Adiós

Autor:

Raiko Martín

Londres.— «Se te acabó la peseta», me hubiese dicho un buen amigo de la infancia en circunstancias como estas. Y yo respondería, satisfecho, que me gasté más de un peso.

Aunque la XXX edición de los Juegos Olímpicos organizados en esta ciudad bajará hoy sus cortinas con una ceremonia que promete ser interesante, la de ahora será la última taza de té que compartiremos en esta esquina.

Llegó la hora de levantar campamento, y lo hago desde el mítico estadio de Wembley, viendo a Brasil llorar su enésima pena olímpica en el más universal de los deportes. Me toca hacerlo con sentimientos encontrados como un colega carioca, dolido por el batacazo ante México, pero muy esperanzado en que haya sido el último capítulo del técnico Mano Menezes.

En mi caso, al deseo de reencontrarme con los míos se contrapone el lamento por el final de casi dos semanas colmadas de emociones. Dejo atrás una ciudad deslumbrante a la que sus habitantes imprimieron un sello especial para recibir a miles de visitantes llegados desde los más diversos rincones de este mundo.

Ni caos en el transporte, ni seguridad exagerada. Sin intentar competir con sus predecesoras, la capital británica salió airosa de su gigantesco reto. Más que todo primó la calidez de los londinenses y sus deseos de hacer la mejor de las fiestas, algo que hizo mucho más llevadero este frío verano para los llegados desde el trópico.

Más allá de cualquier analogía, mis sensaciones no son comparables con las de quienes llegaron a estas tierras cargados de ilusiones acumuladas durante cuatro largos años, y regresan a casa sin el premio esperado. Pienso ahora mismo en la pertiguista Isinbayeba y el tenista Federer, en los vallistas Liu y Dayron Robles, en el boxeador La Cruz, en los futbolistas españoles y las «leonas» argentinas del hockey sobre césped.

Algunos tendrán nuevas oportunidades de abrazar la gloria. Pero para otros, estos fueron sus últimos Juegos, o tal vez el final de sus carreras deportivas. Llegó la inevitable hora del adiós.

Entonces me despido. Fue un enorme placer hacer honor a la centenaria costumbre en estas tierras, y acompañar cada taza de infusión con algunas de las historias vividas. Dentro de cuatro años volverán las emociones, tal vez al compás de la vibrante samba, o quizá junto a una freijolada en cualquier esquina de Río de Janeiro. Hasta entonces… Chau.

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