Nuestras miradas, nuestras manos…

Autor:

Alina Perera Robbio

Hay deleite en desmenuzar detalles que pudieran ser como notas silentes si no transitáramos con el afán de cazar sutilezas o estampas que parecen no encajar y que en algún instante se anuncian con todo sentido y redondez.

Hoy podría comentar a los lectores sobre un señor que esta semana divisé apostado al borde de una calle céntrica, rodeado de esponjas de mar, las cuales vendía por muy poco. Resultó inevitable que comprara una, no sin antes terciar con otro comprador que evocó cuánto su madre agradecía la nobleza de ese tipo de esponjas a la hora del baño. El suceso verdadero fue el diálogo —tan recurrente entre cubanos—, más allá de las esponjas, que parecían cosas del otro mundo apostadas a la vera del camino.

La estampa es apenas una pincelada en medio de otras diversas con las cuales se arma un paisaje de trazos obvios, y también muy finos. Propongo esta vez detenernos, para seguir dibujando eso que llamamos identidad, en nuestras miradas y manos. Sobre las primeras, digamos que aquí son como el acento sobre la palabra, como el toque pícaro de la canela sobre la noble superficie del dulce.

Quien repare en los ojos del cubano despejará un universo de enigmas sobre sus principales obsesiones y designios. Hay miradas ávidas, que entran como el vapor por la hendija del barrio, por entre barrotes o entre hojas de madera espesa, siempre a la caza de un tema oculto.

Hay ojos que miran deslumbrados cualquier tipo de belleza y suceso. En algunos llueve; y en otros asoma la nostalgia —miran vagamente cuando en verdad andan recorriendo la memoria—; y otros brillan cuando sus dueños tienen algún festín en lo más profundo de los sentimientos.

Aquí la gente acostumbra a mirar de frente; hacerlo limpio mientras se busca la mirada del otro. Tal vez por eso pocos perdonan que alguien hable sin mirar a los ojos. Aquí muchos aprueban o desaprueban con un movimiento de párpados o arqueo de cejas; o resuelven acertijos con simples intercambios de vista; o se beben situaciones con un solo golpe de ojo.

Quien desee atrapar estampas y señales de la vida que llevamos tendrá que buscar en un mar de rostros. Y en ese desfile de inocencias, pliegues, cicatrices, frescuras o cansancios, habrá que posarse en las miradas, intranquilas sucesiones que dejan entrever lenguas de fuego subidas desde lo más hondo de nuestras ilusiones y secretos.

Y qué decir de las manos… De los alucinantes días de la infancia me vienen los recuerdos de un criollo contador de historias, quien nos pedía cerrar la mano para seguidamente afirmar: «Así, del tamaño de tu puño, es el tamaño de tu corazón…».

Lo cierto es que ellas también delatan la naturaleza de sus dueños. Aquí suelen ser grandes de tanto esfuerzo, tibias, prestas para tenderse al otro, para dar, amar, para hacer sombras chinescas a los niños o acercar un sorbo de café salvador, para gesticular desmesuradamente.

Pocas veces miramos las manos. Es más fácil disfrutarlas en gestos sublimes; digamos en los brazos de una bailarina sobre las tablas. Pero ellas pueden ser mapas deslumbrantes si de pronto las hallamos posadas sobre los soportes de un ómnibus, allí donde el viaje sumerge a todos en una suerte de hibernación, de extrañeza mientras las pieles ajenas se tocan por instantes y los destinos más diversos habitan, aunque en ruta breve, igual suerte.

Los ómnibus, metáforas del país en tanto islas móviles que llevan todo tipo de apuros y esperanzas, obran el milagro de la convergencia no imaginada: es allí donde se unen manos de todos los colores, credos, herejías, verdades y sueños. Manos que son como corazones abiertos.

Es lo que yo digo: dondequiera se abre una puerta a lo que somos, lo mismo a través de un señor proponiéndonos esponjas marinas, que mediante un par de manos, o de una mirada abierta, esa que afirma o pregunta mientras la vida pasa casi siempre tan discretamente.

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