El mal juego de «echar la culpa» - Opinión

El mal juego de «echar la culpa»

Autor:

Mayra García Cardentey

No es mentira. Somos críticos acérrimos, despiadados perfeccionistas, inconformistas natos cuando se trata de valorar hechos cotidianos, situaciones económicas y errores «ajenos». Y vale señalar «ajenos». Pocos, y que lance la primera piedra quien considere lo contrario, estamos preparados para, de manera autocrítica, reflexiva y asertiva, asumir la culpa cuando se ha obrado mal.

Es un lastre que arrastra no solo nuestro país, es una característica intrínseca del ser humano: en la concepción del hombre, el chip de reconocer traspiés propios vino defectuoso y en contadas ocasiones funciona bien.

Si el abastecimiento a los mercados agropecuarios es deficiente, si el pan es un sabotaje al paladar, si no hay arroz, si están perdidos los huevos, si el transporte es aún exiguo, si el servicio en un restaurante es lamentable, si las tiendas en moneda nacional parecen estibas de puerto… todo es culpa del «otro», no de nadie en específico, de ese «otro», un ente indefinible, fantasmagórico, incapturable.

«Así viene de arriba», «la materia prima está mala», «no me han dado presupuesto para este año», «imagínese, ha sido un día fatal», «la factura no llegó a tiempo», «empezamos tarde, las luces y el audio no estaban listos», «eso no forma parte de mi contenido laboral», «no tengo planillas», «los precios son altos pero los impuestos también».

Haga la prueba, y el porcentaje de los que reconocen sus faltas en un problema parecerá tan irrisorio que no merecerá sacar calculadora.

No se niega, con ello, el carácter multifactorial de los procesos; pero es hora de frenar eso de arrojar unos a otros la responsabilidad como si se tratase, en vez de temas delicados o asuntos polémicos que atañen a la colectividad, de trapos sucios que se pasan de lugar a lugar sin que nadie los lave de una buena vez.

Es más fácil desviar el centro de atención hacia el desliz ajeno, hacia la pifia colectiva que reconocer las decisiones equívocas y las inadecuadas gestiones salidas del puño propio.

El problema se convierte en miopía grupal, nadie sabe al final quién corre con los platos rotos, y en el peloteo de las culpas y por cansancio, la bola cae en terreno de nadie, y el inconveniente sigue igual, burlándose a mandíbula abierta de todos.

La ideología de «limpiarse» y salpicar al de al lado con la inmundicia, aun cuando este no sepa de qué va la cosa, es práctica usual en variadas facetas de la vida. Pero cuando enmarca decisiones y contextos de carácter local y de nación, las consecuencias son mayores y penables.

El paternalismo estatal, el incumplimiento de parámetros legales y de cláusulas de los contratos, la violación impune de acuerdos comerciales… todo esto y más, son nicho interminable para que el juego de «echar la culpa» se convierta en pasatiempo.

Ni siquiera es cuestión de cambiar «jefes», «secretarias», «panaderos». No se trata de remodelaciones falsas, sino de filosofía. Y esta, más que cambios superficiales, necesita una transfusión de cuerpo entero.

Lo peor en la búsqueda de responsables es que se pierde más tiempo que en la solución de los conflictos. Y al final, la cadena puede romperse por el eslabón más débil y de tantos remiendos y soldaduras llega el momento en que se vuelve inutilizable.

Eximirse cada cual del papel que desempeña y su resultado en la sociedad, complejiza las dinámicas, entorpece los procesos productivos y estanca hasta la economía de un país. Paremos de «jugar».

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