El derroche de la complacencia

Autor:

Julio César Hernández Perera

En estos tiempos puede verse como natural que las personas, sin estar enfermas, soliciten a su médico de familia, del policlínico o del hospital, un medicamento «por si acaso…».

También por aquello de que entre cubanos muchos nos sentimos médicos, algunos suelen presentarse en la consulta para que le indiquen un «chequeo médico» —sin tener a veces síntomas o signos que lo exijan—; y otros solicitan una tomografía axial computarizada (conocida familiarmente como TAC o «somatón»), o un ultrasonido, o una «plaquita de tórax».

Enmarcadas en las denominaciones de estudios o recetas médicas de complacencia, las manifestaciones antes mencionadas contradicen el modelo del método clínico, pensamiento racional y científico que debe realizar el galeno para diagnosticar y tratar las enfermedades.

Hemos convivido por más de medio siglo con una sombrilla protectora a la que nunca renunciaremos: la asistencia médica gratuita. Con el transcurso del tiempo, la inercia y la engañosa percepción individual del «no cuesta» han favorecido —junto con otras causas— el contagio de malas prácticas en el ámbito de la salud, las cuales solo enrumban hacia el desatinado uso de valiosos recursos cuyo valor y costo suelen ser ignorados.

Si al menos, por instantes, experimentásemos la amarga vivencia de uno de los tantos habitantes desamparados del planeta, valoraríamos más la dicha de lo que muchas veces subrayamos como «la salud, derecho del pueblo», prerrogativa a la que accedemos cuando no nos irrumpe, al final de una consulta o prueba médica, la angustia que puede orbitar en torno a una escabrosa pregunta en la cual estaría incluido el especulativo precio de un medicamento: ¿Cuánto es?

Invertir en salud ayuda a un mayor crecimiento económico, incremento significativo de la productividad humana, y reducción consecuente de la pobreza. Grandes esfuerzos se realizan en Cuba encaminados hacia una atención médica calificada, y sobre todo «sostenible». Con ello se pretende, con determinación, evitar y tratar las enfermedades.

Es por ello que los cubanos debemos dar respuesta responsable a este llamado: proteger nuestro Sistema Nacional de Salud. Y en esa voluntad se incluye atajar el ritmo actual de las mencionadas «complacencias de estudios y recetas médicas».

Hoy en el planeta la atención médica experimenta un aumento progresivo de sus costos. Tal realidad signada por cambios demográficos como el envejecimiento poblacional que demanda atención cara y especializada, se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de la civilización.

Al panorama, se suma el incremento de las enfermedades crónicas no transmisibles como principales causas de muerte; entre ellas, las afecciones cardiovasculares, el cáncer y la diabetes mellitus, así como la obesidad, problema que hoy es consecuencia de estilos de vida sedentarios y malos hábitos dietéticos.

Los trascendentales adelantos en la tecnología médica que conllevan a sistemas diagnósticos y terapéuticos más complejos, se han generalizado en la práctica médica (recordemos las TAC) a pesar de ser más costosos. Y otra arista esencial en este análisis son las crecientes expectativas de los usuarios y de los profesionales de la salud, las cuales inciden en el incremento de la demanda sanitaria.

Acerca del tema que ha inspirado estas líneas, es útil añadir que el pasado 21 de febrero el programa Haciendo radio, de Radio Rebelde, dedicó la sección Tiempo de cambio a las llamadas «Transformaciones necesarias en el Sistema Nacional de Salud». Sin tener la intención de reproducir todos los aspectos trascendentales de esta emisión, veo oportuno respaldar la implementación en nuestro personal sanitario y en la población cubana, de  una cultura económica referente a los costos en salud.

De las diferentes entrevistas realizadas para el programa radial a distintos funcionarios del Ministerio de Salud Pública, tomo algunos datos de interés, los cuales resultan elocuentes:

Según cálculos realizados, una consulta dada por el médico de familia a una gestante cuesta diez pesos. Si se tiene en cuenta que este tipo de paciente recibe como mínimo diez consultas, el precio se elevaría a cien. La cifra casi siempre se incrementa en aquellas embarazadas que tienen riesgos, y que no son pocas (necesitan de 18 a 19 consultas).

El día en un hogar materno tiene un costo de 13 a 15 pesos, mientras que el día en un hospital obstétrico vale 81 pesos.

El minuto quirúrgico durante la cesárea cuesta casi dos pesos. Este proceder, que busca salvar la vida de la madre y de su hijo, puede durar como promedio entre 35 y 50 minutos; es decir, que totaliza aproximadamente entre 61 y 88 pesos.

El importe de una consulta en la atención primaria de salud y en un instituto de investigación en Cuba es de aproximadamente 25 y 95 pesos, respectivamente. Una radiografía y un ultrasonido tienen un precio de 99 y 149 pesos cada uno. Y la TAC llega a costar 345 pesos.

Es evidente el sacrificio que se hace en nuestro país por algo invaluable: el ser humano. ¿Acaso no vale la pena ahorrar y proteger nuestro Sistema Nacional de Salud? Eso convierte en ineludible la necesidad de defender, entre todos, el método clínico, al tiempo de ir poniendo a un lado las recetas y estudios médicos de complacencia, caprichos estériles que solo postergan, a la larga, nuestro verdadero bienestar.

*Doctor en Ciencias Médicas, especialista de segundo grado en Medicina Interna, profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana e investigador auxiliar.

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