Desinflando balones - Opinión

Desinflando balones

Autor:

Raiko Martín

El parón de la National Basketball Association —reconocida como la NBA en todos los rincones del planeta— es ya un hecho.

No muy lejos de donde miles de personas acampan y se manifiestan contra todo aquello que ha generado una de las peores crisis económicas y financieras a escala global, quedaron truncadas las negociaciones entre la cúpula de la NBA y el sindicato de jugadores. Y eso se traduce en la suspensión de las dos primeras semanas de la tercera liga profesional más importante de los Estados Unidos, y uno de los espectáculos deportivos más seguidos en todo el mundo.

Salvando las enormes distancias en millones de dólares y objetivos que separan ambas posturas, a las dos las une un denominador común: la puja entre quienes edificaron el sistema y las partes que lo componen.

A la misma velocidad que se infló la burbuja financiera y con la misma irresponsabilidad de los grandes bancos al enfrentar el fenómeno, los dirigentes permitieron que crecieran los sueldos de los protagonistas del mejor baloncesto del mundo.

Ahora la discordia toma cifras estratosféricas, pues los dueños de equipos, golpeados por pérdidas colectivas que rondaron los 300 millones de dólares durante la pasada temporada, pretenden que los jugadores bajen del 57 al 47 el porcentaje de su parte en el suculento «pastel» que representan los 4 300 millones de ingresos anuales que genera el campeonato. Y los chicos solo están dispuestos a ceder hasta el 53 por ciento, como si eso fuera equivalente a perder sus casas y sus empleos, verdaderas quimeras para millones en este mundo.

Cada dígito en el porcentaje equivale a 40 millones de dólares, así que pueden interpretarse literalmente las palabras del comisionado de la NBA, David Stern: «Nos separa un abismo».

Lejos de ser un tema aislado, el problema ya parece sintomático en el deporte rentado. La Liga Española de fútbol, que hoy concentra a los mejores jugadores del mundo, sufrió no hace mucho una «rebelión» que frenó el inicio de su actual campaña. El motivo fue la gran deuda que muchos clubes mantenían con unos 200 jugadores que seguían engrosando con su sudor sobre el césped las ganancias del torneo.

Algo similar sucedió luego en el Calcio italiano cuando el sindicato de jugadores se negó a firmar el nuevo convenio colectivo que no defendía completamente sus intereses.

Como ocurre con la actual crisis económica, nadie se aventura a pronosticar el final de este nuevo desencuentro. Si no aflora una solución viable a finales de mes pudieran suspenderse otras dos semanas. Pero nadie apuesta, teniendo en cuenta los millones de dólares que se juegan ambas partes del conflicto, por una inédita cancelación de la temporada que afectaría —especialmente— al disfrute de los espectadores que sostienen el negocio.

Lo más probable es que el tema, ya zanjado, pase a la cada vez más creciente nómina de puntos oscuros vinculados a la comercialización que lacera al deporte, como los que hace una semana se discutieron en la ciudad alemana de Colonia, habitual sede del simposio Game the Play.

Allí se habló sin pelos en la lengua sobre el falso mito de que los grandes acontecimientos deportivos dejan una herencia duradera y sostenible para las sociedades que los acogen. Hubo tiempo, entre otras cosas, para denunciar cómo organismos deportivos —la Federación Internacional de Natación (FINA) es uno de ellos— se aprovechan de su estatuto de organización no gubernamental radicada en Suiza para evitar el control de sus cuentas. También para desenmascarar tramas ocultas y casi mafiosas en el seno de la FIFA, o alzar la voz contra el calendario cada más extenuante que se vive en el mundo del tenis, cuyas autoridades están también bajo sospecha de haber manipulado los sorteos de algunos torneos para aprovecharse de los beneficios económicos que generaban los duelos entre Roger Federer y Rafael Nadal.

Y después de tantos negocios sucios sobre la espalda de los de abajo, todavía algunos se preguntan, tanto en Colonia como en Manhattan, por qué se alzan tantas voces «indignadas».

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