Purial y Clementina - Opinión

Purial y Clementina

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

El Purial y La Clementina son dos comunidades de campo. Ambas están rodeadas por una interminable llanura de color sangre. La primera se halla cerca del poblado de Ceballos, en el municipio de Ciego de Ávila, y la segunda en el de Baraguá. A diferencia de El Purial, en cuyos alrededores crecen las nuevas plantaciones de naranjas, en La Clementina lo que a ratos domina el paisaje son los campos de plátanos, pertenecientes a las cooperativas de la zona y a la empresa de cultivos varios La Cuba.

Hace poco, en esos asentamientos un movimiento de pueblo y organismos de la provincia, liderados por el Partido y el Gobierno, se empeñaron en darle un golpe de muñeca al historial de dificultades acumuladas por el período especial y que, por momentos, parecieron eternas a sus habitantes.

Durante semanas, y en jornadas de trabajo que terminaban con la puesta del sol, obreros de distintos sectores se hermanaron con los pobladores para eliminar las filtraciones en los techos de edificios, colocar las nuevas ventanas, solucionar los viejos salideros que ya parecían normales, reparar y embellecer la escuela o construir el nuevo parque de recreo.

Ahora, cuando el bullicio ya terminó, no queda más remedio que meditar en lo mucho que se puede solucionar sin grandes recursos, con el pensamiento puesto en la racionalidad. El Purial y La Clementina son también dos ejemplos de cómo espantar ese acomodamiento que nace de las mentalidades centralizadas, esos criterios de que «esto nos toca y más nada porque la situación está difícil», y que se puede escuchar en los contactos más disímiles.

Una de las expresiones del centralismo  que hoy se intenta eliminar en el país es la creación de una mentalidad que circunscribe la acción solo a lo que hay asignado y no busca alternativas en los recursos locales, sobre todo en el más importante: las personas que allí viven. No pocas veces podemos apreciar poblados con cierta base económica donde los parques añoran la pintura que un día remoto enseñaron, por solo citar un ejemplo.

En esos casos, al dialogar con sus habitantes, muchas veces el denominador común está en una pasividad que tiene una de sus justificaciones en las carencias materiales. Cierto es que la limitación de los recursos tensiona al punto de obstruir determinadas intenciones de desarrollo. Sin embargo, lo más cómodo es no buscar alternativas y dejar a un lado la convocatoria al carpintero jubilado, al soldador destacado, a los albañiles o a los plomeros reconocidos en el barrio.

Otras de las aristas interesantes en El Purial y La Clementina es la necesaria reactivación que debe operarse en la base productiva del campo cubano. En nuestra opinión, a la larga se hace muy poco con poner en práctica figuras económicas que eleven la productividad, si al final se deja a un lado el entorno donde el trabajador agrícola debe vivir.

Uno de los conflictos demográficos y sociales del país, con su lógica repercusión en la economía, es la baja densidad poblacional del campo, motivada por un éxodo histórico que tiene entre sus motivaciones la búsqueda de mejores condiciones de vida. A la luz de estos días, resulta paradójico que existan brechas crecientes entre la ciudad y regiones agrícolas donde se crea riqueza y en cierta medida se decide el palpitar productivo de la nación.

La enseñanza de lo antes expuesto es obvia y persistente: la correcta salud económica tiene que estar aparejada con un adecuado aseguramiento del entorno social que la origina, y todo elemento que entorpezca esa relación debe ser superado si es que no se desea padecer conflictos en el desempeño productivo de la localidad y el país. Lo anterior es una de las piedras que hoy molestan para que el país pueda avanzar.

Cierto es que no a todas las comunidades agrícolas se puede llegar al mismo tiempo ni con la rapidez que se quisiera. También es verdad que el desarrollo local no se logra solo con loables parámetros productivos. Se necesitan cambiar muchas, pero muchas cosas, para poder avanzar. Pero lo más importante es que el primer paso se dio, al menos en El Purial y La Clementina. Y una de las pruebas está ahí. En el parque de diversiones, casi artesanal, pero digno, donde los niños juegan al atardecer.

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