El pitazo de la cordura

Autor:

Javier Dueñas

Maday vino al mundo una apacible mañana de junio, y su llegada devolvió a la familia el placer de revivir la celebración de los nacimientos.

Nació tan menuda y estaba tan amarilla que debió permanecer varios días en el cunero del hospital, un lugar que la madre conocía casi de memoria por haberlo «visitado» en dos partos anteriores y porque la diabetes gestacional y las complicaciones con la tensión arterial aconsejaron un ingreso preparto que se prolongó bastante.

Todos los días había alumbramientos y el ambiente, como es lógico, no podía ser más alegre… Pero había un fenómeno nuevo y preocupante: afuera, los bocinazos de los vehículos rompían de manera continuada la tranquilidad. Samira, Joe Luis, Salé, Michael, Carlitos, Ernesto… daban saltos en sus cunas cuando ello ocurría. Las madres y acompañantes también vivían entre sobresaltos.

Los hospitales no han escapado a la invasión de ciertas expresiones de menosprecio y poca educación formal. Tiempo atrás un colega analizó en estas mismas páginas ese problema, en un intento por socializar una necesaria reflexión entre quienes utilizan sus servicios y en ocasiones no son conscientes de que no pueden trasladar a una sala el tono con que hablan en la vía. La misma lógica de reconocer límites y respetar a los otros podría aplicarse ahora a la situación que crean esos «alegres del timón».

El Código de Vialidad es bastante claro en cuanto a que el claxon solo se usa cuando es absolutamente imprescindible. Claro, a veces un conductor se ve ante tantas «sorpresas» en la calle que no tiene más remedio que tocarlo una y otra vez… Puedo entender tal «exceso» si de prevenir un accidente se trata. Los hospitales generalmente están en lugares muy transitados, y cualquiera que conduzca ha de tener en cuenta que por sus alrededores hay que circular pausadamente y con cuatro ojos.

Lo que no se comprende es que el claxon sustituya a la voz, y hay quien lo toca hasta por gusto, en especial esos que llevan el cartelito de los más sociables del barrio… Así, suena la bocina para que Cheo, el bodeguero, repare en que aquí va su socio; para que Maritza, la de la paladar, ponga dos pizzas pues vengo a almorzar; para que Mónica, mi Julieta, sepa que llegó su Romeo… Un pitazo por aquí para el ponchero, otro por allá para la Cecilia Valdés que está parada en la esquina y tiene mi corazón vira’o al revés…

Es un misterio el porqué alguna gente no puede intentar ser cálida actuando discreta y civilizadamente. Y yo no sé qué dirán los psicoanalistas al respecto, pero lo que interesa —o inquieta— son los daños que la agresión sonora provoca, y que van desde alteraciones en el reposo y el sueño, la comunicación, la concentración y el rendimiento, hasta el estrés, la depresión y la irritación, pasando por la pérdida parcial o total de la audición. Alguna información sobre los decibeles que nuestro oído puede tolerar ayudaría —es bastante fácil obtenerla—, pero tampoco hay que ser otorrinolaringólogo para advertir dónde está la línea de la cordura.

Esto es válido para cualquier chofer, pero también para un carpintero cuyo taller esté entre otras moradas, un chapista, un técnico de audio, el Juan Pachanga del barrio que está alegre a todas horas o el integrante del combo que presta la casa para los ensayos…

¿No será más estimulante detenerse y conversar, saludar y mirar a los ojos, disfrutar el apretón de manos y el beso, la broma con que el otro te puede cambiar el día? ¿No será más agradable regalar unos segundos y una sonrisa y, de paso, evitarle el suplicio a grandes y pequeñines como Maday, Samira, Joe Luis, Salé…? Distantes y con un estentóreo cornetazo, ¿reverenciamos a esos seres que aparentemente queremos, o los castigamos?

 

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