La matemática de la vida - Opinión

La matemática de la vida

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Cien centavos no completan un CUC. ¿Se atrevería usted a discutirlo? Para decidirse a negarlo debería profundizar primero en las renovadoras fórmulas de esa cátedra de la matemática de la vida que se expande entre nosotros.

A este columnista, más inclinado a las humanidades que a los algoritmos, le ha resultado enredadísimo entenderlo, pese al inestimable tiempo que dedicó un vendedor de mercado para explicarlo. Veamos si a quien sigue estas líneas puede resultarle más fácil.

La «cosa» es más o menos como sigue: un CUC tiene esa majestuosa cuantía solo cuando es exacta o literalmente una moneda o un pedazo de papel moneda con ese valor.

En caso de que a usted se le ocurra fraccionarlo, entonces ya el asunto es un tanto más complicado. En esa situación su CUC sufre un extraño y precipitado proceso de degradación.

Aunque parezca un trabalenguas, a partir de ese instante ya no se mide por la unidad completa, sino de manera fragmentada. Ya no es un CUC en sí mismo, sino la sumatoria de sus partes…

Intentemos graficarlo: si un comprador tuviera, o tuviese, o pudiera llegar a tener, cuatro monedas de 25 centavos —que en matemática simple completan un CUC—, y pretendiera pagar un producto con valor de 24 pesos en moneda nacional, se vería precisado a abonar a su contraparte —o sea el vendedor— nada menos que las cuatro monedas ya mencionadas, más cuatro de los golpeados pesitos.

A quienes deben introducir la mano en su «abatido» bolsillo les parecerá estar asaltados al mejor estilo oeste entre las pacíficas calles habaneras u otras del país, pero los vendedores en los mercados lo ven con una lógica muy clara y simple.

Para ellos todos los 25 centavos de CUC tienen el valor de cinco pesos en moneda nacional. Por tanto, lo que podría valer un CUC, porque son cuatro monedas de 25 centavos, deviene 20 pesos en moneda nacional…

Dedicarse a dilucidar este novedoso dilema puede llevar a pensar en lo duro que sería para quienes terminan su carrera de matemática en las universidades, que se les pusiera en sus exámenes finales resolver un ejercicio semejante.

Presiento que si buscan encontrar la solución en el ámbito de su ciencia, el número de «mundialistas» en la materia nos alcanzaría como para ubicarnos en el primer lugar en las próximas olimpiadas de Londres. No es precisamente en ese terreno donde se ubica la salida.

Aunque al comprador común siempre le quedará la oportunidad de hacer su colita en Cadeca, para convertir en moneda nacional lo que tal vez ya había convertido en CUC —o simplemente para cambiar a ese tipo de dinero lo que se ganó en su trabajo o le enviaron como remesa—, lo cierto es que en ese insólito tipo de cambio se develan otros delicados «teoremas», que nada tendrían que ver con el de Pitágoras.

Algo hace presentir que es más un asunto de filosofía que de números. A no ser que estemos de acuerdo en que algunos en Cuba se han propuesto engordar sus bolsillos, o solucionar los problemas económicos a cuenta de hacernos a los demás un tremendísimo número ocho.

Hay que cuidarse mucho de que sigamos derivando en línea recta por la cuenta resbaladiza de la apetencia desproporcionada por los «números», aunque estos no puedan o deban ignorarse. Porque en materia como la matemática social no hay «fórmula» como la martiana: aquella del amor triunfante. Nada bueno espera donde los «seres» se hagan cifras, donde la filosofía de la solidaridad sea sustituida por la del esquilme.

No vaya a ser que un día nos levantemos ante el problema de que nos estamos fragmentando, degradando…, como algunos pretenden hacer con el CUC, porque el peliagudo triángulo de la vida nos hizo perder el principal valor.

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