¿Por qué tantos tan bien preparados?

Autor:

Diego de Jesús Alamino

Transcurría el receso de un evento científico acerca de la enseñanza de la Física, el cual tenía lugar en un país latinoamericano —que no es Cuba— cuando se me acerca una persona y dice que quiere hacerme una pregunta. Accedí a atenderla pensando que se trataba de algo relativo a la ponencia que había presentado momentos antes. Pero no: su pregunta, para mi sorpresa, fue: ¿por qué hay tantos cubanos tan bien preparados?

Lo primero que me vino a la mente decirle fue que eso se debía a las posibilidades que tienen los cubanos de estudiar, pues la educación es universal y gratuita en todos los niveles de enseñanza, desde la primaria, bachillerato, las maestrías y doctorados.

Esta primera aproximación a la respuesta viene del hecho de observar las ansiedades de los que en muchos países no tienen las posibilidades de la superación posgraduada —e incluso de pregrado— por causa de los costos que entraña.

Continué argumentando y esta vez apelé a cifras: en 1959, en Cuba había tres universidades públicas y ahora existen más de 60, extendidas a prácticamente todos los rincones de la geografía cubana y ofreciendo un centenar de carreras. Se me ocurrió también responder que esa alta preparación que atribuye a los cubanos no la hemos logrado absolutamente solos, pues hemos contado con la colaboración de muchos países, en particular los del desaparecido campo socialista, donde cursaron sus carreras miles de cubanos y se formaron nuestros primeros doctores. Esa colaboración la hemos sabido aprovechar muy bien, y la valoramos tan altamente que en estos momentos lo hacemos recíproco con muchos países que nos lo solicitan.

Mi interlocutor oía lo que le decía y en la expresión de su rostro notaba que iba encontrando respuesta a su pregunta. No obstante, buscando razones a una interrogante que me había tomado de improviso, le dije algo en lo que había reparado desde hace tiempo, y es que en Cuba casi todo está puesto en función de que la población aprenda.

Mencioné el caso de la televisión y la variedad de programas educativos y los no exclusivamente educativos con los que aprendemos, desde considerar las variables meteorológicas hasta las posibilidades de haber sido visitados o no por extraterrestres. Llegado ese momento, le comenté acerca de unos anuncios vistos en la televisión local, que con el propósito de vender calzado escolar publicitaban: compra «tal marca» y serás el mejor alumno de la escuela, u otro que incitaba a las madres a lavar con un determinado detergente para que su hijo resultara el niño más limpio de la escuela.

Esto lo relacioné con el hecho de que en Cuba la televisión está libre de ese tipo de anuncios y que, por el contrario, propende a estimular el esfuerzo y la dedicación a una tarea para obtener buenos resultados. O sea, no bastan las posibilidades que se brindan para la superación si no está presente el esfuerzo que es necesario realizar.

En ese momento mi interlocutor me interrumpió para identificarse con mis últimas palabras y me dijo que es ingeniero, trabaja como docente en bachillerato y está tratando de titularse de profesor. Aproveché la mención que hizo a los profesores para referirme a nuestro sistema de actividades metodológicas, las cuales constituyen un proceso permanente de reflexión y superación de los docentes.

Finalmente, me di cuenta de que quedaba algo importante por decir y traté de explicar que nada sale de la nada. En esa preparación que él aprecia hay también una continuidad histórica, pues tuvimos predecesores que fueron verdaderos iluminados del conocimiento. Solamente mencioné dos nombres: Varela, quien nos enseñó primero en pensar, y Martí, para quien ningún conocimiento resultó ajeno.

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