado desde un país extracomunitario hacia Francia, ¡sino desde otro Estado europeo miembro de Schengen! ¿A qué viene, pues, exigirles medios económicos a la entrada?

Segundo: la apariencia que desea dar al mundo la UE como un bloque unido que intenta hablar con una sola voz, sale malparada con este rifirrafe sobre temas fronterizos, pues Schengen es materia que se supone aprendida por todos desde los años 80, y no se entienden los desacuerdos en su aplicación. Como no se entiende que Francia y Alemania pretendan dejar a Italia arreglarse sola con el tema de los recién llegados —«¿que no éramos “uno para todos y todos para uno”», se preguntarán en Roma

Por último: es tarde para rectificar, pero Francia, que ahora bombardea a Libia para lograr un cambio de gobierno, amparó mucho tiempo al régimen tunecino del presidente Ben Alí, quien desfalcó al país de tal manera y dejó a sus ciudadanos en tal desamparo, que la opción de cruzar el Mediterráneo es hoy la más viable para huir de la pobreza.

El diario francés Le Monde informó que la familia de Ben Alí —que se largó hacia Arabia Saudita con una tonelada y media de lingotes de oro— posee muchos inmuebles en Francia —en París, por ejemplo, tienen un edificio de 37 millones de euros—, y varias cuentas bancarias en entidades galas. ¿Cómo es posible, digo yo, que los gobiernos franceses permitieran los excesos del déspota, e ignoraran que los estragos causados a Túnez y a su empobrecida gente podrían un día tener un efecto bumerán sobre la propia ex metrópoli? ¿Detener hoy a los pobres en la puerta, cuando ayer se dejó pasar su dinero sin tanto problema?

¿Y no era ayer, también para ellos, la promesa de la «patria francesa»?

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