La llave, la celda y la maza

Autor:

Melissa Cordero Novo

Venía caminando algo desprevenida cuando choqué con el patio trasero del cuartel. El Moncada se me apareció de pronto, como si alguien lo hubiese colocado allí de repente. Lo bojeé hasta quedar frente a la posta número tres. Entonces me fue imposible no pensar en aquel despertar de julio, en quienes se hicieron hombres esa vez con el fusil en las manos.

Los tiros en la pared aún guardan la pólvora, y debajo del asfalto está toda la piel, y todos los cuerpos; yo los vi, y me sostuvieron firmes los talones, y me contaron historias ocultas, que ahora llevo prendidas en la piel, como buen amuleto. Subí por las mismas escaleras donde jóvenes casi de mi edad, tumbaron a los tiranos con la fuerza del aliento. Me detuve en la entrada.

Había llegado a Santiago después de 24 horas de camino. Luego de bajar del camión en la misma calle del Saturnino Lora, me incorporé a pesar del sueño y vi cómo las montañas bostezaron encima de la ciudad, y cómo el sol les rozó cada pedacito en su ascenso.

La tierra caliente me despejó todas las incógnitas, disminuí el espacio, y como siempre, comencé a transformar las calles, a evocar memorias, y a imaginarme aquel propio entorno en plenos años 50, en plena efervescencia clandestina. No fue difícil. Santiago es una ciudad que te cambia las realidades, y tiene la increíble capacidad de enamorarte, una y otra vez, en todas las esquinas.

Había un pasillo misterioso a la entrada del cuartel. La piel se me erizó de golpe, mientras fui, resuelta, a robarme cada uno de los secretos del museo. La sala amplia, silencio lúgubre, y urnas de cristal soportando el pasado.

Estaban sus uniformes, todavía manchados de sangre, y con el dolor de la muerte oculto en las costuras. Fue difícil mantener la mirada y no imaginarme cayendo sobre la acera, vestida con los mismos trajes verdes. Había noticias de periódicos de la época sobre el asalto, y los sucesos de los días posteriores. Estaban las armas, muy pobres en comparación con las de las fuerzas enemigas.

Quizá nadie lo supo, o se dio cuenta, pero lo segundo que más me impresionó de Santiago de Cuba, descansaba dentro del Cuartel Moncada: encerrado, apretado, bajo un cristal. Dos letreros: Porro o maza, decía el primero, el segundo: llave inglesa empleada como instrumento de tortura. Aquello me paralizó los sentidos, porque solo así uno es capaz de entender cuánto se sacrificó y cuánto soportó cada hombre que luchó esa madrugada.

Entonces vi levantarse la llave inglesa robándose el aire, y luego cayendo con toda fuerza sobre la piel, y magullando, y lastimando, y quitando vida. Tuve la sensación de los golpes de la maza contra los rostros, contra los pechos que aun así no se blandieron, ni cuando dejaron de respirar.

Y después aquella celda, algo escondida, en la intersección de una esquina. Era una celda con luz tenue, sombras en el suelo y las paredes. Aún tenía las mismas cadenas, el mismo candado y el mismo aspecto cruel que debió tener en julio de 1953. Al fondo estaban sus fotos, con la mirada firme, y el fantasma de la muerte se agitó en el fondo.

Estaba a 658 kilómetros de Cienfuegos y no podía hacer más que dejar, también, mi agujero en la pared.

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